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MADRE, VENGA USTED A LA ARGENTINA

 

 

     Doña Loreto llevaba viuda más de veinte años, para ser exactos, veintiséis. La única herencia que le había dejado el marido fue la modesta casa en el pueblo de Brion, cerca de Santiago de Compostela, en Galicia, treinta duros guardados en una lata y cinco  bocas que se abrían esperando que  las llenaran. Tuvo suerte la pobre mujer  que al menos el difunto no le había  dejado ni una sola deuda o no habría podido salir sola del atolladero. La huerta, la vaca, el manzano, el castaño y las gallinas fueron el sustento diario y el modo de vida en esos años tan difíciles como los anteriores y los posteriores, pero Loreto se las apañó para sostener la casa aunque no pudo mandar a los hijos a la secundaria como le había prometido al esposo; los varones entonces no tuvieron otra opción más que ser jornaleros como el padre y la pequeña María lavaba y cosía cuanta ropa le encargaban  apenitas terminó la primaria.

 

     Manuel suplió el lugar del hermano muerto de la mejor manera que pudo: en las charlas "de hombre a hombre" que sostenía con sus sobrinos adolescentes, en reparar cuanta cosa se rompía en la casa desde el pequeño arado a la silla de madera y paja o animando a su cuñada cada vez que sus fuerzas le flaqueaban.  Así que no era uno más a la mesa, era familia, era compromiso, era ayuda y era también  un amor callado en  todos estos años. Porque era pecado.

 

     Loreto, José y Manuel se habían criado  juntos y  crecieron en el mismo pueblo del que nunca se movieron. A Manuel, el mayor, todo de ella le gustaba, todo, hasta sus defectos. Escribía su nombre con una cortaplumas en cada árbol que encontraba y guardaba en el bolsillo de su camisa  la cinta de su pelo que una vez ella le regaló, cuando quedaron atrapados en la montaña en plena tormenta de nieve. Manuel la abrigó con su saco de lana y con ramitas hizo una fogata para que iluminara la cueva y no se asustara. Cantó y contó historias de sirenas enamoradas sólo para que ella se riera; apenas dejó de nevar, por la tarde casi noche, ya volvían al pueblo tomados de la mano y Loreto supo que mientras estuviera con él nada malo podría pasarle en este mundo, entonces ató su mano a la de él con el lazo que sujetaba sus trenzas. Al pie de la montaña y junto a otros vecinos del pueblo, José los esperaba  con hogazas de pan recién horneado por la madre, lloroso y asustado no sólo por su hermano sino porque temía por aquella que le quitaba el sueño cada noche.

 

    Con el simple gesto del lazo que Loreto puso a escondidas en su mano, Manuel invadió su mente enamorada con imágenes de una vida juntos porque no concebía otra sin ella, pero antes tendría que hacerse de algún porvenir para ofrecerle seguridad y bienestar, como lo pensaría cualquier novio. En un par de años más buscaría trabajo, ahora sólo tenía que dejar pasar algún tiempo, mientras tanto mantendría su amor en secreto para que nadie le envidiara la muchacha que había elegido para ser su esposa cuando fuera grande. Y así fueron creciendo juntos, los tres, hasta que llegaron a los veinte años.

 

     Una noche de romería Manuel la sacó a bailar. Había estrenado una camisa que su patrón ya no usaba por vieja. Él mismo la había planchado en una tarea titánica, por desconocida, que le llevó algo más de una hora. La muchacha olía a lavanda que venía seguramente de su ropa interior. Sostuvo su cintura temblando y rogaba que no fuera a terminar la música hasta que hubiera terminado su declaración de amor y justo cuando iba a confesarle su adoración su hermano José se acercó sonriendo, lo abrazó y le dio la noticia de que iba a casarse con Loreto en la primavera siguiente. La primera intención fue la de darle un puñetazo por destrozarle los sueños y las ilusiones, pero ahí estaba frente a él su hermano menor, feliz y enamorado, palmeándole su espalda sudorosa por el calor o por la noticia. ¿En qué momento se habían puesto de novios sin que se diera cuenta? ¿A qué hora de qué día de qué año se enamoraron? ¿Cómo no se lo habían dicho antes? ¿Cómo seguiría ahora con su vida sabiendo que tendría que renunciar a lo que más amaba? Con un nudo en la garganta  los felicitó, estrechó la mano de José,  besó a la novia y se lamentó haber sido tan quedado, tan espectacularmente tímido e inseguro. Tal vez si se le hubiera declarado antes…

 

     Se dijo a sí mismo todos estos años que se lo merecía por tonto.

 

     Sufrió callado los avatares de la pareja que discutía a menudo por el mal carácter que se iba apoderando de José ante tantas penurias, desde el salario tan bajo al reproche continuo de que su esposa no lo atendía como cuando se casaron; los hijos que llegaban uno tras otro eran una carga más que un disfrute porque había otra boca más que alimentar. Así pasaban los días y las noches entre visitas esporádicas para evitarse el dolor de verla amargada y llorosa, limpiando mocos y lavando pañales a la intemperie en pleno invierno, con las manos agrietadas por el frío o de ver a su hermano bebiendo vino más de la cuenta, entre insultos y bostezos.

 

     Una sola vez Manuel sostuvo la mano de Loreto ajada por  los trajines y oliendo siempre a lejía. Fue cuando una gallina le dio picotazos porque no quería que le llevara su único huevo. En esa lucha entre la autoría y el derecho de propiedad, perdió la mujer. En medio de risas provocadas por la situación, él la curó para que no se le infectara la herida  y por ese ratito las manos de Loreto temblaron tibias entre las suyas, como alondras cansadas de vuelo que habían encontrado por fin el nido que refugia. La observó discretamente descubriendo la belleza que mantenía a pesar de su gesto siempre agrio y de las arrugas que empezaban a asomarse sobre sus labios. Sólo Manuel la encontraba hermosa, nadie más. Tenía una delgadez que espantaba a causa de los partos, los nervios y poco dormir, pero era tan fuerte como el castaño que daba sombra a la casa. Mientras le sostenía la mano para curarla ni una sola vez Loreto levantó la vista, sin embargo Manuel notaba cómo su pecho se agitaba y el pulso se le aceleraba. Después de esa ocasión nunca más estuvo cerca de ella, ni siquiera la abrazó cuando José murió a pesar de que en la mirada se notaba que buscaba un refugio donde llorar sin lágrimas; pero él era respetuoso y de tenerla así, entre sus brazos, no sabía de qué hubiera sido capaz.

 

     Manuel Carballo Figueras nunca se casó, ni siquiera tuvo novia o alguna para pasar la noche; por el contrario, prefirió ser fiel a ese amor que le rebalsaba desde las vísceras por esa cuñada prohibida desde la juventud y guardarlo para siempre en su corazón bueno y generoso. Nadie sabía que bajo su almohada estaba la foto de Loreto en el día de su boda con José,  recortada cuidadosamente.

 

 

     Cuando María llegó a los veintidós años ya no quiso seguir fregando para sus patronas y deseó desplegar sus alas. Bonita a más no poder, decidió que mejor suerte encontraría bien lejos del pueblo donde podría trabajar en alguna tienda importante o colocada al servicio en casa de ricachones. Era lista y en días estaría al corriente de cómo se comportaban las personas que vivían en la ciudad para que no se le notara su aire campesino. María preparó su  vestido de domingo, los tacones que con sonrisas  le quitó a su madre, el misal, un abrigo de paño, lo mejor de su vieja ropa  y preparó el  viaje a Madrid. El tío Manuel le dio dinero de sus ahorros al menos para los primeros tiempos y la subió al camión de su compadre que se ganaba la vida transportando pescado desde las costas de Galicia a los mercados y ferias de la capital de España. La llenó de mil recomendaciones, sobre todo de andar lejos de las manos de los señoritos y de enviar dinero a la madre apenas encontrara  trabajo.  Loreto, en cambio,  no soportó la idea de ver partir a su hija, apeñuscada en un camión mal oliente que la llevaba tan lejos  de ella, a la que no vería quién sabe hasta cuándo y despidió a su niña en la puerta de la casa, donde estaba siempre a la caída del sol para asegurarse que antes de la noche estaría toda la familia adentro, segura, completa.

 

 

     De a uno por vez, los varones se fueron a buscar el futuro a América. La Argentina se devoraba emigrantes, ávida de hombres fuertes y mujeres prolíficas. Ahora con su canto de sirena les llevaba a los hijos varones, mucho más lejos que María que había partido hacía ya dos años. En el pueblo era poco el trabajo que había y mal pago. La guerra civil había estallado en España y era mejor verlos partir sabiendo que estarían lejos pero vivos. Loreto vendió la vaca y el pedacito de tierra de la huerta y sólo se quedó con el manzano y las gallinas, que para ella era suficiente. Con lo obtenido ayudó a pagar  los pasajes de los cuatro  hijos. Más no podía hacer. Cada uno de ellos también llevó ahorros del tío Manuel, que siempre supo que más tarde o más temprano se irían del pueblo a probar fortuna. A cada uno les encargó prudencia y alejarse de las malas compañías, a no ser tan confiados pero nunca olvidar de agradecer y respetar, a pedir ayuda a los paisanos que ya estaban instalados pero sobre todo, a mandarle dinero a la madre en cuanto se establecieran. En menos de cinco meses se fueron todos sus hijos varones, colmados de abrazos de  vecinos, encargues para los que partieron antes y novias llorosas que sólo se quedaban con una promesa. Manuel los acompañó hasta el puerto pero Loreto les dio un beso en la frente en la puerta de la casa porque hasta el dolor tiene un límite.

 

     Durante mucho tiempo la madre tuvo por costumbre poner sus manos sobre su vientre como añorando el lugar primitivo de los cinco ausentes. Después el tiempo se fue encargando de tamizar los sinsabores y la sonrisa le fue volviendo de a poco con cada carta que le leía su cuñado, de lo bien que les iba en América y del futuro artístico de María que buscaba un lugar en los teatros madrileños de bajo porte, a pesar de que las noticias de la hija eran escuetas y cada vez más esporádicas. Saberlos ubicados en algún tipo de porvenir disimulaba su miedo por los sucesos de la guerra que pronosticaban sería para largo.

 

     La noche que Manuel cumplía sesenta años empezó con una cena simple pero gustosa. Bebieron vino y brindaron por los buenos tiempos del pasado aunque entre los dos no recordaron ni uno solo. Loreto se había animado y le había pedido a su vecina la radio prestada así que escucharon música hasta bien entrada la noche. Manuel sacó fuerzas de donde no tenía y la invitó a bailar.

 

-Anda, mujer, que hoy es mi cumpleaños y no bailo contigo desde…

 

-¿…desde…? -  se apresuró a decir Loreto.

 

     La luna entraba por la ventana de la casa de piedra y el viento suave del verano volcaba sin permiso el aroma de las flores de mayo por la puerta entreabierta. Manuel sostenía aún el cuerpo de Loreto que parecía haber rejuvenecido cuarenta años.

 

-Desde aquella noche en la romería, cuando iba a pedirte que fueras mi novia y José vino a decirme que os casábais y yo…Dios, que  no he amado a otra mujer en esta vida que no hayas sido tú, Loreto. Desde entonces te quiero, no, desde antes, de cuando éramos chavales y tú…

 

-Y yo… me quedé esperando por años que dijeras que me querías pero nunca te decidiste a hacerlo y entendí que no sentías entonces lo mismo que yo así que acepté a tu hermano para no quedarme soltera y porque era una carga ya en mi familia, vamos, que tenía que buscar marido, tener mi casa…por eso me casé y sufrí porque no eras tú quien dormía conmigo por las noches, porque no fuiste el padre de mis hijos, porque no te animaste a escapar conmigo del pueblo por no lastimar a tu hermano…¡cobarde, cobarde, cobarde…!- y mientras lloraba sin consuelo por el  reclamo contenido, ya libre al fin de tanto secreto, golpeaba el pecho de Manuel como si con eso pudiera volver el tiempo atrás.

 

-¡Cuánto tiempo perdido, mi Loreto, cuánto!

 

     Era la madrugada cuando la resistencia dejó de ser resistida para dar paz a esos cuerpos ya maduros y cansados pero extasiados de tanto descubrimiento el uno del otro, tratando de saciar en esas horas los años de abstinencia y de culpa, de silencios y amarguras, ávidos de caricias torpes y palabras íntimas nunca antes dichas.       Los días y las noches que siguieron a esa fueron de besos a toda hora, de tocarse los cuerpos con cualquier excusa, de descubrirse en los gestos  o  reír de sus juegos cómplices que los llevaban siempre a la cama, puestos desnudos de todas las formas en que se imaginaron ambos durante años. Fueron discretos puertas afueras para que nadie en el pueblo llegara a sospechar que eran amantes aunque estaban acostumbrados a ver la presencia de Manuel en casa de su cuñada viuda porque, después de todo, eran familia.

 

     Cuando la vida sonreía a la pareja llegó la carta de María. La remitía una amiga con  quien la chica compartía una habitación en una pensión de mala muerte. Del debut teatral que le había anunciado la hija, nada. Le contaba en la carta que María se había enredado con un tipejo que entre el amor y los golpes la obligaba a ejercer la prostitución, un tal Heredia al que se lo conocía en el ambiente como "el miura", no porque fuera bravo en peleas de machos sino porque cada mujer que tuvo  lo había hecho cornudo.  El desgraciado -que decía en los cabarets ser el  representante artístico de María- la había golpeado hasta desfigurarla porque se negó a darle el dinero que había hecho de los clientes durante la noche. Después se despedía atentamente,  le dejaba una dirección para que fuera a buscarla  y un monto que se adeudaba del alquiler de la habitación en un barrio de el Retiro. ¿Así le habían dejado a su niña que se fue de un pueblo de Galicia rozagante como una flor de su manzano añoso?

 

     Fue el tío Manuel quien se plantó ante Heredia y se llevó a la chica de un brazo, apenas con lo puesto. Nada de esa ropa con lentejuelas tenía que ver con su sobrina, mucho menos esas plumas de colores alrededor de su cuello y esos cigarrillos que acentuaban aún más su aliento a vino barato. Llamó a su compadre, el que conducía el camión que la había traído a Madrid y acordaron la hora en que pasaría a buscarlos. Lo esperó sentado en el banco de una plaza en la zona de El Retiro, componiendo el cabello de María que tenía la vista perdida en los álamos que rodeaban el lugar; parecía una muñeca de trapo malherida que cada tanto mojaba su ropa con una descuidada lágrima. A poco más de la hora acordada su compadre estaba presto a regresar a Brion, ya libre de la carga de pescado pero manteniendo el olor que se pegaba hasta en los huesos. Todo el trayecto María durmió con su cabeza apoyada en el brazo del tío Manuel. Cuando la miró detenidamente notó que la carta enviada por la amiga había sido benévola porque tenía cicatrices viejas en su cuerpo veinteañero, embotada de alcohol, hinchada la cara de tanto golpe. En todo el viaje apenas cruzaron palabra, salvo cuando el ejército detuvo el camión  para hacer una requisa de rutina; del coche que estaba delante de ellos habían bajado a uno con pinta de sospechoso por rojo, por anarquista o por las dudas.

 

     Finalizaba 1938 y España estallaba sin descanso entre la furia republicana y el autoritarismo franquista. Había que andarse con cuidado porque eran tiempos violentos. María se acurrucó nuevamente en el brazo de su tío y durmió el resto del viaje como si no lo hubiera echo en los últimos dos años.

 

     Doña Loreto recibió  a su niña y la cuidó como cuando era pequeña, la colmó de mimos y no la dejó levantar de la cama por varios días. La leche tibia, recién ordeñada, y la sopa de gallina la fue restableciendo así que al mes ya lucía rozagante como cuando había partido a Madrid. Loreto adecuó su propia ropa porque la chica no tenía nada presentable que ponerse y quería llevarla a pasear por el pueblo que seguía quieto como en una tarjeta postal. Una madrugada, al invierno siguiente, se escuchó abrir y cerrar la puerta y aunque la madre  corrió por las calles empinadas del pueblo llamándola a gritos, Heredia se la llevaba en su coche: el amor a ese mal hombre y las luces de Madrid eran más fuertes que el silencio chato del pueblo, según decía en la nota que le había dejado al partir. El bueno de Manuel llegó a la casa apenas se enteró y tuvo que consolarla hasta que se quedó sin lágrimas…otra vez.

 

-Esto no va a quedar así, que me voy a buscarla a Madrid, Manolo.

 

      Pero no la dejó ir. Las revueltas en toda España  eran cada vez más seguidas y viajar se tornaba ya una aventura que podía terminar muy mal.

 

     Pocos meses después de la fuga de María  llegó la carta del mayor de los hijos contándole que habían puesto un almacén de ramos generales  en sociedad con un leonés apellidado Blanco Méndez  que vivía en Buenos Aires desde hacía más de diez años. Tres se habían casado excepto el menor que recién andaba por los dieciséis. Manolo le leía emocionado que dos de sus nueras estaban embarazadas hasta que se detuvo en la frase que nunca hubiera querido pronunciar:

 

"Madre, venga usted a la Argentina. Aquí en la casa hay espacio suficiente para todos y comida de sobra. La semana entrante le enviaremos los pasajes y algo más de dinero. Recuerde que es su obligación de madre criar a sus nietos y atender  de nosotros  como lo hizo siempre, como Dios manda. Encargue a los vecinos que cada tanto pongan flores en la tumba de padre y dele saludos al tío Manuel a quien recordamos con mucho cariño y está en nuestras oraciones. María no ha respondido aún a nuestra llamada pero eso ya se verá, seguramente estará de gira fuera de Madrid. Madre, salga de España cuando todavía se puede, que tememos por su vida. Sus nueras ansían conocerla y ya han aprontado la habitación de usted. Aquí vivimos bien sin que nos falte lo necesario porque en este país bendito todo es floreciente. Hay más paisanos acá que en toda Galicia así que se sentirá como en Brion. Además ya no hay nada en el pueblo que la retenga, así que  por eso, madre, venga usted a la Argentina.  Reciba un beso de su familia que la quiere pronto en Buenos Aires y el beso de sus hijos.

 

     El hombre plegó la carta y siguió de pie al lado de la mesa. Loreto fue hasta el mueble, sirvió dos copitas de anís y Manolo entendió que poco tenía que hacer ahí después de brindar deseándole buen viaje a la Argentina. Casi siempre era así con las madres que serían abuelas: dejar sus vidas para correr al lado de las nueras o las hijas cuando estaban encintas; ocuparse de sus casas y de sus maridos, cocinar, remendar, planchar, hacer las compras, volver a trajinar con biberones y montañas de pañales que lavar y levantarse con cada llanto del recién nacido. Todos sabían eso, era parte de la vida misma de cualquier mujer, una obligación donde nadie le consultaba si deseaba hacerlo o no, donde no se podía elegir. Manuel puso su boina en la cabeza que se quedó completamente canosa de golpe, la besó en la frente sin decirle nada y se fue a su casa en un silencio que quebraba hasta el alma de los muertos. Mientras caminaba a paso lento, se consoló pensando que al menos se reuniría con sus hijos y que se salvaría de las angustias de la guerra, silbó para no llorar y  se ajustó la boina para que no se la volara el viento helado de la noche.

 

     No había salida, pensó Loreto. Si se quedaba en el pueblo se corría el riesgo de los enfrentamientos por  la guerra civil; si se iba a Madrid a buscar a su hija sería un peregrinar por calles que ni conocía y a su edad nadie le daría trabajo para sobrevivir allí hasta encontrarla, eso sin contar con que la chica no quisiera volver con ella; si se iba a América estaría segura y a salvo,  pero sería volver al yugo y estaba cansada a esa altura de su vida. No era justo ahora que Manuel y ella compartían ese amor tan postergado. No era justo partir a ningún lado sin él. No era justo dejarlo solo otra vez. Claro que no era justo. Y ella iba a remediarlo ya que Dios no se ocupaba.

 

      Se cubrió la cabeza con su chal negro y caminó dos calles arriba, decidida a todo. Era la primera vez que entraba a esa casa. Pasó directamente, sin llamar siquiera a  la puerta. Golpeó la mesa con su puño y le dijo imperante a Manuel que no salía de su asombro con la visita:

 

-Mira, te lo pongo así, Manuel: tú vendes tu casa y la parcela y yo vendo la mía con vaca y pollos. Ni Madrid ni América: Vigo, allá nos vamos. Tú y yo, los dos solos, a empezar de nuevo. Montemos un bar para los pescadores y ya, guapo, que no necesitamos más que el pan de cada día y una cama donde descansar los huesos que en poco tiempo crujirán de viejos. Te quiero más que a mi propio destino, más que a mi propia vida, pues te enteras ¿vale? Ya. Ah, otra cosa: llegados a Vigo nos casamos como Dios manda, que lo sepas. Tienes  hasta el mediodía   para contestarme.

 

     Loreto acomodó su chal, dio un portazo  y se fue a su casa a paso ligero calentando sus manos con el aliento hirviente que salía de su boca. Su fiel perro la siguió todo el trayecto ignorando que en días más cambiaría de dueño. Metros antes de entrar se quedó mirando la puerta: ya no se quedaría otra vez ahí despidiendo a nadie más. Podía jurar eso.

 

     Asomaba el sol cuando tenía lo imprescindible puesto en cestas de mimbre, atados de ropa dentro de las sábanas y unas cuantas ollas atadas por las asas. Las fotos de la familia, el prendedor de plata que le regaló José cuando se casaron, destinado a  María  o a alguna de sus nietas y la lata con pesetas estaban ya en su única valija. No precisaba nada más.

 

     Salió a la puerta de su casa y se sentó a esperar.

 

 

 

                                                 ADELA DEL VALLE LOPEZ

 

                                                ROSARIO, ABRIL 17 DE 2011

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