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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


                            LA MEDALLA DEL CAMARADA IVAN

 

            Se lo había advertido desde la semana pasada, pero dadas las circunstancias la encargada la encaró apenas la mujer terminó de subir las escaleras:

-         Mire, Rosita, a mí me duele más que a usted  decirle esto, pero si no me paga mañana van a tener que dejar la pieza. Ya me dijo el dueño que está cansado de ser paciente con los inquilinos, que al que no le pasa una cosa le pasa la otra y así estamos, y que para él esto es un  negocio y que no están los tiempos para hacer beneficencia. Yo, si fuera por mí y Dios sabe que no miento, la esperaría un poco más, pero qué quiere que le diga, a mí me apura el dueño y usted ya sabe el carácter que tiene cuando se pone firme con una cosa. Fíjese que me hizo poner un cartelito en la puerta cancel que el pago es del 1 al 10 sin excepción y al que no le guste…Y no me diga nada, que ya sé que usted tiene una situación especial, pero dijo el dueño que tampoco puede andar haciéndole contemplaciones a todo el mundo. Así que vea el modo en que pueda juntar ese dinero, querida,  o me voy a ver en la obligación de sacarle sus cosas y cerrar la pieza con candado. Ya le digo, si fuera por mí…

     La muchacha la escuchaba en silencio, con la cabeza baja. Pasaba su dedo índice con fuerza sobre la llave de la puerta como si con ese gesto fuera a aparecer Aladino pidiéndole tres deseos. Uno de ellos sería seguramente  unos pesos para pegar el alquiler de la pieza, de los otros dos se ocuparía después. Asintió con la cabeza dando por enterada a la encargada que había comprendido el mensaje y  se encaminó por la galería hasta su habitación. Entró sigilosa, a oscuras, buscando la silla para poner la bolsa con la ropa para coser que pesaba una barbaridad. Las tiras se le habían incrustado en los dedos hasta dejárselos adormecidos por el peso, y tantas cuadras caminando para ahorrarse el viaje en tranvía habían dejado huella. Encendió la luz de una lámpara en la mesita de noche y se sentó en el borde de la cama. Se quitó los zapatos y cruzó los brazos descansándolos sobre la falda. Por un largo rato se dejó abandonada a la nada. Suspiró. Era hora de preparar la inyección con el calmante y  ni ganas de eso tenía, pero había que hacerlo. Cuando iba a incorporarse una mano huesuda atrapó con fuerza su brazo obligándola a sentarse en el borde de la cama nuevamente.

-         ¿Qué pasa, papá?

-         ¿Usted quien es? - la increpa el hombre que yace cubierto de mantas hasta la nariz.

-         Rosita, papá, Rosita, quédese tranquilo ¿durmió bien?

El hombre la mira, confundido, pero no la suelta.

-         ¿Rosita? ¿y quién es Rosita?

-         Soy su hija, papá ¿otra vez no se acuerda quién soy? No me haga esto, papá, hoy no, por favor, que tengo muchos problemas. Mire todo lo que tengo para coser y entregar mañana y encima me falta planchar el vestido que me dejó la chica del altillo. Parece que por fin va a conocer a la suegra y quiere ir presentable. ¿quiere que le prepare un té y lo tomo con usted, acá, sentada  a su lado? ¿si? ¿O prefiere que lo levante y lo siente a la mesa? Mire que hace un frío…pero si se quiere levantar enciendo el calentador a kerosén así entibia un poco el ambiente y lo abrigo bien.

     Nada. El anciano sigue sin soltarla, los ojos desorbitados, la mente confusa.

-         ¿Dónde está Mariushka? ¿por qué no está acá? ¡Mariushka! ¡Mariushka!

-         No grite, papá, que se van a quejar los vecinos. Pero si ya le dije un montón de veces que mamá no está. Quédese tranquilito, sea bueno.

     La muchacha logra desprenderse de los dedos huesudos del hombre y va a calentar el agua para desinfectar la jeringa y la aguja. En unos días vendrá el médico a revisarlo otra vez y dirá lo mismo: que está hecho un toro, lástima la cabeza que no le está funcionando bien y se pierde, pero que es cuestión de tenerle paciencia. Y vaya que se la tenía…

-         Póngase de costado, papá, no, del otro lado que de ése ya le puse ayer o va a parecer un colador…a ver…así, muy bien ¿le dolió? No, ya sé que no. Le voy a friccionar los pies y a ponerle las medias de lana que ya se las zurcí mientras escuchaba la novela ¿vio que le dije que al final la chica no se iba a casar con el cuñado? Bueno, así terminó el capítulo de hoy, que ella no se casa porque el cuñado se dio cuenta que no estaba enamorada. Lo que pasa es que usted se quedó dormido y se perdió esa parte…papá, no se ría así de mí…no, yo no me voy a casar y lo voy a dejar, no…ya le dije que usted es el único amor de mi vida y deje de reírse de mí  o no le doy esos bizcochos que tanto le gustan.

     Era como un niño al que había que higienizar, darle de comer en la boca y vestirlo. Una apoplejía lo había dejado así años atrás, cuando se puso al frente de la huelga en la fábrica y no se supo nunca si le dio un ataque de presión por el disgusto o si fue el bastonazo en la cabeza  que le dieron los escuadrones cuando se enfrentaron los obreros ese mediodía  del año 55.

     A él ya lo habían catalogado como comunista por el sólo hecho de ser ruso. Así era este país de raro. La cosa que cuando los obreros quisieron cerrar las puertas de la fábrica para que no entrara ningún infiltrado, justo en ese momento al hijo del patrón se le da por convertirse en revolucionario aunque llevaba pantalón corto todavía. El pibe, que no pasaba de los 16 años, se desgañetaba la garganta al grito de "¡muerte a los capitalistas,  viva  la clase obrera!" y sin más se metió en el estrecho espacio que quedaba entre las dos puertas inmensas de la fábrica hasta que se le trabó un pie. Mientras luchaban por cerrar la puerta del todo, los hombres lo agarraban al desgarbado muchacho de donde podían para meterlo adentro y la policía tironeaba para sacarlo por orden del padre. Algunos  desconfiados querían echar al pibe afuera pensando que era una trampa de la patronal y vociferado que si el padre era un explotador  seguro que el hijo lo sería también cuando la heredara sacándole provecho hasta su última gota de sudor. Y meta forcejeo hasta que la puerta cedió para el lado de afuera, situación que aprovecharon los de la policía montada  para ingresar a la fábrica y no parecían hijos de mujer cuando daban con palos y  rebenques a diestra y siniestra. Fue ahí cuando Iván se dio cuenta que el caballo levantaba sus patas y que lo iba a aplastar al burguesito insurgente que yacía en el suelo llorando a moco tendido del susto que tenía  y no lo pensó dos veces. Se le tiró encima y de un empujón lo corrió de la zona de peligro. El padre, que miraba la gresca de sus empleados empezó a gritar que el ruso había intentado matar a su hijo, entonces el que montaba el caballo le dio con el palo en la cabeza y ahí quedó tendido y ensangrentado. Él la sacó barata porque los compañeros se enardecieron aún más y la policía más reprimió la revuelta. Los tiros se escucharon un rato después y ahí se terminó el desorden pero no la huelga, cuando entre muertos y heridos las fuerzas policiales  saciaron sus ganas de justicia, porque como decía el comisario "con tanto zurdo y tanto anarquista este país no va a ir nunca adelante".  El patrón agarró al hijo de una oreja y lo metió en el auto con la amenaza de "ya vas a ver  cómo te dejo el culo cuando lleguemos a casa".

     Desde ahí que Iván quedó lisiado de por vida. Lo echaron como a un perro con sarna de la fábrica y le dijeron que encima tenía que estar agradecido porque no iban a presentar la denuncia por los daños causados siendo que era responsable por ser el delegado de los trabajadores. En esos años Mariushka aún vivía y se ocupó de atenderlo    como buena esposa que era.

     Pero su mujer  nunca se recuperó de una pulmonía que traía importada desde los campos de Rusia, en Riazán, allí cerca de Moscú y en cada invierno húmedo en esta ciudad se acrecentaba su enfermedad. Ni los jarabes ni los tratamientos dieron resultado  y en el inquilinato se rumoreaba que si tal vez se hubiera ido a Córdoba, donde el clima es más seco, a lo mejor se curaba, pero mudarse era caro y acá Rosita ya tenía su clientela fija, porque sin el sueldo de Iván sólo dependían del trabajo de la hija.  Además ya  no soportaría semejante viaje en el estado que estaba. Al invierno siguiente a la pobre Mariushka  la internaron en el Hospital del Centenario y de ahí derechito al cementerio  La Piedad.  Su marido no pudo visitarla ni pudo estar en su entierro, motivo por el cual su mente borró la viudez inesperada, negándose a sí mismo que su abnegada Mariushka  había muerto.  

         Desde que llegaron a Rosario se acobijaron  en el inquilinato y ahora sobrevivían  con lo poco que ganaba la hija cosiendo y planchando ropa o alguna confección de prendas que no llevara mucho detalle. La solterona del fondo siempre decía que a la Rosita nunca le faltaron pretendientes porque era decente y trabajadora,  pero que jamás  quiso dejar al padre y eso demostraba que era buena hija aunque  que al final de cuentas  se le estaban  pasando  los mejores años de su vida y que terminaría como ella, solterona y para vestir santos.

 

     La muchacha encendió la radio mientras preparaba el té; puso el mantelito sobre la mesa y la panerita  con bizcochos, acomodó el almohadón en la silla y se dispuso a levantar al padre de la cama.

-         Rosita, hija ¿Por qué no me contás lo que te pasa?

     Bueno, al menos ahora la había reconocido.

-         Nada, papá, es que me duele la panza desde anoche, a lo mejor algo que comí y no me cayó bien.

-         Sabés que a mí no me podés mentir, Rosita, que te conozco bien  porque soy tu padre, pero si hace noches enteras que no comés nada ¿o te pensás que no me doy cuenta? Así que contame porque hace días y días que te veo nerviosa, que escucho que la encargada te reclama cosas ¿Qué pasa, hijita?

     Rosita estalló en sollozos, agobiada por cargar con tanto peso ella sola. El mundo se le venía encima y la cabeza era un torbellino de pensamientos y de problemas sin salida.

         -Pasa que mañana tengo que pagar el alquiler de la pieza y no junto el dinero, papá, eso pasa. ¿A dónde vamos a ir usted y yo si nos echan del inquilinato?

     Se abrazó a su padre como si fuera una niñita que buscaba refugio y consuelo a tanto agobio. Iván le acariciaba el cabello y le secaba las lágrimas pero la dejaba desahogarse. Después de todo tenía una hija excepcional y daba gracias al cielo por la suerte que tenía. Lástima que Mariushka se fue tan pronto y no la pueda disfrutar. Le levantó el mentón con sus dedos largos y flacos  y la miró sonriendo:

-         ¿Y ese era todo el problema, nenushka? Andá a traerme una  cajita que está arriba del ropero, una roja, de terciopelo, que está envuelta en un pañuelo de tu madre.

     La joven se subió a una silla y deslizó la mano a lo largo de todo el techo del ropero y sólo encontró pelusa,  hasta que se topó con algo. Se bajó y quitándole el polvo que la cubría se la entregó al hombre.

-         Desenvolvela vos que con una mano yo no puedo…muy bien, ahora abrila.

     Una medalla brillante, dorada, con una cintita roja de la cual pendía, se asomaba orgullosa dentro de la caja después de tantos años de oscuridad y anonimato.

-         ¿Te acordás, Rosita, cuando fue la huelga en la fábrica? Bueno, después que el patrón me echó a patadas,  los obreros y algunos rusos comunistas que sabían lo que me había pasado y aunque no me conocían, hicieron una colecta. Éramos  más de cien en  aquella fábrica así que consiguieron bastante dinero. Una tarde se aparecieron por acá. Vos estabas en la escuela, me acuerdo. Tu madre les sirvió café y unas copitas de anís y brindamos por todos los trabajadores, después Igor Solomonoff, Ian Stravinsky, creo que así se llamaba el del sindicato  y un tal Gutiérrez me entregaron esta medalla "para cuando la necesite, don Iván", me dijeron. Mirala, Rosita, es de oro. Oro puro, de 18 quilates. Leé lo que dice, hija.

-         "Al camarada  Iván Petrovsky por su lucha. Sus compañeros de la fábrica. Diciembre de 1955". Papá, no entiendo ¿por qué me da esta medalla ahora?

El anciano la puso en la mano de su hija y cerró sus dedos, como atesorándola.

-         Para que mañana a primera hora vayas al Banco de empeño, hija, y así vas a juntar el dinero para algunos meses de alquiler, después ya veremos cómo se recupera.

-         Pero, papá, esta medalla es un recuerdo suyo, de sus compañeros, mire qué linda que es. No, de ninguna manera.

-         Rosita, no seas caprichosa ahora que sos grande. Si para eso la hicieron de oro, para usarla cuando los tiempos no son buenos, como ahora ¿o te pensás que eran tontos y no sabían que algún día podía necesitarla? Además, hija  ¿de qué me sirve la medalla si no tenemos donde vivir? La medalla es de oro pero los recuerdos no, por eso los tengo en mi corazón que hasta hoy funciona como un reloj…Andá, ponela en tu cartera y mañana te vas al banco a empeñarla y no se discute más ¿está claro, señorita?

     De a poco la mujer se recompuso de tanta emoción vivida porque ni sabía de la existencia de esa medalla y el motivo por el cual su padre la tenía. La llenó de orgullo saber que la lucha de su padre no había quedado en el olvido como ella pensaba y que los compañeros no lo visitaban porque él así lo había pedido, que no quería que lo vieran en ese estado, inspirando pena. Su papá, un tipo tan combativo a la injusticia que padecían los trabajadores, más aún cuando eran inmigrantes,  tenía una medalla que ostentar y que ahora los sacaba de la angustia. Saber que resolvía el problema le abrió el apetito.

-         Siéntese bien, papá, y  no tan cerca del  calentador…aquí le pongo los bizcochos pero no se los coma rápido que después se ahoga

-         ¿Y quien es usted para darme órdenes?

-         Rosita, papá

-         A mí no me diga papá, llámeme camarada, como siempre y sepa que  no está hablando con cualquiera, que yo lo tuve al camarada Lenin a dos pasos, tal  como estamos ahora usted y yo. Hasta me dio la mano y hasta me dijo que era su amigo por aquello  que habíamos hecho para salvarle la vida. Eso fue el año pasado, creo, claro,  fue en 1917, si, 1917, acá en Rusia…

-         Pero ya no estamos en Rusia, papá, estamos en la Argentina y eso fue hace más de  40 años atrás.

-         No me discuta, le dije, y no me llame papá o me va a hacer enojar. ¿Por qué quiere confundirme? ¿Quién la manda a usted a interrogarme?

     Rosita se sonríe y siente una ternura infinita por ese hombre que se le escapa de la realidad a cada rato y sin embargo  aparece como un milagro cuando necesita que sólo sea su padre por un ratito y de ese modo ella siente que la protege y la guía, como cuando era niña. Le pone un saco tejido sobre sus hombros porque ya está haciendo demasiado frío, casi tanto como en los Urales.

-         Tranquilo, camarada…tómese el té que se le va a enfriar.

     La muchacha  acaricia la espalda de su padre, un campesino ruso que escapando llegó a la Argentina, con la Mariushka y una hija en brazos,  del que no conocía algunas cosas y seguramente se llevaría en su memoria confusa. Por un rato lo imaginó como  compañero de Lenin, tal vez por eso tenía fotos con él, por otro rato lo imaginó huyendo de Rusia pero ¿de quien? Lo imaginó en esa revuelta en la fábrica agitando a los obreros, salvándole la vida al mocoso hijo del dueño, que le costó la invalidez de por vida. Lo miró hablar solo, con las sombras, en su idioma,  acompañado de sus fantasmas y sus recuerdos que no eran de oro. Con la única mano que movilizaba, Iván se llevaba a la boca el bizcocho y lo devoraba, como evocando el hambre allá en Rusia, tal vez.                   Rosita se quedaba con un mundo de preguntas sobre ese padre que tenía secretos de su pasado que jamás descubriría.

También se quedaba con la medalla de oro de sus compañeros, para el camarada Iván.

ADELA DEL VALLE LÓPEZ

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