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Emigración

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Cía Hamburguesa

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Cª Transatlánti

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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes
Filatelia

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


Gringo/gringuito: término dado a los italianos

Pata: pie

Pibe: niño, muchacho

Biaba paliza, golpiza

Pichón: ave recién nacida

Atorrante: mala persona, de mala conducta, pendenciero, embaucador

Fajar: golpear, agredir, pegar

Abombado: tonto

Mamporro: golpe dado con el puño

Joda: chiste (en este caso)

Zío: tío (en italiano)

 

 

                                   EL BESO DE NICOLA

 

         El pibe se limpió los mocos con la manga de la camiseta, rasgada y mugrienta de tanto revolcarse en el suelo, y esquivaba los sopapos que le venían uno detrás de otro. Sentía las orejas calientes y las mejillas ardiendo de las cachetadas que recibió.

    -"Gringuito pata sucia....gringuito pata sucia...pata sucia…gringuito pata sucia".  El coro de los ganadores se hacía escuchar en la esquina del conventillo vanagloriándose de la victoria obtenida: cinco contra uno. Le habían pegado fuerte esta vez al hijo del tano Scarpone. El pobrecito se defendió como pudo, dando patadas al aire, haciéndose un ovillo contra la pared, poniendo las manos como  un escuálido escudo  para detener la furia pero todo fue en vano.

         La pelea empezó porque la pelota fue a parar a la casa de doña Asunta y con el carácter que tenía nadie se animaría a ir a buscarla, lo que significaba que no habría fútbol hasta que consiguieran robar todas las medias que encontraran  para hacer una trapo. ¡Con lo linda que era la de goma, rayada en marrón clarito  y amarillo!

         Nicola, el hijo  más chico del tano, que andaba por los diez años, era el que la había pateado.

-          Dale, andá a pedírsela vos a la gringa, que entre  ustedes se entienden, andá, y más vale que la traigas o te damos la biaba, te damos, que a la pelota me la regalaron los reyes magos... No, si yo dije que al gringuito éste no había que invitarlo a jugar con nosotros, que es un pata dura…pero ustedes dijeron que faltaba un centro y ahí lo tenés al centro…tiró la pelota a la mierda, tiró…

     El que se quejaba era el Cholo. Se le asomaba ya la pelusa del bigote y hacía gala de eso entre los otros para demostrar que era el más grande y eso le daba cierta autoridad de comando, además de liderazgo natural que le venía de herencia.. Pendenciero igual que el padre, buscaba lío por cualquier cosa y ahí nomás se iba a las manos.

     Se quedaron un rato en silencio, pateando piedritas pero no se decidían a ir a la casa de la vieja a reclamar la pelota porque ya se los  había advertido la última vez, cuando le rompieron el vidrio de la ventana, que no se la iba a devolver y que era mejor que no insistieran.

-          Dale, gringo, andá, andá que a vos seguro que te entiende.

Imposible. Doña Asunta era piamontesa. Italiana, pero de Piamonte.

-          Ma no, la signora….la vecchia... non capishe el mio dialeto e ío non parlo piamontese.

En realidad el gringuito  hablaba poco porque poco se le entendía en su siciliano atravesado. Por eso no iba a la escuela pero el año que viene sí que podría  como los otros chicos del barrio. "A la Aryentina la scuola e gratuita" decía su mama y los hijos de los inmigrantes también podían ir, como lo hacían sus hermanos mayores. No hacía más que pensar en eso, en la magia de escribir y leer y sacar cuentas así podría encontrar un buen trabajo y ayudar en la casa. Con letra despareja su hermana le había enseñado  a escribir la fecha: 20 de septiembre de 1939.

 

     Pero en realidad lo de la pelota fue una excusa donde los  tres pichones de atorrantes  del conventillo y los dos de la otra cuadra  buscaron saciar sus ganas de golpearlo. Porque el fútbol era cosa de hombres y si había que quebrarle  la pierna del contrincante para evitar el gol, se quebraba. Había que correr, había que insultar, había que patear fuerte, había que ser macho. Y parece que el Nicola no reunía alguna de esas condiciones, sobre todo la última. De eso habían estado hablando los cinco  toda la semana. Se juntaron en la esquina, a la sombra del viejo roble, y discutieron mucho el tema mientras hacían un concurso a ver quién escupía más lejos.

-          Te digo que yo lo vi, no es que me lo contaron, yo mismo lo ví- comentó el Enzo abriendo los ojos como dando a conocer la gran revelación.

-          ¿Pero vos estás seguro, seguro de eso?

-          Si, Cholo, lo que dice el Enzo es cierto. A mí me lo dijo mi mamá y tal cual. Ella estaba tendiendo la ropa cuando vino el tipo ese y bueno…hizo lo que hizo con el gringuito… ¡che, qué asco!

     Deliberaron el asunto luego de testificar cada uno de ellos la escena que habían presenciado, directa o indirectamente, días atrás en el patio del conventillo y llegaron a la sentencia fatal. Se la dieron a conocer al tanito formando un círculo alrededor de él, cuando volvió a negarse a buscar la dichosa pelota de goma. Si el Cholo perdía el balón sagrado en manos de doña Asunta  era cantado que el padre lo fajaría cuando se enterara, así que Nicola no se las iba a llevar de arriba, porque él también iba a perder.

-          "Ma-ri-cón, gringuito maricón"

            El Nicola se dio vuelta y lo agarró de los pelos al que tenía más cerca.

-          ¡Ma que cosa hai dito tu, filio de putana!

     Ahí nomás se metieron los otros tres y patada a los tobillos va, patada a la rodilla viene. El Cholo miraba la escena y  dirigía la pelea como un entrenador de box:

-          ¡Que sos marica, gringo mugriento, un marica que se anda besando en la boca con un tipo grande, eso dije, y más putana será tu vieja, abombado! ¡Y vos dale un mamporro en la boca y bajale los dientes así aprende a ser hombre este mariquita!

     Mientras recibía la golpiza Nicola trataba de hacer memoria, quería entender de qué lo acusaban pero no podía porque el dolor y la impotencia se apoderaban de su cuerpo.

     Tuvo suerte el pobre italianito: en ese momento la madre salía del conventillo a llevar la ropa planchada a casa de su patrona y ahuyentó en medio de un griterío a los que le golpeaban al hijo. Dejó la canasta en el suelo y lo envolvió con su chal, se lo cargó en  brazos y lo metió en la cama; sacó el rosario del bolsillo de su delantal y le rezó a San Genaro. En medio del llanto llevaba el encogido dedo índice hasta su boca y lo mordía maldiciendo en su lengua a los chicos, a los padres de los chicos y hasta al mismísimo barco que la había traído a este país  que, según ella,  no la quería. Después le encomendó a su hija que cuidara del hermano hasta que volviera de entregar la ropa y se fue con el alma en un puño, blasfemando en voz baja:

-          ¡Maledeto, tutti maledeto, porca miseria! ¡Guarda come stá il mio bambino, pobereto cuore di mama! Ma, dime, Dío mio ¿cosa hai fato io per tanto castigo? Laboro tutti il giorno e tu me castiga cosí…non capisco niente, niente…¡E  no mi piacce questo paesse, no mi piacce!…

     Y ahí seguía la gringa su diálogo con Dios -que parecía no entender italiano- mientras apuraba el paso para volver enseguida y curarle las heridas.

     Nicola lloraba despacito y entrecortado, las rodillas casi tocándole el mentón hinchado y el labio rajado, la nariz sangrante, el cuerpito transpirado y dolorido.

     Lo habían tratado de marica y eso no era joda. Le dijeron que la paliza fue porque  andaba besuqueándose en la boca con un tipo. Se correría la voz por todo el conventillo, por toda la cuadra, por todo el barrio. ¿Cómo iba a explicar eso a la gente? ¿Quién podría creerle que el tipo del que hablaban era su tío Giusepe, recién llegado de Italia para cuidarle las espaldas a  don Cosme,  padrino suyo y de la mayoría de los sicilianos que vivían en esa parte de la ciudad? ¿Cómo contaba que eran todos de la misma familia aunque tuvieran apellido diferente, como pasa en Sicilia? ¿Cómo los convence que don Cosme  los protege  y hasta  lo ayudó a su papá cuando no encontraba trabajo? Si hasta le encomendó una tarea fácil, como eso de ir a ciertos lugares a cobrar  dinero para su padrino y al parecer  lo hacía bien, lástima que algunas veces se tenía que pelear con los que no le querían pagar  y por eso andaba siempre con un revólver en la cintura, claro,  para protegerse. Lo malo fue que un día don Cosme lo acusó a su papá de haberse quedado con un dinero que recaudó, pero era porque se quería volver a su pueblo y juró que se lo devolvería apenas llegara;  pero don Cosme le dijo que la familia se reuniría para imponerle un castigo por traicionarlos. Y si era necesario lo mandaría llamar al tío Giusepe, hermano de su madre,  porque si no tenía el dinero, lo pagaría con otra cosa para que aprendiera la lección. Pero era así. Siempre fue así. En este país también es así con muchos sicilianos. Las deudas se pagan siempre y la traición también. Por eso el zío Giussepe  llegó serio al conventillo esa tarde, lo miró a los ojos, le acarició el pelo y puso sus labios sobre los de él encargándose de que su padre los observara. No era un beso de maricas eso, claro que no. Era un saludo de la familia, un  código, como decía el padrino. Especial, eso es, un beso muy especial. A Carlo, a Rina, a Conce, a don Turi también los habían besado así y pocos días después aparecieron muertos a tiros por la misma casualidad que su papá, por dinero, pero a él no le pasaría lo mismo porque su caso era diferente, sólo se trató de tomar dinero prestado sin avisar, o sea,  de una confusión. Don Cosme no fue a los velatorios pero a todos les mandó una corona carísima que decía "In la pace de Cristo. La Familia". Por eso es una suerte  tener un padrino así de bueno y un tío que viaje desde Italia sólo para darte un beso. Eso iba a contar en la escuela, cuando vaya el año que viene y hable un poco mejor el castellano. Ahora había que pensar cómo relataría esa antigua  costumbre de su pueblo para que no lo creyeran maricón y mucho menos que su tío era un degenerado. Y  ya más tranquilo, se tapó con la  manta raída hasta quedarse dormido,  entre las caricias de su hermana que le cantaba canzonetas de cuna de su tierra siciliana y el sueño de ir a la escuela el año que viene. Cuando se despertara seguramente ya estaría la mama con un caldo caliente para olvidar el susto. Pero no, sería el tío quien vendría a despertarlo. La hermana se aferró a Nicola por intuitiva que era del peligro y al visitante le costó trabajo desprenderle los dedos que abrazaban al niño con desesperación. Quiso llamar a la mama   pero el tío Giusepe le tapó la boca y le hizo señas que saliera fuera de la habitación.

     Nicola se despertó con tanto barullo y saltó de alegría en la cama, al verlo.

-          ¡Zío Giusepe! ¡Zío Giusepe!...Zío… ¿cosa fa?

 

    El disparo quedó ahogado por el grito de la madre que acababa de entrar y nada pudo hacer.

 

     Una semana atrás, aquella tarde en el conventillo, ante la mirada mezquina de la chusma,  el pequeño Nicola había recibido el más amargo e indeseado de los besos, el del aviso y el de la despedida, el del anuncio que la deuda estará saldada, el último, el que sirve de ejemplo para que se sepa qué sucede con los que traicionan a la Familia, el que indica que pagará con su vida los errores de los padres: el beso de la maffia.

                                              ADELA DEL VALLE LÓPEZ 26/05/2010

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