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EL  CUÍNDICHI

     Pierina  Cicchirillo  vino  de Catanzaro  a la Argentina a los 10  años, más o menos, y no sabía lo que era una muñeca ni allá ni acá, porque tenía que trabajar en el campo y en la casa, así que  jugar era algo desconocido para ella. No había tiempo para eso, nunca. Ni allá ni acá. Las niñas pobres que viven en el campo tienen  que levantarse antes que salga el sol, ordeñar la vaca, darle de comer a las gallinas y a los cerdos, ir a la huerta, servir la mesa, lavar platos,  ropa, pisos, criar a los hermanos. Allá y acá. A los  12 la casaron con Francesco Cotugno, hijo de italianos, también campesino pero obrero a destajo, que apenas sabía firmar y enganchaba con toda la fuerza que tenía en los brazos una letra con otra hasta que apareciera su nombre.  A los13,  Pierina   era madre  del primero de sus once hijos e hijas. Los paría, los envolvía en pañales de tela hechos con sábanas viejas, se los cargaba en la espalda y volvía al campo a levantar la cosecha de papas, al lado del marido. Era analfabeta allá y acá y no cedió a las presiones del castellano. No, teniendo en cuenta que los hijos eran de Dios y no de ella, se aferró a su lengua porque era lo único propio que había tenido en su vida así que no se la iban a arrebatar. Por eso,  el que no la entendía en su dialecto, que se jodiera.

 

     De Timbúes o  de por ahí, en la provincia de Santa Fe, se vinieron a la ciudad de Rosario y tanto movimiento a su alrededor la dejó quieta, paralizada de ver tantos autos y tanta gente, tanto ruido y tanto colorinche.  Francesco había perdido el pedacito de campo que tuvieron a fuerza de tanto sacrificio  por firmar  cuanta cosa le ponían delante cuando estaba borracho, y eso que ella se lo había advertido. Como modo de manifestar el desacuerdo con la mudanza decidió hablar menos de lo necesario, o sea, casi nada, porque de por sí andaba callada todo el tiempo ¿de qué iba a conversar si no le entendían y ella tampoco comprendía "la casticha", como le decía al castellano? Los hijos hablaban "en aryentino" igual que el marido y que toda la gente, salvo algunas que empezaba a reconocer como vecinas, sobre todo una que era del mismo pueblo de la añorada Italia. Sin embargo, la evitaba si podía para que no divulgara su único secreto: que era analfabeta allá…y acá también.

 

-         Bon giorno per la matina, Pierina ¿come stá, paisana?

 

-         Bene

 

-         ¿Dove vai con tutti li bambini?

 

-         Al Hospedale di  Caritá

 

-         ¿E il suo marito, come stá?

 

-         Laborando a la fábrica

 

-         ¿E il suo fratello que si ha sposato con la aryentina?

 

-         In Catanzaro

 

-         ¿E la sua coñata?

 

-         E morta

 

-         ¡Ma, Pierina! Si il tuo fratello si ha sposato dúe setimana  atrá ¿come diche que la sua coñata e morta? ¿non ti piacce allora parlare con me, mala vichina?

 

-         ¡Va fangulo!

 

   Y dicho el insulto, la Pierina daba por terminada la charla con la  vecina del barrio  que era chismosa  allá y acá.

    La Argentina era grande y sin embargo, se la vino a encontrar justo enfrente de su casa. ¿Para qué quería tanto detalle de su fratello  y su cuñada? Para comentar con las otras chismosas que el hermano se casó de apuro porque  había dejado preñada a la argentina y si no lo hacía el suegro lo mataba a tiros, por eso la ceremonia fue discreta, para que no se le notara la panza y volvieran al país cuando la criatura ya fuera grande; pero  sospechaba que la charla se desviaría para que la paisana les contara a las otras harpías vecinas de la cuadra que ella  no sabía leer ni escribir, así que era mejor tenerla lejos.

 

     Si le pedían que leyera algo, los precios o la cuenta de la compra, la gringa decía que se había olvidado los anteojos y que los números eran muy chicos; si le preguntaban la hora miraba al cielo y por el sol la calculaba sin fallar aunque estuviese nublado. Por el vuelo de las aves sabía si iba a llover pero decía que lo había leído en el periódico.

 

     En aquel tiempo, allá por 1950, los ómnibus tenían colores diferentes según el número o la letra y recorrían la ciudad compitiendo con los tranvías. Pero la gringa sólo reconocía   un solo ómnibus, el que la llevaba o la traía a su casa:

 

-         El cuíndichi.

 

-         Ah, el 15 - le afirmaba el ocasional pasajero que esperaba junto con ella, en la esquina.

 

-         El cuíndichi- repetía  la gringa elevando el tono de voz como asintiendo que hablaban de lo mismo.

 

-         Bueno, doña, el 15…

 

-         ¡El cuíndichi!- refunfuñaba la Pierina y más apretaba el nudo del pañuelo que llevaba en la cabeza.

 

-         Y sí…el 15…es ese que viene ahí, doña…

 

-         Lo só, tanti grazzie.

 

     Y la tana se subía con la chorrera de hijos que llevaba: en  brazos, de la mano que le quedaba libre y agarrados de sus polleras, con la seguridad plena que estaba tomando el colectivo correcto.

 

-         ¡Ey, señora, los chicos mayores de 5 años pagan boleto!- vociferaba el guarda calculando que se le iban tres sin abonar.

La gringa ni se inmutaba, se encogía de hombros y le decía:

 

-         Scusi, signore, per me que sonno la mamma, sempre sone tutti piccolini… e non capisho la casticha.

 

   Y se abría paso entre los pasajeros en busca de un asiento bien al fondo así no le reclamaban otra vez que pagara los pasajes. Sacaba la teta afuera de la blusa y se prendía el que tenía más cerca para demostrar que todos eran pequeños en edad de mamar, aunque pasaran los cinco años…

 

-         Manya que te fa bene, cuore de mamma- y se la cubría para evitar la mirada curiosa de algún malintencionado que nunca faltaba.

     Cerraba los ojos. Ni quería siquiera imaginar en la fatalidad de tomar un ómnibus equivocado, perdida con sus hijos en esta ciudad tan grande como toda Italia, pensaba, con gente que le indicaría que mirara  los carteles de calles  ¿qué les diría?  ¿Qué no sabía leer en castellano?  Por eso se concentraba cuando lo veía aparecer, porque era el único que reconocía y había memorizado el color y el número, así que para cualquier lado que iba Pierina se tomaba el cuíndichi. ¿Había que ir al centro?  El cuíndichi  ¿a  la casa de la madrina de algún hijo? El cuíndichi  ¿al hospital?  El cuíndichi.

 

     Y así anduvo la tana toda su vida, yendo y viniendo, subiendo y bajando  del cuíndichi, aunque tuviera que caminar sesenta cuadras porque el 15 iba para otro barrio.

 

 

                                   por  ADELA DEL VALLE LOPEZ

 

28/06/2010

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