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Bendita estrujó el trapo de piso y lo extendió sobre el escalón para que se le secara más rápido. Eran las once de la mañana y ya había limpiado casi todo el inquilinato; sólo le quedaba quitar las hojas que se amontonaban en la rejilla de la terraza o de lo contrario con a la primera lluvia fuerte empezarían a lloverse los techos de las piezas del medio. Se puso las manos a la altura de los riñones, se estiró como un gato y siguió repasando con un trapito húmedo los vidrios de la puerta del baño principal. Tenía callos en las palmas de sus manos de tanto hacer bailar la escoba. Las monjas del Hospicio de Huérfanos le habían enseñado con esmero el arte de la limpieza porque sabía que otra cosa no podría hacer en su vida. También le dijeron que la verdadera belleza estaba en el alma y que solamente las vanidosas se miraban en el espejo y que para Dios eso era un pecado de soberbia y vanidad. A medida que crecía, cualquier reflejo le devolvía la fealdad de su cara, secuelas de su madre contagiada de rubeola durante el embarazo. Una vez había escuchado a las monjitas rezar por el alma de aquélla que la dejó en el Orfanato por unos días y no volvió más. Ni siquiera nombre le había puesto, así que las hermanas de la caridad la bautizaron como Bendita.
Cuando llegaban los matrimonios buscando niñas para adoptar disimuladamente se paseaba frente a ellos, barriendo, para que vieran que era hacendosa; pero elegían siempre a otras, bonitas o al menos no tan feas como ella. Así fue como se aquerenció con el lugar y terminó siendo ayudante de tiempo completo. La cocinera, que fue la que la recibió de brazos de su madre, la tenía siempre a su lado. Era una santiagueña que se reía por nada y conocía de yuyos y palabras mágicas que curaban enfermedades simples, desde una tos hasta el mal de ojo.
- Para una noche de San Juan te voy a pasar el poder que tengo y te enseño a curar ¿querés?
La muchachita estaba fascinada con eso que la haría diferente de las otras. Se lo merecía, claro que se lo merecía. Poder en las palabras y en las manos para curar a la gente. Sonaba lindo. A partir de esa charla, contó uno a uno los días y las noches hasta que llegara la de San Juan. Y aprendió. Té de paico, de manzanilla, anís estrellado, de todo tipo de yuyos llenó los frasquitos vacios que guardaba en la cocina. Curaba del hipo a los bebés con un hilito colorado que les ponía enrollado en la frente y para el mal de ojo, bastaba con un plato hondo con agua, unas gotitas de aceite y listo. Después, todo era cuestión de fe.
Una tarde golpearon a la enorme puerta del Hospicio. La mismísima Madre Superiora fue a recibir a la mujer elegante que aparecía en la puerta. Olía a perfume francés bajo su abrigo de piel, zapatos y cartera de cuero fino y un sombrero rosa pálido con un tul del mismo tono que le tapaba parte de la cara. Todas estaban alborotadas pensando que sería alguien que vendría a elegir alguna niña para adoptar. Cuando la Madre Superiora abrió la ventana que daba al patio corrieron a esconderse porque tenían prohibido por ella andar husmeando cuando estaba reunida con alguien de afuera.
-¡Bendita! ¡Bendita! Vení, por favor.
Ni qué decir cómo le latía el corazón. Entró despacio, inclinándose levemente a modo de saludo y rogó que no fuera para llamarle la atención por andar espiando a la señora tan elegante. La Madre Superiora le pidió que se acercara y le tomó las manos:
- Bendita, querida, la señora de Palau aquí presente anda buscando una muchacha responsable para los quehaceres de su casa y creo que vos sos la única que puedo recomendar con los ojos cerrados.
La mujer levantó el tul del sombrero para verla bien y se le borró la sonrisa que tenía. La Madre Superiora se dio cuenta pero cerró la trinchera de su conmoción con un comentario oportuno:
- Mírela bien, Sra. de Palau, ya anda casi por los treinta años esta muchacha, es limpia, es fuerte y sobre todo, sana…así y todo como la ve, es sanísima…además no le va a dar problemas porque es muy obediente y discreta… Ah, y no solamente sabe leer y escribir, sacar cuentas, lavar, planchar, cocinar, hacer mandados, sino que con ella…bueno…va a estar más que tranquila…por lo que se ve a simple vista…me refiero, señora, a que habiendo hombres en la casa…porque usted misma me dijo que están su marido, su suegro y su cuñado, ah… y un chofer creo que también me comentó, si mal no recuerdo… ¿me comprende? Le aseguro que con ella no va a tener el más mínimo problema ni ningún sobresalto o disgusto. Digamos que no le va a traer incordios con ellos, creo que me entiende, señora de Palau.
Nunca había sido más acertada la monja ¿Qué patrón o hermano, padre o empleado del patrón iba a tener un amorío con ella? ¿Qué patrona estaría celosa si con solo verla hacía doler los ojos de tan fea que era? Pero a ella no le importaba eso; al menos ahora tendría la oportunidad de conocer una casa de verdad, una familia como había visto una vez que las llevaron al cine, o tener una habitación para ella sola.
- Me parece bien, Reverenda, tiene razón, la tomo.- dijo la dama y volviendo su cabeza hacia Bendita pasó a contarle los beneficios de ser sirvienta cama adentro- . Tendrías un sueldo, casa y comida, los domingos descanso todo el día y los jueves pero a la tarde, después de lavar los platos y servir el café. Compartirás la habitación con otra empleada que tengo porque la casa es muy grande y una sola no da abasto. Lo que me interesa es que te ocupes de cuidar a mi hija, sobre todo cuando mi esposo y yo viajamos y eso es algo que hacemos muy seguido y por varias semanas. Andá a preparar tus cosas que pasado mañana mando al chofer a buscarte bien temprano. ¿Por qué llorás?
Como para no llorar… El sueño de su vida se estaba haciendo realidad: dos días después Bendita ya estaba instalada en la casa del diputado Palau. Todo allí era sobrio y del más preciado buen gusto, desde las cortinas de la cocina del servicio hasta la jaula de los pájaros. Cada mueble tenía un detalle que lo hacía distinguido, hechos del más delicado roble. Tendría que ser cuidadosa al lustrarlos, lo mismo que con la cristalería de Bacará y los cubiertos de plata con iniciales de oro. La habitación de la niña estaba repleta de muñecas que sus padres le traían de regalo después de cada viaje. La pequeña tenía unos tres años y apenas la vio a Bendita con su bolso en la mano, le estiró los bracitos para que la alzara, con la más amplia de sus sonrisas y sus mohines de mimosa. La muchacha se sintió en ese momento la persona más bella del mundo, dueña absoluta de esos besos pegajosos de caramelos que uno tras otro le daba la pequeña, con la inocencia o la sabiduría que tienen las criaturas cuando sólo ven la belleza del alma.
Fueron inseparables. Bendita se ocupaba de llevarla y traerla de la escuela, de sus clases de piano y francés, de ballet y equitación, también se encargó de que tomara la comunión, de asistir a las fiestas sociales de toda adolescente de alcurnia y ella la esperaba siempre en la calle para evitarle los comentarios desagradables que harían las demás cuando la vieran tan fea. La cuidó sana o enferma, la alentó en cada cosa que emprendía y la consoló cuando no lo conseguía. La acompañó a misa los domingos y hasta mentía por ella ante sus padres cuando la joven empezó a noviar.
- ¡Me pidió que me case con él, Bendita, me caso!
¡Qué rápido habían pasado los años! Tenía frente a ella a una mujer veinteañera enamorada y casamentera que hasta ayer nomás la había tenido en brazos.
- Si no te movieras tanto…yo terminaría de levantarte el ruedo…- rezongaba Bendita, arrodillada frente a la silla donde estaba encaramada la novia. Quitó los alfileres de su boca y se quedó contemplándola, fresca como una rosa blanca, riendo mientras se miraba el vestido en el espejo.
Bendita metió su mano en un bolsillo de su vestido y sacó un pañuelo amarillento por el tiempo, lo desanudó y le entregó en las manos lo que contenía dentro.
- Tomá, esto es para vos. La tengo guardada esperando la oportunidad de regalártela y creo que hoy es el día ¿no es tradición que las novias lleven algo viejo? Bueno, acá lo tenés.
- Bendita, es una medallita de plata ¿la compraste para mí?
- No, es la que me dejó mi mamá colgada al cuello cuando me abandonó en el Hospicio. Es el único recuerdo que tengo de ella y también lo único de valor, corazoncito mío, aunque sólo se trate de valor afectivo y por eso es para vos que has sido como una hija para mí y lo sabés bien.
- Bendita…
- Venga, mi chiquita, deme un abrazo fuerte, fuerte, como esos que me dabas cuando eras del tamaño de una muñeca.
Le estiró los brazos como aquella vez, cuando llegó a la casa 20 años atrás y se largó a llorar junto a ella por el amor que se tenían.
- ¿Sabés una cosa, pero no te vas a enojar? La medallita no es de plata, ni sé de qué es, capaz que es una chapita, que ni valor tiene…
- ¿Y querés que yo te diga otra, Bendita? Al vestido me lo hiciste vos pero mi mamá dijo a sus amigas del Jockey Club que lo trajeron de París.
Se echaron a reír porque eso poco les importaba. Detrás de la puerta, la madre miraba a las dos mujeres entre tules y alfileres, risas y complicidades. La Madre Superiora no se había equivocado: Bendita había hecho un excelente trabajo con la casa y con su hija.
Mientras se escucha el Ave María y el cura bendice los anillos, Bendita mira a su niña, escondida en la sacristía, estirando el cuello cada tanto para ver mejor la escena. Y luego se va a la casa, que es lo que corresponde, sin un reclamo siquiera.
-¡Es un varón, Bendita, un varón! ¡Llame a mi marido que está en el jardín y dígale que prepare el coche que vamos a la maternidad!
Bendita se puso los anteojos que usaba para ver de lejos y fue a buscar al patrón que tiró el diario y salió enloquecido de la casa que al poco rato se llenó de visitas a las que sirvió café y puso agua en los jarrones para los incontables ramos de flores con cintas celestes que iban llegando. Días después la joven madre lo presentó formalmente en un almuerzo íntimo entre familiares y amigos cercanos pero a toda pompa. Bendita estaba con la bandeja sirviendo los postres.
- ¿Y qué nombre le van a poner? Seguro que primero el del padre y el segundo, el del abuelo.- y mientras preguntaba la futura madrina, arremetía con sus dedos en el cachete del niño.
- No, se llamará Bendito.
El silencio se sostuvo durante un largo rato, el mismo que estuvo Bendita sujetándose a la bandeja de plata para no caerse de espaldas porque no se esperaba semejante honor: Dios, que la había olvidado desde que nació, existía.
El día del bautismo la reciente madre se quitó del cuello la cadena con la medallita que aún conservaba puesta desde el día que probaba su vestido de novia, todavía sin el ruedo levantado, y se la puso a su hijo. Bendita vio la ceremonia, otra vez desde la sacristía, escondida, "para no arruinar la foto" como decía ella sonriendo.
La casa estaba llena de chicos que corrían de un lado al otro, y Bendita subía y bajaba la bandeja que traía refrescos en vasitos de cartón, evitando que la atropellaran con tanto jaleo. Los globos estallaban en colores, prendidos de a racimos en los árboles del jardín y la música infantil animaba a los pequeñitos a bailar haciendo una ronda. Un payaso hacía morisquetas a medida que simulaba abrir los regalos. Bendita había estado toda la semana preparando las guirnaldas y hasta la torta de cumpleaños para que todo saliera como su niño mimado se lo había pedido. Ya habían pasado dos años desde que llegó a la casa envuelto en pañales y ahí estaba, correteando por toda la casa con su bonete de papel metalizado. Nadie se lo había pedido pero se ocupó de la criatura desde siempre, como de su madre, que no viajaba tanto como la señora de Palau pero gustaba de salir con su marido porque eran jóvenes, le agradaba volver tarde y levantarse más tarde aún. Entonces nadie mejor que Bendita para hacerse cargo del niño.
- ¿No es una preciosura? ¡A ver, canten todos…que los cumplas, Bendito, que los cumplas feliz! ¡Ahora a romper la piñata!
La piñata fue derribada al rato volcando cientos de caramelos sobre los pequeños invitados a quienes ya no les daban las manitos para sujetar tantos. Bendito junta y un puñado, los mira y se los ofrece a Bendita:
- Para vos.
¿Podía ser más feliz viendo a su niñito obsequiándole su tesoro que había ganado levantantándolos del suelo?
De no ser por una artrosis que le devoraba los huesos, Bendita era feliz a sus sesenta años. Agradecía eso cada noche al rezar, como le habían enseñado las monjas del Orfanato, con las manos juntas y arrodillada al lado de la cama. Su vida se deslizaba como por un tobogán cubierto de pétalos de rosas. Del modo que fuera, se había integrado a una familia que la trataba bien, su niña la quería casi más que a la propia madre y ese niñito era ahora la luz de sus ojos. Mientras los cerraba, cansada de tanto trajinar, en el cielo explotaban los últimos fuegos de artificio festejando el nuevo año: 1940.
Y seguía pasando el tiempo…
El médico de la familia vino de madrugada y en la casa estaban todos despiertos con la angustia en las gargantas. El niño llevaba dos días y dos noches llorando sin parar, sin comer, sin tomar agua siquiera, la panza hinchada y una fiebre de 40º. Bendita no hacía más que llorar a escondidas por los rincones mientras la madre ponía paños de agua helada en la frente del niño sin lograr demasiados resultados. El doctor pasó su mano por la barbilla y sugirió que lo viera un especialista en aparato digestivo. Al día siguiente estaba allí pero no encontraba diagnóstico, la fiebre seguía subiendo y Bendito sin comer. El especialista sugirió que viniera de Buenos Aires una de las eminencias en cirugía infantil. La abuela lo llamó pero el distinguido médico decía que Rosario le quedaba lejos y que al parecer, por lo que le comentaban, el caso era difícil, pero que si abonaban una cantidad suficiente era posible que viajara aunque luego tendría que trasladar al niño a su clínica privada, una de las más reconocidas de Sudamérica, para hacerle estudios especiales con la última tecnología, que después se verían los gastos del tratamiento.
- Mire, doctor, por sus honorarios y la internación o lo que sea usted no se preocupe, ni por lo que haga falta. Si es necesario pongo mi casa en venta que cuesta una fortuna y le pagamos lo que nos pida pero salve a mi nieto, por favor, sálvelo, doctor… es tan pequeñito…
La elegante Sra. de Palau colgó el teléfono y se echó a llorar desconsoladamente. Los médicos que estaban presentes saludaron y se fueron con la sensación de haber fracasado en sus intentos. Habían dejado instrucciones precisas de no suministrarle más que los medicamentos recetados.
Un día y medio después la eminencia se hacía presente escoltado por los especialistas y el médico de la familia. Antes de revisarlo cobró sus honorarios. Le tomó el pulso, la fiebre y miró la panza que parecía iba a explotar en cualquier momento. Meneó la cabeza de izquierda a derecha. Luego puso su mano en el hombro de la mamá y le dijo lo más serio que pudo:
- Lo siento mucho, pero acá hay poco que hacer, señora. A mi modo de ver en esta primera auscultación he notado que los intestinos de su hijo han dejado ya de funcionar así que solo es cuestión de esperar…Además la fiebre no cede, está inconsciente y eso no es buena señal porque complica aún más el cuadro…Será cuestión de un día, tal vez dos, pero va a tener que ser fuerte, mi querida señora…A lo mejor si me hubieran llamado antes podría haber hecho algo pero esto ya está muy avanzado…Sin embargo, queda una esperanza pero en esta ciudad no están esos recursos. Quiero decir que en un último intento me gustaría trasladarlo con carácter de urgencia a mi clínica en la Capital, siempre y cuando ustedes…en fin, estén dispuestos a pagar los gastos que no son bajos…Mañana, antes de volver a Buenos Aires, voy a venir para cobrar lo que resta de mis honorarios…bueno, y para ver cómo sigue el niño, claro…también ver si han decidido la internación…con permiso, voy a lavarme las manos ¿me indica dónde queda el baño, por favor?
Si el dudoso diagnóstico fue terminante, el pronóstico fue peor. No había nada que hacer. Sólo arriesgarse a trasladarlo a Buenos Aires en la espera de un milagro. Milagro que significaba vender la casa en veinticuatro horas para pagar los gastos de la clínica privada.
Los gritos y el llanto de la familia colmaron los oídos de la pobre Bendita que acompañaba a la eminencia hasta la puerta.
- Vayan a descansar, yo me quedo a cuidar al nene. Nos turnaremos para no agotarnos. Ahora me quedo yo y a la madrugada te vienes a cuidar a tu hijo. Y no se discute.
De a uno se fueron retirando, extenuados todos por la semana de zozobra que les había tocado vivir, las noches en vela, la incertidumbre, la espera.
Bendita fue a la cocina, puso agua a calentar y sacó todos los yuyos que tenía en los frascos. Le rogó al alma de la cocinera que le dio el poder una noche de San Juan, allá en el Hospicio, para que pusiera las hierbas correctas, con la medida justa. Rezaba sin parar, colaba el té, rezaba, buscó las cintas que estaban guardadas en su ropero, seguía rezando y volvió a la cama donde estaba el niño. Los médicos la habían desahuciado y si ya no había nada que hacer poco importaba entonces intentar con su fe y su poder que no había practicado nunca en casos tan extremos como éste, así que desobedeció la orden de los galenos de no suministrarle nada más que los medicamentos recetados.
Despertó a Bendito y lo sentó, le dio el brebaje tibio, después lo puso boca abajo y con sus dedos desprendía el pellejo de su diminuta espalda con una maestría envidiable. El chiquito empezó a eructar. Volvió a sentarlo y con una cinta midió su antebrazo tres veces, puso un extremo en la pancita hinchada, se persignó, y desplegó la cinta. Rezó. Corrió al lavadero a buscar una palangana. Bendito apenas pudo incorporarse, como acto instintivo, y segundos después empezó a convulsionar. Vomitó durante un rato bien largo mientras ella lo sostenía con su mano en la frente y la otra masajeando la pancita, mirando sin asco lo que salía de su estómago, una extraña sustancia gomosa de color marrón oscuro, espesa, envuelta en una baba amarga que despedía olor a muerto.
- Lo que yo dije…era eso nomás…ya me parecía a mí…
Durante toda la noche Bendita le dio distintos brebajes de diferentes yuyos para lavarle el estómago, algunos fríos, otros calientes; después le dio agua fresca mezclada con ruda y jugo de limón exprimido. Cuando despuntaba el sol la fiebre había cedido y la panza estaba en su lugar, como antes de la enfermedad. Después de tanto trajín, quedaron los dos dormidos como ángeles.
La madre y la abuela entraron juntas a la habitación y el pequeño se despertó:
- Mami, mami, tengo hambre.
Las tres mujeres quedaron paralizadas ante lo que veían y escuchaban. Casi al mismo tiempo ingresó la eminencia a terminar su trabajo -que más bien consistía en saludar, cobrar más dinero y convencerlas de la internación en su clínica- seguido por dos o tres médicos.
Bendita se puso de pie, se acomodó un poco la ropa y el pelo, y se le paró enfrente, mirándolo cara a cara.
- Usted es un negociante, no es un hombre de ciencia. ¿Me permite que le diga algo con todo respeto, doctor? Usted es un ser repugnante y despreciable. ¿Sabe qué tenía mi Bendito? Un empacho hasta la manija, de Padre y Señor nuestro, eso tenía. ¿Ve lo que hay en estas dos palanganas? Tierra. Tierra con lombrices que se comió del jardín en algún descuido nuestro. Yo le curé el empacho y el mal de ojo, le tiré el cuerito y le lavé el estómago con yuyos, y no soy médica, doctor, pero de la nada no le iba a aparecer la panza así de hinchada a un chico sano como éste. Así que gracias por la visita, pero usted se va de acá sin cobrar nada más y esta casa no se vende porque el chico no se interna en su clínica por más moderna que sea. Lo acompaño hasta la puerta, muchas gracias y que tenga buen viaje.
El ilustre galeno se sintió humillado por esa mujer pequeña, de cuerpo deforme por su columna desviada, con los ojos cerca de las sienes que le daban una apariencia de pescado, el labio superior leporino, encimado y torcido que dejaba al descubierto unos pocos dientes desparejos. Los otros médicos salieron junto con su colega, sin hacer ningún comentario.
Dos años después de este acontecimiento, la familia Palau decidió festejar por primera vez y en familia, el cumpleaños de Bendita. Fue algo íntimo en el jardín de la casa aprovechando la primavera templada de octubre. Tan contenta estaba que hasta se animó a bailar un vals y un fox trot con los patrones. Al momento de brindar, Bendita lagrimeó agradeciendo la fiesta y lo buenos que habían sido con ella todos esos años. La Sra. de Palau pidió a todos los presentes un momento de silencio para decir unas palabras:
- Bendita, querida, todos estos años has cuidado de la casa y de nosotros. Tan bien lo has hecho que estuvimos a punto de perderla cuando fue la enfermedad del niño y si hoy lo tenemos vivo a Bendito es gracias a tu cuidado y tu valentía. Sos parte de esta familia…pero hay que entender que un descanso no te vendría mal ¿no te parece? Ya es tiempo de que aproveches un poco la vida, de que dejes de cuidarnos como hasta ahora porque eso, querida, perjudica tu salud y todos nosotros te queremos ver bien…
Bendita sintió que se le venía el mundo encima. ¿Le estaban diciendo delicadamente que dejara la casa después de casi cuarenta años? ¿A dónde iba a ir? ¿De qué iba a vivir ahora que estaba vieja? Se llevó el pañuelo a la boca para detener el ahogo que le subía desde el corazón y amagó a levantarse de la silla, pero la Sra. de Palau puso su mano en el hombro de la mujer.
- Esperá, Bendita, esperá…no es lo que vos pensás, al contrario. La familia quiere reconocerte de algún modo todo el sacrificio y el amor que nos has dado y creemos que con esto lo conseguimos en parte. Abrí esta cajita, es tu regalo de cumpleaños.
- Bendita saca una llave grande que estaba dentro de una caja color azul y sujetada con un moño dorado.
- ¿Una llave, señora?
- Claro, mujer, es la llave de tu casa.
- ¿La llave de mi casa? - pregunta Bendita que no sale de su asombro.
- Si. El señor y yo hemos puesto a tu nombre la casa de inquilinato que está en la esquina, la que heredé mi padre hace años. Nosotros ya estamos grandes para lidiar con la gente que un mes paga y el otro no. Mi yerno la mandó pintar y a poner en condiciones y ahora será tu negocio, además de ser tu casa. Vivirás de los alquileres que te paguen. Tendrás tu habitación con un balcón que da a la calle y el baño pegadito a ella, todo para vos sola. Además estaremos a metros de distancia así que podrás venir cuando quieras porque el niño necesita que lo lleves a la escuela y a sus clases de esgrima. Es tiempo de descansar y disfrutar, Bendita, que te lo merecés, por eso este regalo, para que te independices de una vez y seas libre. Permitime que te dé un abrazo, querida Bendita.
Las lágrimas de emoción de todos y los aplausos no se hicieron esperar y la mudanza tampoco. Bendita se instaló en la casa de inquilinato al mes de haber firmado la escritura a su nombre. La madre del niño le había regalado su juego de dormitorio aunque algo pasado de moda, un ventilador que funcionaba cuando tenía ganas y una lámpara de pie, un juego completo de vajilla y cubiertos que tenía repetidos de su casamiento aún sin estrenar. De las cortinas se había ocupado personalmente la Sra. de Palau, de los cuadros, las alfombras, el aparador y la mesa del comedor, también. Ella sólo llevó sus dos pares de zapatos, cuatro o cinco prendas, un peine, algunas perchas y la radio. La primera noche que durmió ahí se sintió rara, como que algo le faltaba; tardó en conciliar el sueño y la imagen de la madre que no conoció jamás se le aparecía a cada rato. Después de todo, pensó, tendría una vejez en paz.
Cuando se despertó a la mañana siguiente ordenó las cajas repletas de cosas que esperaban su lugar. Se decidió y colgó un espejo en la pared del baño en el que se miró después de muchos años de no hacerlo.
Apenas viera movimiento iba a hablar claramente con los inquilinos para decirles que era la nueva propietaria y que los pagos serían del 1 al 10 y nada de que los esperara un día más. Seguramente se quedarían mirándola como hacían todos, pero fea y todo, era la dueña de la casa.
Entre el montón de cosas que desembalar le llamó la atención los frascos con yuyos y los separó para tirarlos: desde aquella vez que con ellos salvó a Bendito desobedeciendo las órdenes de los médicos había prometido no volver a usarlos para purgar semejante desafío.
Una de las puertas de las habitaciones se abrió y de ella salió un chico de unos diez años, llorando a moco tendido.
-¡Ay, te digo que me duele la muela!
Detrás, la madre reprendiéndolo a los gritos.
- Eso te pasa por andar comiendo porquerías ¿Dónde consigo al dentista un domingo? ¿No te pusiste a pensar eso vos? Te dije hasta el cansancio que no comas caramelos, pero vos, nada. Tenés dos muelas picadas por andar comiendo cosas dulces. Ahora, jodete… ¡y dejá de llorar, papelonero! ¡Siempre dándome disgustos vos, igual que tu hermano!
Bendita escuchaba la trifulca entre madre e hijo y al rato se asomó a la galería.