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Emigración

Emigración

Emigrar es igual a desarraigo
Cía Hamburguesa

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Cª Transatlánti

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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes
Filatelia

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


    Apenas María Amparo  dio la vuelta para retirarse, la nietita de don Grimaldi entró corriendo al inquilinato gritando a más no poder:

-¡Fuoco, fuoco, nonno, fuocco! ¡Si prende fuocco la casa di la siñora!

-¿Qué dice esta niña?- inquirió María Amparo al señor Aguirre que oficiaba de ocasional traductor de italiano.

Su casa, señora, se está prendiendo fuego!

     El horror se dibujó en la cara de la mujer. Pensó  en las velas que había puesto al lado del pesebre, la brisa que seguramente empujó las cortinas del ventanal del balcón que dejó abierto  y no quiso imaginar más.

-¡Mi casa! ¡Ay, Dios mío, ayúdenme, por favor!

     No hubo ni uno solo que al segundo siguiente no estuviera cargando agua en tachos, jarrones, fuentones, ollas, palanganas y todo aquello que sirviera para parar el fuego.

-Usté hagamé caso, doña, quédese ajuera, no quiera dentrar a su casa  que esto es cosa de hombres. Sientesé acá que las mujeres se ocupan de llenar los baldes con agua, tranquila, hagamé caso-  le ordenó como consejo Ramón, el entrerriano, hombre sencillo que trabajaba en el matadero.

     María Amparo se sentó en una silla de paja que le alcanzó  Almudena Abdo, una siria  que no hablaba una sola palabra de castellano  pero que no le soltó sus manos que temblaban de nervios a causa del incendio. Los ojos de la solterona  veían cómo entre todos habían hecho una cadena donde pasaban recipientes con agua desde el conventillo hasta su casa. Los viejos, los niños, las preñadas, nadie faltaba ayudando; dos o tres mujeres se habían quedado  con ella hablándole, calmándola. Habían dejado sus asientos, su comida, su fiesta por apagar el incendio que por descuido y apuro ella misma causó. Todo por pedir silencio para poder dormir…aunque en realidad,  leería en su cama hasta que amaneciera.

      A los veinte minutos entraron los hombres que eran los que tuvieron mayor protagonismo. Cada esposa corrió a abrazar a su marido, cada madre a su hijo, cada vecino a su vecino, cada  crío a su padre. Fue el marido de Almudena el que se adelantó a hablarle, en su media lengua:

-Quedate tranquila, sañora. No basa nada. Brendió fuego cortina y besebre. Tieni que boner cortina nueva y mano da bintura en la bared. Mañana yo binto bared, sañora, tranquila. No cobro nada, sañora, somo vecino.

     María Amparo escuchaba confundida a este hombre que no pronunciaba la "p" y miró a todos los que la rodeaban.

-¿Qué dice este señor que no le entiendo nada de los nervios que tengo?

-Que se quede tranquila, señora, que no pasa nada, nomás que se le prendió fuego la cortina y va a tener que poner una nueva y pintar la pared, que si usted quiere él se la pinta mañana que es feriado y no tiene que ir a trabajar, que no va a cobrarle por su trabajo porque somos vecinos, claro… Ah, y  que el pesebre también se le quemó.

     La señorita Sagastizábal Insúa se tapó la cara con las manos.

-¿Alguien se lastimó?-  preguntó en un hilo de voz.

-El guaje  aquél pero no se preocupe que la correntina lo cura con yerbes y de palabra y le aseguro que ni cicatriz le queda.- dijo el asturiano mientras buscaba una plantita de ruda macho por si la curandera necesitaba.

-Todo por mi culpa, válgame Dios; no,  por favor, mañana quiero que lo vea mi médico y no se discute- se apuró a decir María Amparo.

     La misma nena que había advertido del fuego sorprendió a todos con un comentario:

-Siñora…ma…non che  nesuna persona alla casa súa.

     María Amparo miró a la niña y bajó la cabeza avergonzada. La criatura tenía razón: no había ninguna persona en su casa, ningún invitado de los que había mencionado apenas entró. Desde hacía muchos años no tenía nadie en su mesa navideña, tan solo la compañía de las fotos colgando de la pared. Y  sus plantas.

     Los inquilinos se miraron entre sí y se dieron cuenta de la soledad de la mujer.

-Eh, tú, Bianca, pone cuí  un plato per la siñora y tú, Serafín, sírvele un po de vino ¡prego!- ordenó don Grimaldi

     La niña hizo lugar y María Amparo se acomodó en la mesa con mantel de papeles de colores, ella, que comía con manteles de hilo fino traídos desde Lima. Entre risas le traían empanadas que saboreaba por primera vez, abriendo los ojos por el sabor picante del ají molido. Tocó el plato de loza, grueso, ordinario, tan distinto a los suyos de porcelana inglesa. Ahora que conocía éstos qué fríos parecían los suyos.

-¡Faltan cinco minutos para las doce, a ver, todos con  los vasos de sidra en la mano, vamos, ahí falta que le sirvan a don Raúl, muy bien…y a doña Pierina también, vamos, no importa que tiene noventa años, tiene que brindar igual, vamos, alguien que le sirva una copa de sidra a doña Pierina…No, no, no, los chicos no toman sidra, no…no importa que se hayan portado bien, no…!

     La iglesia daba las campanadas que anunciaban el 25 de diciembre, el nacimiento del Niño Dios, el que quita los pecados del mundo.  Y ahí estaba María Amparo, sin saber cómo, compartiendo esa fiesta con la chusma, como ella solía llamarlos, levantando su copa de vidrio  y brindando con ellos:

-¡Feliz navidad, siñora! ¡Felice natale a tutti cuanti!

     Se besaron y  lloraron, hablando mil lenguas distintas que se mezclaban en los abrazos que duraban siglos.

     Ella contemplaba la escena como si estuviera viendo un cuadro en movimiento lento, casi ajena a lo que sucedía en esa casa, en esa mesa.

     El ferroviario  -que tendría un par de años menos que ella-  la observaba apoyado en la parra. Aún mantenía sus bonitos rasgos, lástima ese rictus de solterona amargada que tenía. Se acercó despacio y se sentó a su lado.

-¿Sabe por qué lloran, doña?

-Porque ha nacido Cristo, supongo.

-No, señora, lloran porque extrañan a su gente, su pueblo, su familia. Muchos no volverán jamás, eso es casi seguro, pero igual sueñan esta noche que un día volverán. En una noche  tan especial como ésta quisieran estar reunidos pero en su patria, con su gente. ¿Ve ese niñito de ahí? Se llama Bruno. Es de Campobaso, Italia. Vino solito en el barco y apenas tiene doce años. Acá lo criamos entre todos, como podemos. ¿Y ve esa muchacha que está poniendo la sidra en la mesa? De Galicia. Venía para trabajar en una casa como sirvienta cama adentro  pero   no fue nadie a esperarla al puerto. Anduvo tres días vagando por la ciudad hasta que encontró este conventillo, por casualidad.  Ahora lava y plancha para gente como usted, de dinero. Mire al hombre que anda con la guitarra en la mano. José. Su esposa es la que está al lado. Son artistas. Ella canta y baila.  Vinieron de Huelva, creo que es un pueblo de Andalucía. Apenas llegaron a la Argentina, en el puerto mismo  les robaron las valijas y los baúles  con su  ropa  y ellos, en vez de tener bronca o de lamentarse, siguen cantando. Se quedaron con lo puesto y la guitarra, pero no bajaron los brazos nunca. ¿Usted piensa que tienen ganas de estar aquí? No, doña, quieren estar en su casa, con los suyos. Todos, hasta los que vienen del interior del país. Todos. Por eso hacemos fiestas y cantamos, para olvidar tanta tristeza ¿me comprende? Yo, sin ir más lejos, vengo de Santa Fe. Me trasladaron porque acá necesitaban maquinistas. En el ferrocarril, me refiero,  maquinistas, bien digo.  Por suerte o por desgracia, soy soltero así que  también se  me hace más difícil vivir en esta ciudad, sin una mujer que me espere cuando llego de trabajar o salir a pasear cuando estoy de franco. Sin embargo, vamos a tener que conversar entre todos para no molestarla con nuestro bochinche cada fin de semana o cuando haya algo que festejar. Y cambiando de tema ¿iba a pasar solita la navidad si no la invitábamos con nosotros?

     Por un momento, María Amparo se ruborizó.

-No, por supuesto que no… bueno, a decir verdad, si. Hace años que lo paso sola. No sólo estas fiestas sino mi cumpleaños también y mi santo, claro está. Igual que usted, por suerte o por desgracia, también soy soltera.

-No será porque le hayan faltado pretendientes, creo yo, dicho con todo respeto.

     La andaluza vino justo a interrumpir el diálogo que de a poquito conseguía  que María Amparo sintiera un cosquilleo en el ombligo, como nunca antes había sentido. No al menos desde  cincuenta años atrás, cuando se  enamoró  del socio de su padre y que había cometido el error de casarse con su mejor amiga. Perdió a los dos, como era de esperarse. Desde entonces se había jurado no querer a nadie nunca más.

-¡Ole, guapa, a ver si cantas conmigo!

-Yo no sé cantar esta música, en serio…bueno, recuerdo una que  cantaba una sirvienta que teníamos en casa, una chica que era de Cádiz, me parece. Era una sevillana corralera, decía ella, un poco pícara…no la chica, la letra de la canción quise decir… a ver si me acuerdo:

             "Alonso, Alonso, mira que te rempujo

              Alonso, Alonso, mira que te rempujo

              Y caes al pozo

              Y no se pudo subir

              Y eso sí que fue trabajo

              Porque yo subí a la cama, salerito,

              Pero él se quedó abajo"

      Reían de la canción mientras dos hermanas  bailaban la sevillana y José hacía bramar sus dedos en la guitarra.

     De a poco se iban retirando a sus habitaciones entre bostezos y borracheras somnolientas cuando eran ya más de las dos de la madrugada.  La saludaron y ella no dejó de agradecer  por la ayuda en el incendio y por haberla invitado a pasar esa inolvidable navidad.

-¿Sabe una cosa, señor Aguirre?

-Llámeme Roberto, por favor

-Bueno, Roberto ¿sabe una cosa? Vine aquí con tanta soberbia que ahora me avergüenzo porque no he recibido más que cariño de todos los que viven acá. Para mí, ustedes eran la chusma, gente bochinchera, ordinaria  y mal educada. Los vi como invasores de esta casa, de la ciudad, del país, como si fueran intrusos, sin entender la pena que traen consigo vengan de donde vengan. O será que yo nunca me fui de acá. O no me animé, no sé. Nunca salí siquiera de mi casa. Por eso, tal vez, no entiendo lo que es dejar la patria. Pensé siempre que eran vagos festejando cualquier cosa  y no entendí que trataban de mitigar la distancia y el desarraigo. Si no hubiera sido por ustedes tal vez ahora no tendría casa.

-No diga eso, doña, que los vecinos somos como de la familia, dicho con todo respeto.

-Estaba pensando en este chico ¿Bruno me dijo que se llama? Mi casa es tan grande que podría acomodarlo en una de las habitaciones, no sé, mandarlo a la escuela, enseñarle a tocar el piano, darle nociones de catecismo, en fin, ser algo así como una madrina. Pobrecito, tan chiquito y solo en este país tan enorme. Y esa muchacha, la galleguita, bueno, yo necesitaría alguien que se ocupe de la limpieza del caserón porque para mí es mucho trajinar. La empleada que tenía murió hace un par de años y por desconfianza no quise contratar otra pero esta chica me parece honesta, así que tendría su habitación, comida y un sueldo.

-Bueno, si sigue así va a dejar el conventillo deshabitado

-No diga eso, que lo digo con la mejor intención.

-Lo sé, señorita Amparo, lo sé, que usted ladra pero no muerde

-¿Que quiere decir con eso?

-Que se hace la mala pero es más buena que el pan usted, dichoso el hombre que la conquiste.

-Mire qué cosas dice, Roberto ¿Quién se va a fijar en mí a esta edad?

-Alguien de su edad, por ejemplo.

-No vaya a pensar que soy tan mayor…

-Lo que pienso es que usted nació esta noche, al menos para mí. Mire que llevo años observándola, buscando cualquier excusa para saludarla y usted me ignoraba  o me esquivaba como al diablo ¿Me permite que la acompañe hasta su casa?

-Pero si vivo al lado…

-No importa, es lo que corresponde hacer a un caballero educado ¿O piensa que porque soy ferroviario no  me enseñaron buenos modales en mi casa?  Y sepa que  para mi es más que un placer…Disculpe, señorita María Amparo ¿puedo tener el honor de visitarla alguna tarde? Con todo respeto se lo digo, no vaya a pensar mal o que soy un confianzudo, digo, para conversar un rato usted y yo, en la vereda.

-¿Conversar sobre qué?

-Y…no sé, del tiempo, de las cosas de mi trabajo, de usted…a lo mejor, hasta me animo y la invito a pasar el fin de año acá otra vez, con nosotros ¿no le gustaría?

-Claro que me gustaría y voy a traer mi flauta traversa. No le digo traer el piano porque es incómodo para trasladarlo.

     Se rieron de la ocurrencia.

-El 31 van a venir unos compañeros de trabajo que cantan danzas tradicionales. A mí me gusta "El cielito"  ¿va a bailarlo conmigo si se lo pido?

-No sé  bailar eso.

- Yo le enseño, no se preocupe.

-Cuando venga a pintar su amigo, véngase con él así me va mostrando cómo es esa danza ¡que le parece?

-¿A las cuatro estaría bien o duerme la siesta? Digo, por el calor que está haciendo.

-Si, Roberto, a las cuatro está bien y a las cinco tomaremos el té ¿qué le parece?

-Delo por hecho, yo traigo los bizcochitos de grasa.

-¿De grasa? Bueno…está bien…ya me iré acostumbrando a las empanadas y los bizcochitos de grasa.

     Se quedaron parados en la puerta de la casa, envueltos en el aroma de las glicinas y la tela quemada. María Amparo  pensaba en esa gente de al lado  que esa noche habían sido más que familia. No bastaba con salvar a Bruno y la galleguita. Miró el frente de su casa y se prometió llamar al escribano apenas pasara el feriado. Creyó que no era justo que su casa se convirtiera en un asilo de curas mientras los del conventillo  vivían amontonados, trabajando todo el día para  pagar por piezas que parecían calabozos: húmedas, oscuras, con las paredes derruídas y muchas  sin ventanas. No era sólo culpa de los inquilinos que la casa estuviera así. Los herederos de Campomanes de la Vega nunca se habían ocupado de mantenerla y sólo les interesaba cobrar los alquileres a fin de mes. Si, estaba segura: iba a poner la casa a nombre de los inquilinos de al lado, que bien se lo merecían por el gesto solidario y humano de esa noche extraña. Eso si,  impondría  algunas condiciones: disponer al año una misa en su nombre para cuando no estuviera en este mundo y obligarlos a tener la casa en condiciones. Por supuesto que eso incluía cuidar de sus plantas y del tilo que estaba frente a la puerta.

     Roberto arrancó unas margaritas que crecían junto  al mismo  árbol y se las obsequió como regalo inesperado de Navidad. Jamás un hombre había tenido un gesto así, espontáneo, con ella. Nunca. Por eso no sabía cómo comportarse ni qué decir. María Amparo miró a un lado y al otro  y luego se le acercó, ante la inquietud romántica del hombre.

-Disculpe mi atrevimiento, Roberto,  pero tengo una duda que sé que no me va a dejar dormir en toda la noche.

     Roberto  estaba casi seguro que le preguntaría si tenía buenas intenciones para con ella como para formalizar algo en un futuro no muy lejano,  porque a decir verdad y pensándolo bien, ya estaban grandes para andar noviando tanto tiempo. Por supuesto que respondería que sus intenciones eran serias y hasta  entrecerró los ojos soñando un beso de María Amparo en esa noche tan especial que se había enamorado de ella  hasta las orejas.

-¡Si, dígame, Amparo, pregúnteme lo que quiera!

-¿Ustedes también tienen invasión de hormigas en las plantas?.

                                                        Adela del Valle

                                                  Rosario 15/112/2010.

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