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Emigración

Emigración

Emigrar es igual a desarraigo
Cía Hamburguesa

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Cª Transatlánti

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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes
Filatelia

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


    El médico de la familia vino de madrugada y en la casa estaban todos despiertos con la angustia en las gargantas. El niño llevaba dos días y dos noches llorando sin parar, sin comer, sin tomar agua siquiera, la panza hinchada y una fiebre de 40º. Bendita no hacía más que llorar a escondidas por los rincones, dándole ánimo a los abuelos y los padres, aún cuando ella estaba destrozada por semejante tragedia. La madre ponía paños de agua helada en la frente del niño sin lograr demasiados resultados. El doctor pasó su mano por la barbilla y sugirió que lo viera un especialista en aparato digestivo. Al día siguiente estaba allí, el más renombrado de la ciudad,  pero tampoco  encontraba diagnóstico, la fiebre seguía subiendo y Bendito sin comer. El especialista sugirió que viniera de Buenos Aires una de las eminencias en cirugía infantil, el mejor del país. La abuela lo llamó por teléfono, pero el distinguido médico decía que Rosario le quedaba lejos, que estaba demasiado ocupado con sus pacientes y que al parecer, por lo que le habían comentado sus colegas, el caso era difícil, pero que tal vez si abonaban una cantidad suficiente era posible que viajara inmediatamente, aunque lo más probable sería que  luego de la revisación  tendría que trasladar al niño a su clínica privada, una de las más reconocidas de Sudamérica. Dio por sentado que debería hacerle estudios especiales con la última tecnología, que después se verían los gastos de la cirugía y el  tratamiento, los que eran sumamente elevados según su afamada categoría.

-Mire, doctor, por sus honorarios y la internación o lo que sea usted  no se preocupe, ni por lo que haga falta. Si es necesario  mañana mismo pongo mi casa en venta y le pagamos lo que nos pida pero salve a mi nieto, por favor, sálvelo, doctor… es tan pequeñito…tan pequeñito…

     La elegante Sra. de Palau colgó el teléfono y se echó a llorar desconsoladamente en los brazos de su esposo que en menos de veinticuatro horas había perdido la mitad de su cabellera a causa del disgusto con la salud de Bendito.

     Los médicos que estaban presentes saludaron y se fueron con la sensación de haber fracasado en sus intentos, ahora quedaba esperar la visita del  encumbrado colega. Por su parte ellos habían dejado instrucciones precisas de no suministrarle más que los medicamentos recetados.

     Un día y medio después la eminencia se hacía presente escoltado por los especialistas y el médico de la familia. Antes de revisarlo cobró sus honorarios. Le tomó el pulso, la fiebre y miró la panza que parecía iba a explotar en cualquier momento. Meneó la cabeza de izquierda a derecha. Luego puso su mano en el hombro de la mamá y le dijo en tono muy serio:

-Lo siento mucho, pero acá hay poco que hacer, señora. A mi modo de ver en esta primera auscultación ya he notado que los intestinos de su hijo han dejado de funcionar así que solo es cuestión de esperar…Además la fiebre no cede, está inconsciente y eso no es buena señal porque complica aún más el cuadro…Será cuestión de un día, tal vez dos, pero va a tener que ser fuerte, mi querida señora…A lo mejor  si me hubieran llamado antes podría haber hecho algo pero esto ya está  muy avanzado…Sin embargo, queda una esperanza pero en esta ciudad no están esos recursos. Quiero decir que en un último intento  me gustaría trasladarlo con carácter de urgencia  a mi clínica en la Capital, siempre y cuando ustedes…en fin, estén dispuestos a pagar los gastos  que no son bajos, eso quiero que quede bien claro…Mañana, antes de volver a Buenos Aires, voy a venir para cobrar lo que resta de mis honorarios…bueno, y para ver cómo sigue el niño, claro…también para enterarme si han decidido la internación. En fin, ustedes resolverán…con permiso, desearía lavarme las manos ¿me indica dónde queda el toilette, por favor?

     Si el dudoso diagnóstico fue terminante, el pronóstico fue peor. No había nada que hacer. Sólo arriesgarse a trasladarlo a Buenos Aires en la espera de un  milagro. Milagro que significaba vender la casa en veinticuatro horas para pagar los gastos de la clínica privada. La mansión de estilo francés valía una fortuna pero la vida de Bendito no tenía precio.

     Los gritos y el llanto de la familia colmaron los oídos de la pobre Bendita que acompañaba a la eminencia hasta la puerta.

-Vayan a descansar, yo me quedo a cuidar al nene. Nos turnaremos para no agotarnos. Ahora me toca a mí  y a la mañana temprano  viene cualquiera de las dos. Y no se discute. Vamos, ustedes a dormir que yo me ocupo de todo.

     De a uno se fueron retirando, extenuados  por la semana de zozobra que les había tocado vivir, las noches en vela, la incertidumbre, la espera.

     Bendita fue a la cocina, puso agua a calentar y sacó todos los yuyos que tenía en los frascos. Le rogó al alma de la cocinera que le dio el poder una noche de San Juan, allá en el  Hospicio, para que pusiera las hierbas correctas, con la medida justa. Rezaba sin parar, colaba el té, rezaba, buscó las cintas que estaban guardadas en su ropero, seguía rezando  y volvió a la cama donde estaba el niño. Los médicos la habían desahuciado y si ya no había nada que hacer poco importaba entonces  intentar con su fe y su poder que no había practicado nunca en casos tan extremos como éste, así que desobedeció la orden de los galenos de no suministrarle nada más que los medicamentos recetados.

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…    

     Despertó a Bendito y lo sentó, le dio el brebaje tibio, después lo puso boca abajo y con sus dedos desprendía el pellejo de su diminuta espalda,  a la altura de la columna vertebral, cerca del coxis, "tirándole el cuerito" como decían las curanderas,  con  una maestría envidiable. El chiquito empezó a eructar. Volvió a sentarlo y con una cinta roja midió su antebrazo tres  veces, puso un extremo en la pancita hinchada que sostenía el pequeño con su dedito índice mientras ella sostenía el otro entre sus manos, se persignó, y su mano derecha fue replegando la cinta, también tres veces. Rezó mientras hacía la señal de la cruz en la frente del enfermo.

-Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…. Corrió al lavadero a buscar una palangana.

-Santa María, madre de dios, ruega por nosotros, pecadores….

Bendito apenas pudo incorporarse, como acto instintivo, y segundos después empezó a convulsionar. Vomitó durante un rato bien largo mientras ella lo sostenía con su mano en la frente y la otra masajeando la pancita, mirando sin asco lo que salía de su estómago, una extraña sustancia gomosa de color marrón oscuro, espesa, envuelta en una baba amarga que despedía olor a muerto.

-Lo que yo dije…era eso nomás…ya me parecía a mí…gracias, Señor.

    

     Durante toda la noche Bendita le dio distintos brebajes de diferentes yuyos para lavarle el estómago, algunos fríos, otros calientes; después le dio agua fresca mezclada con ruda y jugo de limón exprimido. Cuando despuntaba el sol la fiebre había cedido y la panza estaba en su lugar, como antes de la enfermedad. Después de tanto trajín, quedaron los dos dormidos como ángeles.

     La madre y la abuela entraron juntas a la habitación y el pequeño se despertó:

-Mami, mami, tengo hambre.

     Las tres mujeres quedaron paralizadas ante lo que veían y escuchaban. Casi al mismo tiempo ingresó la eminencia a terminar su trabajo  -que más bien consistía en saludar, cobrar más dinero y convencerlas de la internación en su clínica-  seguido por los otros dos médicos.

     Bendita se puso de pie, se acomodó un poco la ropa y el pelo, y se le paró enfrente, mirándolo cara a cara.

-Usted es un negociante, no es un hombre de ciencia. ¿Me permite que le diga algo con todo respeto, doctor? Usted es un ser repugnante y despreciable que tuvo a mi familia, porque es mi familia, en un puño. ¿Sabe qué tenía mi Bendito? Un empacho hasta la manija, de Padre y Señor nuestro, eso tenía. ¿Ve lo que hay en estas dos palanganas? Tierra. Si, no me mire así, tierra tenía en el estómago y en los intestinos. Tierra con lombrices que se comió del jardín en algún descuido nuestro. Yo le curé el empacho y el mal de ojo, le tiré el cuerito y le lavé el estómago con yuyos, y no soy médica, doctor, pero de la nada no le iba a aparecer la panza así de hinchada a un chico sano como éste. ¿Qué los desobedecí porque no querían nada más que los medicamentos? Si  ¿Y qué? Usted con toda su sabiduría ya lo daba por muerto. Así que gracias por la visita, pero usted se va de acá sin cobrar ni un solo centavo  más y esta casa no se vende porque el chico no se interna en su clínica por más moderna que sea. Lo acompaño hasta la puerta, muchas gracias y que tenga buen viaje.

 

     El ilustre galeno se sintió humillado por esa mujer pequeña, de cuerpo deforme por su columna desviada en una joroba, con los ojos cerca de las sienes que le daban una apariencia de pescado, el labio superior  encimado y torcido que dejaba al descubierto unos pocos dientes desparejos. Los otros médicos salieron junto con su colega, sin hacer ningún comentario.

 

                            (CONTINUARÁ…)

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