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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


           (PARTE III)

 

     Dos años después de este acontecimiento, la familia Palau decidió festejar por primera vez y en familia, el cumpleaños de Bendita. Fue algo íntimo en el jardín de la casa aprovechando la primavera templada de octubre. Tan contenta estaba que hasta se animó a bailar un vals y un fox trot  con los patrones. Al momento de brindar, Bendita lagrimeó agradeciendo la fiesta y lo buenos que habían sido con ella todos esos años. La Sra. de Palau pidió a todos los presentes un momento de silencio para decir unas palabras:

-Bendita, querida, todos estos años has cuidado de la casa y de nosotros. Tan bien lo has hecho que estuvimos a punto de perderla cuando fue la enfermedad del niño y si hoy lo tenemos vivo  a Bendito es gracias a tu cuidado y tu valentía. Sos parte de esta familia…pero hay que entender que un descanso no te vendría mal ¿no te parece? Ya es tiempo de que aproveches un poco la vida, de que dejes de cuidarnos como hasta ahora porque eso, mi querida, perjudica tu salud y todos nosotros te queremos ver bien…

     Bendita sintió que se le venía el mundo encima. ¿Le estaban diciendo delicadamente que dejara la casa después de casi cuarenta años? ¿A dónde iba a ir? ¿De qué iba a vivir ahora que estaba vieja? Se llevó el pañuelo a la boca para detener el ahogo que le subía desde el corazón y amagó a levantarse de la silla para que no la vieran llorar, pero la Sra. de Palau puso su mano en el hombro de la mujer.

-Esperá, Bendita, esperá…no es lo que vos pensás, al contrario. La familia quiere reconocerte  de algún modo todo el sacrificio y el amor que nos has dado y creemos que con esto lo conseguimos en parte. Abrí esta cajita, es tu regalo de cumpleaños.

     Bendita saca una  llave grande que estaba dentro de una caja color azul y sujetada con un moño dorado.

-¿Una llave, señora?

-Claro, mujer, es la llave de tu casa.

-¿La llave de mi casa? - pregunta Bendita que no sale de su asombro.

-Si. El señor y yo hemos puesto a tu nombre la casa de inquilinato que está en la esquina, la que heredé de mi padre hace años ¿te acordás que una vez la fuiste a limpiar vos? Bueno, nosotros dos ya estamos grandes para lidiar con la gente que un mes paga y el otro no. Mi yerno la mandó pintar y a poner en condiciones y ahora  será tu negocio, además de ser tu casa. Vivirás de los alquileres que te paguen. Tendrás tu habitación con un balcón que da a la calle y el  baño pegadito a ella, todo para vos sola, como siempre quisiste.  Además estaremos a metros de distancia así que tendrás que venir  porque el niño necesita que lo lleves a la plaza a jugar, porque de mandarlo a la escuela  y  sus clases de esgrima se ocupará una chica nueva que contratamos ayer. Es tiempo de descansar  y disfrutar, Bendita, que te lo merecés, por eso este regalo, para que te independices de una vez y seas libre. Permitime que te dé un abrazo, querida Bendita, que has sido casi como una hermana. ¿Por qué llorás, querida?

     Las lágrimas de emoción de todos y los aplausos no se hicieron esperar y la mudanza tampoco. Bendita se instaló en la casa de inquilinato al mes de haber firmado la escritura a su nombre. La madre del niño le había regalado su juego de dormitorio  aunque algo pasado de moda, un ventilador que funcionaba cuando tenía ganas y una lámpara de pie, un juego completo de vajilla y cubiertos que tenía de su casamiento aún sin estrenar. De las cortinas se había ocupado personalmente la Sra. de Palau, de los cuadros, las alfombras, los dos sillones,  el aparador y la mesa del comedor, también. Ella sólo llevó sus dos pares de zapatos, cuatro o cinco prendas, un peine, algunas perchas y la radio. La primera noche que durmió ahí se sintió rara, como que algo le faltaba; tardó en conciliar el sueño y la imagen de la madre que no conoció jamás se le aparecía a cada rato. Después de todo, pensó, tendría una vejez en paz, sin sobresaltos.

     Cuando se despertó a la mañana siguiente ordenó las cajas repletas de cosas que esperaban su lugar. Se decidió y colgó un espejo en la pared del baño en el que se miró después de muchos años de no hacerlo. Pensó si su madre la habría abandonado desilusionada por verla tan fea. De todos modos, ya no importaba saberlo.

 

 

     Apenas viera movimiento iba a hablar claramente con los inquilinos para decirles que era la nueva propietaria y que los pagos serían del 1 al 10 y nada de que los tuviera que esperar un día más. Les diría que no haría excepciones, que sería implacable, tremendamente rigurosa con los pagos en fecha. Seguramente se quedarían mirándola como hacían todos, pero fea y todo, era la dueña de la casa. Después se rió porque sabía que no sería capaz siquiera de decir ese discurso aunque lo había ensayado mientras tomaba la leche. Eso sí, no les daría confianza, porque si no, se mal acostumbrarían y después…Sólo el saludo "buenos días, buenas tardes, buenas noches, hasta mañana", nada más. Y tampoco andar haciendo favores a los demás porque después se confunden y piensan que más que buena es tonta.

    Entre el montón de cosas que desembalar le llamó la atención los frascos con yuyos y los separó para tirarlos: desde aquella vez que con ellos salvó a Bendito desobedeciendo las órdenes de los médicos había prometido no volver a usarlos para purgar semejante desafío a la ciencia, algo así como una culpa que sentía.

    Una de las puertas de las habitaciones se abrió y de ella salió un chico  llorando a moco tendido.

-¡Ay, te digo que me duele la muela!

Detrás, la madre reprendiéndolo a los gritos.

-¿No ves? ¿O no te lo dije yo? Eso te pasa por andar comiendo porquerías ¿Dónde consigo al  dentista un domingo? ¿No te pusiste a pensar eso vos? Te dije  hasta el cansancio que no comas caramelos, pero vos, nada, meta chupar caramelos… Tenés dos muelas picadas por andar comiendo cosas dulces. Ahora, jodete… ¡y dejá de llorar, papelonero! ¡Siempre dándome disgustos vos, igual que tu hermano!

Bendita escuchaba la radio que era superada en volumen por la  trifulca entre madre e hijo y al rato se asomó a la galería.

-Buen día, señora, soy la nueva dueña de esta casa de inquilinato. ¿Qué pasa que hay tanto bochinche?

-Ay, si, disculpe el griterío, pero es que este chico me tiene loca hoy…perdón, ante todo, buenos días, mucho gusto, señora, disculpe que no le dé la mano pero estoy amasando y como ve, están llenas de harina… si, algo me habían dicho que iban a venderla o que cambiaba de dueño o algo parecido… ¿usted ya se mudó?...porque supongo que es la nueva propietaria… ¿no?

El pibe seguía llorando y agarrándose la cara con las dos manos.

Bendita se acercó al chico, sin contestarle a la madre.

-¿Qué te anda pasando a vos? ¿Te duele mucho la muela? Vení conmigo que te voy a hacer un preparado para que te hagas unos buches y vas a ver cómo se te adormece ahí donde te duele. Eso, si tu mamá me da su permiso.

-Si, claro, doña, cómo no la voy a dejar, hace de anoche que no para de llorar y hoy domingo…no encuentro dentista en el hospital ¿vio?

-Quédese tranquila que yo le voy a sacar el dolor a su hijo. No tenga miedo, es un anestésico natural, igualito al que venden en la farmacia pero con la diferencia de que el mío es gratis. Vos vení conmigo, dame la mano…eso es…ahora contame ¿qué muela te duele? Porque si no me mostrás no voy a saber dónde ponerte el remedio.

     El niño la mira y ve la belleza de un  alma en toda su plenitud.

-¿En serio que se me va a pasar el dolor de muela, doña? Mire que me duele mucho, desde anoche que no doy más.

-En serio, te lo digo yo, que soy Bendita, ya vas a ver; eso si, de los caramelos, me tenés que prometer, te vas a olvidar por un tiempo ¿estamos?

     Pone agua a calentar y acomoda de nuevo los frascos con yuyos. Prepara el brebaje, lo frota con un algodón sobre las malditas muelas y al resto  se lo da para que se haga buches.

     La inquilina ve al rato que el remedio casero hizo efecto y su chico juega con los demás como si nada.

-Qué suerte que está usted, Bendita ¿cómo le puedo pagar este favor? Mire que mucho dinero no tengo…mi marido apenas consigue alguna changa en el mercado…y la situación, bueno…no está como para andar tirando manteca al techo.

-Por favor, nada de dinero conmigo, querida, aunque pensándolo bien creo que  sí me  puede pagar de otra manera ¿qué tal si entre las dos baldeamos la casa  de punta a punta así después nos sentamos en el patio y conversamos un rato mientras tomamos mate? ¿Le gusta el mate? Ni qué decir que me va a convidar ese pan que está amasando y  de paso me va contando de la gente que vive acá. Fíjese, ahí tiene un balde, usted llénelo que yo barro y después usted  pasa el secador y yo lo seco con el trapo de piso ¿qué le parece?

 

 

 

 

     Y ahí está Bendita, escurriendo el trapo de piso, extendiéndolo parejito en la escalera para que se seque más rápido, como las monjas del Hospicio de Huérfanos le  habían enseñado con esmero  el arte de la limpieza y porque sabían que la pobre Bendita  otra cosa no podría hacer en su vida más que  limpiar.

 

                             FIN                  

Por ADELA DEL VALLE LOPEZ



 

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