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Emigración

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Cía Hamburguesa

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Cª Transatlánti

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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes
Filatelia

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


 

 (PARTE I)

       Bendita estrujó el trapo de piso y lo   extendió sobre el escalón para  que se le secara más rápido. Eran las once de la mañana y ya había limpiado casi todo el inquilinato; sólo le quedaba quitar las hojas que se amontonaban en la rejilla de la terraza o de lo contrario con a la primera lluvia fuerte empezarían a lloverse los techos de las piezas del medio. Se puso las manos a la altura de los riñones, se estiró como un gato y siguió repasando con un trapito húmedo  los vidrios de la puerta del baño principal. Tenía callos en las palmas de sus manos de tanto hacer bailar la escoba. Las monjas del Hospicio de Huérfanos le habían enseñado con esmero el arte de la limpieza porque sabía que otra cosa no podría hacer en su vida más que limpiar. También le dijeron que la verdadera belleza estaba en el alma y que solamente las vanidosas se miraban en el espejo y que para Dios eso era un pecado de soberbia y vanidad. A medida que crecía, cualquier reflejo le devolvía la fealdad de su cara, secuelas de su madre contagiada de rubeola durante el embarazo. Una vez había escuchado a las monjitas rezar por el alma de aquélla que la dejó en el Orfanato por unos días y no volvió más. Ni siquiera nombre le había puesto, así que las hermanas de la caridad la bautizaron como Bendita.

     Cuando llegaban los matrimonios buscando niñas o niños para adoptar disimuladamente se paseaba frente a ellos, barriendo, para que vieran que era hacendosa; pero elegían siempre a otras, bonitas o al menos no tan feas como ella. Así fue como se aquerenció con el lugar y terminó siendo ayudante de tiempo completo. La cocinera, que fue la que la recibió de brazos de su madre, la tenía siempre a su lado, pegada a sus faldas. Era una santiagueña que se reía por todo y por nada y conocía de yuyos y palabras mágicas que curaban enfermedades simples, desde una tos hasta el mal de ojo.

-Para una noche de San Juan te voy a pasar el poder que tengo y te enseño a curar ¿querés?

     La muchachita estaba fascinada con eso que la haría diferente de las otras. Se lo merecía, claro que se lo merecía. Poder en las palabras y en las manos para curar a la gente. Sonaba lindo. A partir de esa charla, contó uno a uno los días y las noches hasta que llegara la de San Juan. Y aprendió. Té de paico, de manzanilla, anís estrellado, con todo tipo de yuyos llenó los frasquitos vacios que guardaba en la cocina. Curaba del hipo a los bebés con un hilito colorado que les  ponía enrollado en la frente y para el mal de ojo, bastaba con un plato hondo lleno con agua,  unas gotitas de aceite y listo. Después, todo era cuestión de fe.

     Una tarde golpearon a la enorme puerta del Hospicio. La mismísima Madre Superiora fue a recibir a la mujer elegante que aparecía en la puerta. Olía a perfume francés bajo su abrigo de piel, zapatos y cartera de cuero fino y un sombrero rosa pálido con un tul del mismo tono  que le tapaba parte de la cara. Todos estaban alborotados pensando que sería alguien que vendría a elegir alguna niña para adoptar. Cuando la Madre Superiora abrió la ventana que daba al patio corrieron a esconderse porque tenían prohibido por ella andar husmeando cuando estaba reunida con alguien de afuera.

-¡Bendita! ¡Bendita! Vení, por favor.

     Ni qué decir cómo le latía el corazón. Entró despacio, inclinándose levemente a modo de saludo y rogó que no fuera para llamarle la atención por andar espiando a la señora tan elegante. La Madre Superiora le pidió que se acercara y le tomó las manos:

-Bendita, querida, la señora de Palau aquí presente anda buscando una muchacha responsable para los quehaceres de su casa y creo que vos sos la única que puedo recomendar con los ojos cerrados.

La mujer levantó el tul del sombrero para verla bien y se le borró la sonrisa que tenía. La Madre Superiora se dio cuenta de la causa  pero cerró la trinchera de su conmoción  con un comentario oportuno:

-Mírela bien, Sra. de Palau, ya anda casi por los treinta  años  esta muchacha, es limpia, es fuerte y sobre todo, sana…así y todo como la ve, es sanísima…además no le va a dar problemas porque es muy obediente y discreta… Ah, y no solamente  sabe leer y escribir, sacar cuentas, lavar, planchar, cocinar, hacer mandados, sino que con ella…bueno…va a estar más que tranquila…por lo que se ve a simple vista…me refiero, señora, a que habiendo hombres en la casa…porque usted misma me dijo que están su marido, su suegro  y su cuñado, ah… y un chofer creo que también me comentó, si mal no recuerdo… ¿me comprende? Le aseguro que con ella no va a tener el más mínimo problema ni ningún sobresalto o disgusto. Digamos que no le va a traer incordios con ellos, creo que me entiende, señora de Palau.

     Nunca había sido más acertada la monja ¿Qué patrón o hermano, padre o empleado del patrón iba a tener un amorío con ella? ¿Qué patrona estaría celosa si con solo verla hacía doler los ojos de tan fea que era? Pero a ella no le importaba eso; al menos ahora tendría la oportunidad de vivir en una casa de verdad, con una familia como había visto una vez que las llevaron al cine, o tener una habitación para ella sola.

-Me parece bien, Reverenda, tiene razón, la tomo.- dijo la dama y volviendo su cabeza hacia Bendita pasó a contarle los beneficios de ser sirvienta cama adentro- . Tendrás  sueldo, casa y comida, los domingos descanso todo el día  y los jueves descanso  por  la tarde, después de lavar los platos y servir el café. Compartirás la habitación con otra empleada que tengo porque la casa es muy grande y una sola no da abasto. Lo que me interesa es que te ocupes de cuidar a mi hija, sobre todo cuando mi esposo y yo viajamos, algo que hacemos muy seguido y por varias semanas. Andá  preparando tus cosas que pasado mañana mando al chofer a  buscarte bien temprano. ¿Por qué llorás, querida?

     Como para no llorar… El sueño de su vida se estaba haciendo realidad. Se despidió de las monjas y los niños y niñas que estaban en el Orfelinato entre sollozos y promesas de volver a visitarlos apenas tuviera su día de descanso.  Abrazó con todas sus fuerzas a la Madre Superiora que tanto la había cuidado, tomó su pequeño bolso, y  miró a todos los que la despedían en la puerta para guardar esa imagen en su memoria. Se puso el sombrero que le dejó como única herencia la cocinera santiagueña al morir y entró al coche que venía a recogerla.

     Media hora después  Bendita  estaba instalada en la casa del diputado Palau. Todo allí era sobrio y del más preciado  buen gusto, desde las cortinas de la cocina del servicio hasta la jaula de los pájaros. Cada mueble tenía un detalle que lo hacía distinguido, hechos del más delicado roble. Tendría que ser cuidadosa al lustrarlos, lo mismo que con la cristalería de Bacará y los cubiertos de plata con iniciales de oro. La habitación de la niña estaba repleta de muñecas que sus padres le traían de regalo después de cada viaje. La pequeña tenía unos tres años y apenas la vio a Bendita con su bolso en la mano, le estiró los bracitos para que la alzara, con la más amplia de sus sonrisas y sus mohines de mimosa. La muchacha se sintió en ese momento la persona más bella del mundo, dueña absoluta de esos besos pegajosos de caramelos  que uno tras otro le daba la pequeña, con la inocencia o la sabiduría que tienen las criaturas cuando sólo ven la belleza del alma.

     Fueron inseparables. Bendita se  ocupaba de llevarla y traerla de la escuela, de sus clases de piano y francés, de ballet y equitación, también se encargó de que tomara la comunión, de asistir a las fiestas sociales de toda adolescente de alcurnia y  ella la esperaba siempre  en la calle para evitarle los comentarios desagradables que harían los demás cuando la vieran tan fea. La cuidó sana o enferma, la alentó en cada cosa que emprendía y la consoló cuando no lo conseguía. La acompañó a misa los domingos y hasta mentía por ella ante sus padres cuando la joven empezó a noviar a escondidas.

                 

-¡Me pidió que me case con él, Bendita, me caso, me caso!

¡Qué rápido habían pasado los años! Tenía frente a ella a una mujer veinteañera enamorada y casamentera que hasta ayer nomás la había tenido en brazos.

 

-Si no te movieras tanto…yo terminaría de levantarte el ruedo…- rezongaba Bendita, arrodillada frente a la silla donde estaba encaramada la novia. Quitó los alfileres de su boca y se quedó contemplándola, fresca como una rosa blanca, riendo mientras se miraba el vestido en el espejo.

Bendita metió su mano en un bolsillo de su vestido y sacó un pañuelo amarillento por el tiempo, lo desanudó y le entregó en las manos lo que contenía dentro.

-Tomá, esto es para vos. La tengo guardada esperando la oportunidad de regalártela y creo que hoy es el día ¿no es tradición que las novias lleven algo viejo para que les dé suerte en el matrimonio? Bueno, acá lo tenés.

-Bendita, es una medallita de plata ¿la compraste para mí?

-No, es la que me dejó mi mamá colgada al cuello cuando me abandonó en el Hospicio. Es el único recuerdo  que tengo de ella y también lo único de valor, corazoncito mío, aunque sólo se trate de valor afectivo y por eso es para vos que has sido como una hija para mí y lo sabés bien.

-Bendita…

-Venga, mi chiquita, deme un abrazo fuerte, fuerte, como esos que me dabas cuando eras del tamaño de tu muñeca.

     Le estiró los brazos como aquella vez, cuando llegó a la casa 20 años atrás y se largó a llorar junto a ella por el amor que se tenían.

-¿Sabés una cosa, pero no te vas a enojar? La medallita no es de plata, es más, ni sé de qué es, capaz que es una chapita,  que si la mojás se herrumbra…

-¿Y querés que yo te diga otra, Bendita? Al vestido de novia me lo hiciste vos pero mi mamá dijo a sus amigas del Jockey Club que lo compraron a un famoso modisto de París.

Se echaron a reír porque eso poco les importaba. Detrás de la puerta, la  señora de Palau  miraba a las dos mujeres entre tules y alfileres, risas y complicidades. La Madre Superiora no se había equivocado: Bendita había hecho un excelente trabajo con la casa y con su hija.

 

Mientras se escucha el Ave María y el cura bendice los anillos, Bendita mira a su niña, escondida en la sacristía, estirando el cuello cada tanto para ver mejor la escena. Y luego se va a la casa, que es lo que corresponde, sin un reclamo siquiera.

 

-¡Es un varón, Bendita, un varón! ¡Llame a mi marido que está en el jardín y dígale que prepare el coche que vamos a la maternidad!

Bendita se puso los anteojos que usaba para  ver de lejos y fue a buscar al patrón que tiró el diario y salió  enloquecido de la casa  que al poco rato se llenó de visitas a las que sirvió café  y puso agua en los jarrones para los incontables ramos de flores con cintas celestes que iban llegando. Días después la joven madre lo presentó formalmente en sociedad en un almuerzo íntimo entre familiares, amigos cercanos y algunos políticos allegados al partido,  pero eso si: a toda pompa. Bendita estaba con la bandeja sirviendo los postres.

-¿Y qué nombre le van a poner? Seguro que primero el del padre y el segundo, el del abuelo.- y mientras preguntaba la futura madrina, arremetía con sus dedos en el cachete del niño.

La voz de la madre sonó segura:

-No, se llamará Bendito.

     El silencio se sostuvo entre los presentes durante un largo rato, el mismo que estuvo Bendita sujetándose a la bandeja de plata para no caerse de espaldas porque no se esperaba semejante honor: Dios, que la había olvidado desde que nació, existía.

 

El día del bautismo la reciente madre  se quitó del cuello  la cadena con la medallita que siempre conservaba puesta desde el día que probaba su vestido de novia, todavía sin el ruedo levantado, y  se la puso a su hijo. Recién entonces el cura echó el agua bendita sobre su cabeza.

Bendita vio la ceremonia, otra vez desde la sacristía, escondida, "para no arruinar la foto" como decía ella sonriendo.

 

  La casa estaba llena de chicos que corrían de un lado al otro  y Bendita subía y bajaba la bandeja que traía  cargada de refrescos en vasitos de cartón, evitando que la atropellaran con tanto jaleo. Los globos estallaban en colores, prendidos de a racimos en los árboles del jardín y la música infantil animaba a los pequeñitos a bailar haciendo una ronda. Un payaso hacía morisquetas a medida que simulaba abrir los regalos. Bendita había estado toda la semana preparando las guirnaldas, las luces enredadas en las columnas, la comida  y hasta la torta de cumpleaños, para que todo saliera como su niño mimado se lo había pedido. Ya habían pasado dos años desde que llegó a la casa envuelto en pañales y ahí estaba, correteando por toda la casa con su bonete de papel metalizado. Nadie se lo había pedido pero se ocupó de la criatura desde siempre, como de su madre, que no viajaba tanto como la señora  de Palau pero gustaba de salir con su marido porque eran jóvenes, le agradaba volver tarde y levantarse más tarde aún. Entonces nadie mejor que Bendita para hacerse cargo del niño.

-¿No es una preciosura? ¡A ver, canten todos…que los cumplas, Bendito, que los cumplas feliz!...Soplá las velitas, mi amor…eso es, bien fuerte…soplá otra vez que te quedó una encendida… ¡Vamos, canten de nuevo, otra vez!...que los cumplas… ¡Viva!... ¡Muy bien, Bendito, apagaste todas!...A ver…aplaudan, chicos, aplaudan… ¡Ahora a romper la piñata! Y no se peleen que hay para todos… ¡ay, cuidado que me van a hacer caer!...Quien los vea pensaría que jamás comieron un caramelo… Parecen diablitos más que angelitos…

     La piñata fue derribada al rato volcando cientos de caramelos sobre los pequeños invitados a quienes ya no les daban las manitos para sujetar tantos. Bendito junta  un puñado, los mira y se los ofrece a Bendita:

-Para vos, Bendita.

     ¿Podía ser más feliz viendo a su niñito obsequiarle  su tesoro que había ganado  levantándolos del suelo?

 

     De no ser por una artrosis que le devoraba los huesos, Bendita era feliz a sus sesenta años. Agradecía eso cada noche al rezar, como le habían enseñado las monjas del  Orfanato, con las manos juntas y arrodillada al lado de la cama. Se persignó y se metió en la cama.  Pensó que había tenido suerte, que su vida se deslizaba como por  un tobogán cubierto de pétalos de rosas. Del modo que fuera, se había integrado a una familia que la trataba bien, su niña ya mujer la quería casi más que a la propia madre y ese niñito era la luz de sus ojos. Mientras los cerraba, cansada de tanto trajinar, en el cielo explotaban los últimos fuegos de artificio festejando el nuevo año: 1940.

     Y seguía pasando el tiempo…

 

                               (CONTINUARÁ…)

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