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                   LA NOVIA DEL GENERAL (Parte I)

     Para 1913 ella tiene casi la misma edad que él, que con sólo 19 años ya ostenta el grado de  teniente en una compañía del ejército español asentado en Marruecos desde hacía casi un año. No era agraciado ni en sus gestos  ni en el físico pero así y todo, algo le atraía de ese muchacho que hace gala de su uniforme en cada oportunidad que se le presenta. Se lo había cruzado en el mercado alguna que otra vez y sabía que no le había pasado desapercibida. En el siguiente encuentro ocasional, mientras ella estaba eligiendo unas telas, el joven deslizó  discretamente un papel doblado en cuatro dentro de su bolsillo y se alejó tan sigilosamente como vino.

     Toda una tarde y un día completo le llevó elegir el vestido que se pondría para la cita hasta que se decidió por uno color marrón muy claro que le ceñía el cuerpo, como esas actrices de Hollywood que veía en las tapas de las revistas. Aunque tal vez no quedaría bien lucir de ese modo tan atrevido en el primer encuentro, así que se puso sobre los hombros uno de esos chales que vendía su padre, dueño de una tienda importante en el centro de la ciudad.

     El joven estaba aguardándola desde hacía largo rato y fue nomás verla cuando la sonrisa se le dibujó en la cara. Le besó delicadamente la mano y le entregó un ramo de flores rojas y amarillas; después caminaron lentamente contándole ella de cuando llegó con su familia desde Valladolid, seis años atrás, para instalar un negocio familiar que fue convirtiéndose en  próspero día tras día y cómo fue adaptarse a una cultura tan diferente como la de  Marruecos; contándole él de sus ansias infinitas de llegar a ser general y volver a España, a la que tanto extrañaba pero que ahora podría mitigar esa pena gozando de su agradable compañía.

     Con el permiso de su padre, Francisco comenzó a frecuentarla y en los siguientes meses ya casi que había rumores de boda. La amaba tanto como a la misma España y ella sentía que ese hombre la haría feliz porque se notaba en su mirada que era noble, íntegro en sus convicciones respecto a la familia aunque no  le gustaba demasiado  la  ambición puesta en su carrera militar. Los Valenzuela estaban más que alborozados con el pretendiente, un compatriota como pocos se podía encontrar en ese territorio tan diferente, con una carrera floreciente que prometía un buen pasar para  Pía, lo que se dice el candidato perfecto para posicionarse aún mejor entre su círculo de amistades y negocios. Así que decidieron apresurar el compromiso formal de matrimonio y nada mejor que una urgente recepción íntima. La mesa del comedor principal de la casa, adornada con flores exóticas, estaba servida con la más delicada vajilla inglesa, cubiertos de plata y  mantelería de hilo fino. La cena casi dispuesta, los dueños de casa, ansiosos, como era de esperar. Cenaron y a los brindis Francisco puso en el dedo de  Pía un espléndido anillo de oro que engarzaba un rubí y tres zafiros, sellando de ese modo la formalidad de la relación entre los novios.

     Pero eran tiempos difíciles y la boda tuvo que posponerse. Ya habían pasado tres años y aún no se sabía el destino de Francisco, que aspiraba  regresar a España y establecer allí su hogar.

     La noche del cumpleaños de la joven se haría con todos los festejos. Su padre había contratado una orquesta y un fotógrafo. La casa estaba iluminada; los sirvientes atendiendo los coches que llegaban unos tras otros  trayendo a los invitados; los curiosos de siempre asomaban sus narices para ver lo bien que vivían los pudientes.

      Pía se preocupó por la demora porque sabía de la exagerada  puntualidad de su novio, aunque tenía que reconocer que muchas veces los superiores necesitaban de sus servicios y para él eso era lo más importante  ya que estaba su carrera militar en juego. La muchacha se asomaba ansiosa al ventanal para ver si llegaba o se paseaba delante del teléfono para escuchar si sonaba. Después merodeó el portal un rato largo retorciéndose las manos por la impaciencia mientras el padre justificaba ante los invitados la demora del novio. Hora y media después un alférez de la compañía  vino a darle la noticia inesperada: en una revuelta de moros insurrectos Francisco había sido herido en el bajo vientre pero que se quedara tranquila, que  él mismo le había mandado decir por su intermedio que ya estaba fuera de peligro. Pero no era tan cierto…

     Por más que los padres insistían no consiguieron sacarla del Hospital  donde prácticamente se quedaba todo el día y toda la noche en la sala de espera pues al no ser familiar directo del herido  no podía permanecer en la misma sala dándole cuidados y atenciones; los militares eran sumamente estrictos en ese tema de los formalismos y tratándose de una mujer joven no daría una imagen apropiada de los integrantes del  ejército. El calor intenso de Marruecos  colaboró con el cansancio de la muchacha por tantos días y noches  en vela  y la presión arterial le causó un desvanecimiento que la mandó a un reposo inmediato de al menos cuarenta y ocho horas. Al mismo tiempo que ella descansaba  de su indisposición, el ejército ordenaba el inmediato traslado de su mimado teniente  a un hospital de Oviedo, la capital de Asturias, para su pronta recuperación. Por un error del que jamás nadie se hizo cargo, no le avisaron del viaje sorpresivo y ahí quedó la pobre Pía hecha un mar de lágrimas porque la distancia y la espera entre los que se quieren  tiene la medida exacta del infinito. Esperó sus cartas o un llamado pero en Marruecos todo era difícil, hasta amar en 1916.

 

 

     De Francisco no se supo nada. Su ambición por ascender en el ejército postergó el regreso a Marruecos y de pensar que lo más conveniente sería  verla personalmente fue dejando las cartas para después hasta que  los vaivenes de la vida torcieron el rumbo del destino de ese amor separado por el estrecho de Gibraltar.

 

 

     El joven militar se hospedaba en el "Hotel París" y no perdía oportunidad de pasearse por las calles de Oviedo, en Asturias,  montado en su caballo y luciendo sus galones  de Jefe de la Guarnición. Las alumnas del Colegio de Señoritas se habían alterado ante la presencia de ese candidato tan prometedor, sobre todo  Carmina, que con sólo 15 años lo deslumbró apenas la vio, con sus trenzas negras y poco le importó que fuera más alta que él. Buscó el modo de contactarse con ella y en un almuerzo social, Isabel  -tía de Carmiña-  los presentó formalmente. La jovencita había sido educada por ella misma a la muerte de su madre y luego por gobernantas inglesa y francesa. Francisco entendió que no podía haber elegido mejor en ese ramillete de chicas casamenteras que olían a colonia de gardenias y tenían las manos suaves como pétalos. Casi sin proponérselo, muy  delicadamente Carmiña  había conquistado el corazón del comandante más joven de España.

     Pero no todo fue simple en esa relación que comenzaba a nacer, pues la familia de la muchacha  tenía ideas desencontradas con los militares por abrazar ideológicamente el liberalismo. Como en toda historia de amor, alguien colaboró para que se produjeran los encuentros a escondidas y precisamente fue un hermano del médico de la familia de Carmina, un antiguo  profesor de Francisco en la Academia Militar de Toledo quien oficiaba de Cupido..

     Tres veces se anunció la boda y otras tantas de pospuso. Marruecos necesitaba de su presencia por la campaña y el joven teniente coronel desafío al suegro que no veía con buenos ojos esa relación que iba camino al altar. Don Felipe había enrostrado a las monjas del colegio las cartas que el osado candidato le hacía llegar a escondidas y con la colaboración de anónimos cómplices. Por ese motivo la enamorada demoró un año en convencer a su padre entre lágrimas y promesas para que le permitiera ser su novia formal. Y para octubre de  1923, Francisco y Carmina se casaban en la iglesia de San Juan, en Oviedo, lugar que la había visto nacer,  ante la sonrisa triunfal de la madrina que no era nada más ni nada menos que la madre de Francisco. Con la salida de los novios de la iglesia iba quedando atrás el recuerdo de Pía.

 

 

     Hasta que volvió a cruzarla en Marruecos, donde había sido trasladado apenas se casó.

     Francisco rezaba arrodillado en la vieja iglesia de Melilla. Se persignó y salió de allí con la sensación del deber cumplido. El sol apretaba ese mediodía y aunque no acortaría camino prefirió atravesar el mercado camino a su casa. Se detuvo en el puesto que vendía pulseras de plata repujadas con incrustaciones de jade. Buscaba una para su esposa que sirviera para compensar sus llegadas tarde a la casa. Hasta ese momento  no se había percatado  de su presencia, su mano casi rozando la suya. Cuando se dio cuenta que  Pía estaba a su lado,  un escalofrío recorrió todo el cuerpo del militar en una  mezcla de recuerdos, sorpresa y de una antigua historia de amor que había quedado inconclusa por su culpa. Habían pasado casi ocho años y seguía siendo hermosa pero ahora convertida en una mujer dueña de una mirada fría que le penetró el corazón. Tuvo  miedo  que su flamante esposa anduviera caminando en la cercanía del mercado y lo descubriera en ese estado de alteración que no podía dominar.

-¿Tú? ¿Pero cómo es posible?- murmuraba  Pía mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Puso el  abanico delante de su rostro y lo movía tan rápido como si quisiera borrar todo rastro  de sofoco ante  tamaña sorpresa.

     Francisco la contempló un momento y se quitó la gorra, buscando las palabras apropiadas para salir del mal momento. Pía lo ayudó con su pregunta:

-¿Qué es ese anillo de bodas que tienes en tu mano, Francisco? ¡Dímelo!

-Yo…mi niña, por favor…

-¡No soy tu niña, maldito seas, no soy tu niña! ¡Soy la estúpida humillada  que se quedó esperando una carta tuya todos estos años, una llamada, alguna explicación,  cualquier indicio que me diera la certeza que volverías para casarnos, eso soy! ¡Llevo todo este tiempo sin saber noticias de ti, siendo el hazmerreír de todos porque me dejaste plantada antes de la boda con la excusa de tu traslado!¡Ojalá te hubieras muerto en el hospital, infame! ¡Maldito seas, Francisco, maldito seas mil veces y maldita sea para siempre  la tierra que pises!

     Los gritos y el llanto de la mujer llamaban la atención de quienes pasaban por ahí y lo que menos necesitaba Francisco en ese momento,  ni en ningún otro,  era un escándalo que lo pusiera en evidencia frente a su esposa y lo que era peor, frente a sus soldados y superiores. Tomó del brazo a  Pía y la llevó a un lugar más apartado, en una recova a menos de una cuadra. Cuando los ocasionales curiosos dejaron de espiarlos Francisco la puso contra la pared y le sujetó las manos que ya iban directamente a su cara pero no precisamente para acariciarlo.

-¡Basta, Pía, compórtate y deja de blasfemar! Lo siento, de veras, lo siento, no quise tratarte mal, pero es que pasas de mí, mujer. Quiero que me escuches, que no es como tú piensas. No pude volver, mi amor, tuve que quedarme en Asturias un largo tiempo, estuve en un hospital hasta que me compuse y  ya sabes cómo es esta carrera que sólo sabe de cumplir órdenes y donde todo son obligaciones. Claro que te escribí pero no las enviaron o no te llegaron por las revueltas que pasan siempre en estos lares. ¿O piensas que podría olvidarte tan fácilmente? ¿Crees que fue diferente para mí? Te he extrañado cada día de mi vida, mi niña. Recuerdo una noche que…

     Pía no lo dejó terminar porque soltándose de su brazo le sujetó la mano y le preguntó con los ojos desorbitados, para que él mismo viera la prueba de su propia traición:

-¿Y qué me dices de este anillo de bodas ¿Eh? A ver ¿qué me dices?

-Voy a explicarte pero por favor, no te alteres, que no es como tú crees. Te juro que no fue mi intención ni mi voluntad pero tuve que hacerlo, mi niña, tuve que hacerlo. No puedo ahora darte detalles pero las circunstancias me obligaron a casarme con una mujer que no deseaba para mi vida pero, ya ves, no tuve otra salida. Hay obligaciones, compromisos militares y sociales  que una mujer no puede entender pero que te quede bien en claro que has sido tú y sólo tú la mujer a la que amo, a la que no le escondo nada.

     Hábil como el que más, Francisco la envolvió entre palabras dulces y ella eligió creerle. Después de todo, cuando alguien ha esperado por años al ser amado sin tener la certeza de su vuelta sólo le queda olvidar o no dudar de su mentira así que  lo segundo es más fácil y menos doloroso. Durante meses se encontraron a escondidas donde daban rienda suelta a la pasión y nada importaba que no fuera disfrutar de ese secreto y esa complicidad de amantes clandestinos. Francisco se había vuelto manso entre sus piernas y la seguía como la abeja a la miel. Su esposa, mientras tanto,  se mantenía ocupada intimando con las señoras de otros militares, organizando veladas aburridas y cerrando los oídos a cualquier chisme que viniese de boca de  sus sirvientas, sobre todo, los que hablaban del romance que mantenía su marido con una antigua novia........

 

                                                 (Continuará).

 

                                       Adela del Valle López

                                         Rosario 12/01/2011

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