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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


PARTE II


     Cuando a Francisco le notificaron de su traslado no dudó en proponérselo:

-Cielo, vente a España conmigo.

     Pía tapó su desnudez con la sábana entendiendo que tendrían ahora una conversación en serio, con proyectos, con compromiso, con planes juntos por primera vez en tantos años.

-¿A España? ¿Pero tú estás loco, Francisco? Hombre, piensa un poco en lo que dices. ¿Cómo vas a llevarme a mí estando tu esposa contigo?

    Los ojos de Pía se abrieron de par en par:

- ¿O es que acaso  vas a dejar a tu mujer?

     Francisco se quitó la camisa que acababa de ponerse y se recostó junto a ella. Le gustaba verla con el cabello revuelto y los labios despintados. Paso sus dedos sobre ellos, como dibujándolos, esbozando una sonrisa leve:

-No, mi niña. Si otra fuera mi situación ya estarías hace tiempo conmigo. Pero he jurado ante Dios y eso…tú me entiendes…Oye, mira, podrías vivir en una casa que yo alquilaría, me refiero a un lugar discreto, algo que fuera como un refugio para los dos, lejos de los problemas del ejército,  de la aburrida Carmen y el cotilleo de sus amigas…nada te faltará, te lo aseguro, porque te haré sentir como una reina. Vienen tiempos difíciles y mucho se espera de mí para poner orden en España y habrá momentos en que nada podré hacer si no estás a mi lado, que sin ti no valgo nada porque eres en quien me apoyo, en quien me sostengo cuando las dudas asaltan mi cabeza  ¿qué  dices, mi niña?

     Con semejante propuesta la muchacha se sintió importante en la vida de ese hombre que cada día más salía de las sombras del poder para ser la cara visible del orden político y social de España; pero sobre todo se sintió amada y parte de un plan magistral que Francisco dibujaba incluyéndola. La sábana que cubría su cuerpo se deslizó por completo cuando Pía  se incorporó quedando de rodillas a su lado; lo abrazó tan fuerte como pudo, extasiada de triunfo que aplacó el dolor de tantos años de resentimiento y postergaciones, olvidada por completo del pecado terrible que cometía, despojada de prejuicios y ataduras que ya no le importaban.

-¡Que si, que si, que me voy contigo a España!

     Francisco besó suavemente su vientre, su ombligo y su boca se perdió entre los gemidos de la amada que lo tenía borracho de placer: había perdido en una cama la batalla más simple y tonta de toda su historia.

 

      Carmen, mientras tanto,  persistía en su actitud de no darse por enterada de las andanzas de su marido con las continuas llegadas tarde a la casa o sus ausencias sin justificar, incluso en el último aniversario de bodas. Imponerle condiciones no era lo más acertado para una señora de su clase, bien casada ante Dios y ante los hombres, dedicada por completo al hogar, a la familia  y a la iglesia. Escándalos y escenas de celos eran para las mujeres vulgares y sin educación. Ella elegía el disimulo y pasear sonriente por las calles de Madrid del brazo de su esposo, el general más joven de toda Europa. ¿Podría alguna mujer en toda España tener más orgullo que ese? Se sentía una privilegiada así que  por un comentario o dos  -o mil- no arriesgaría ese bienestar por nada del mundo. Después de todo, el amorío con una querida más o menos no le arruinaría su matrimonio, claro que no. Que tuviera amores en otra cama no le importaba, que después de todo era ella la esposa, la legal, la que tenía una libreta de matrimonio que mostrar, la que lo heredaría si muriese. Cualquier otra sería siempre sólo eso: otra.

     Unos meses después Francisco y Carmina se mudaron a un piso muy amplio en el centro de Zaragoza. Pía también. Pero esta vez los amantes habían elegido una casa en las afueras, en una zona mucho más discreta  de las miradas indeseadas, alejada unos cuantos kilómetros del camino principal. Hasta era difícil ubicarla a simple vista en el paisaje, bien  escondida tras un pequeño monte de encinas; hecha totalmente de piedras y madera, con techo de tejas negras, daba cierto aire de austeridad en su lado exterior, pero dentro de ella el confort y el mobiliario mostraban el buen gusto de quien la había decorado a pedido del general. Los muebles rústicos y las cortinas en colores cálidos daban el toque correcto: sin demasiada simplicidad ni tampoco ostentoso. Dos veces a la semana una joven sordomuda y analfabeta iba a limpiar el caserón, alguien obviamente elegida por Francisco para que no anduviera escuchando  tras las puertas, ni comentando conversaciones privadas ni escribiendo infidencias que pudieran llegar a personas que habrían aprovechado esa información en su contra.

     Cuando el tiempo se lo permitía, Francisco se tomaba dos o tres días y  disfrutaba de largas caminatas con su amada llevándola  de su mano; otras veces elegía quitarle la ropa, hacerle el amor a pleno sol en mitad del campo, o bajo los pinos, libres los dos de gritar su placer a los cuatro vientos, quitando esa mordaza invisible que los condicionaba cuando vivían en la ciudad y todos podían escuchar todo. Todo. Acá no existían los susurros, acá se gemía en voz alta. El siempre había sido un hombre apocado, más bien conservador al momento de los placeres de la carne, pero es que Pía lo trastornaba con sus artes amatorias y le hacía perder la cabeza. ¿Dónde y cómo había aprendido esos secretos que lo tenían comiendo de su mano?  Lo provocaba con juegos donde él siempre perdía, condenado entonces a las imposiciones de la mujer que era quien fijaba sus caprichos de ganadora. Una vez la prenda por perder el juego era vestirlo de obispo y luego hacer el amor en el diminuto corral, entre medio de gallinas y perdices. Y Francisco lo hizo.

    

     Pero al estallar la guerra civil las cosas empezaron a cambiar. Varias veces le habían llamado la atención a Francisco por errores cometidos que de momento eran solucionables y la advertencia venía de los más altos cargos del ejército español, preocupados por su estado emocional y que bien sabían la causa. El hecho que  convocaba a los militares de alto rango era para que se enterase de una vez por todas que se habían puesto demasiadas expectativas en él  como para que ahora un asunto de polleras tirara todo por la borda. La solución al problema no se hizo esperar.

 

     Una helada mañana de enero el coronel Iniesta golpeó a la puerta y al verlo, Pía se sobresaltó. Antes de franquearle el ingreso se aseguró que no hubiese a la vista  ninguna pertenencia de Francisco para no comprometerlo. Hechas las presentaciones lo invitó a pasar aunque él ya tenía un pie adentro. No le aceptó el café que le ofrecía la mucchacha dándole a entender que la visita no era de cortesía ni mucho menos, así que ni le dio tiempo siquiera a llamar a la criada. Pía cruzó el chal sobre su pecho y casi que con la mirada lo obligó a sentarse en el sillón que estaba frente a ella. Iniesta la miró de arriba abajo, jugueteó con sus guantes de cabritilla forrados en piel, se inclinó hacia adelante  y con la seriedad que lo caracterizaba le dijo:

-Voy a ser muy breve, muy claro y muy concreto, señorita. Preste atención porque no me gusta repetir las órdenes…Bien sabe que  España está atravesando momentos muy difíciles que usted misma tiene a la vista. Por dondequiera que camine en este país se topa uno con comunistas, con revolucionarios y traidores a la patria, con la escoria y la inmundicia que hay que quitar urgentemente para retornar a la paz sea como sea.  El general, que bien sabemos es su amante…no, no se sobresalte ni quiera justificarse ni intente negarlo, no es necesario, llevamos tiempo investigando este asunto no por el general sino por usted…Le decía, señorita, que el general  tiene un destino asignado para salvar al país de los sublevados y tanto el ejército como la iglesia no ven con buenos ojos la relación pecaminosa  que mantienen a escondidas porque usted  altera  su ánimo, además de perjudicar su imagen. Digamos que usted lo…a ver…lo desestabiliza, eso es…lo desestabiliza, lo incomoda, lo vuelve inseguro justamente a él… ¿Me comprende? Y eso, supongo que coincidirá conmigo, no es nada bueno ni oportuno, claro está. Por supuesto que a esa situación hay que remediarla porque ya lleva para largo y no parece que vayan a cortar vuestra relación, muy por el contrario. Tampoco podemos -ni puede usted-  correr el riesgo de que quedara…encinta. Imagínese si eso llegara a suceder y apareciera un bastardo en la vida del genera: sería la comidilla en las plazas y los portales, el hazmerreír de la prensa opositora, el payaso frente a jefes de estados extranjeros. Así que no vengo a pedir  en nombre de mis superiores absolutamente nada sino que acudo a esta casa a exigirle que abandone España inmediatamente,  en veinticuatro horas, cuanto mucho, treinta.

     El hombre buscó dentro de su abrigo y puso sobre la mesa  algo semejante a un sobre de papel amarronado. Vació el contenido y lo fue mostrando a Pía.

Aquí tiene usted un  pasaporte, el billete del barco que sale pasado mañana desde el puerto de Cádiz, su documentación en regla y  dinero suficiente como para los primeros tiempos. Dentro de sesenta días se presentará usted en el Banco Español del Río de la Plata en Buenos Aires donde podrá retirar un monto que se le depositará cada mes, rigurosamente. No dejará usted ninguna carta o mensaje para el general ni nada que le informe de su partida o su paradero y mucho menos mencionar mi visita. No tiene que enterarse de nada por lo que le encomiendo la mayor de sus discreciones y evitar cualquier actitud por la cual  llegara a sospechar de su viaje y los motivos. Tampoco podrá escribirle desde Argentina porque sus cartas serán interceptadas. Ah, y ni se le ocurra pisar Marruecos. Nadie ¿me escucha bien? absolutamente, nadie debe saber que usted sale de España ni a donde va, ni dónde ni cuándo ni por qué. Desde este momento usted prepara sus cosas, se va de acá y desaparece sin dejar ningún rastro. Quedarán con usted dos soldados vestidos de civil que le ayudarán con los menesteres y la trasladarán en coche hasta el puerto de Cádiz hasta que suba al barco. En cuanto al general se le ha encomendado una tarea importante en un regimiento cerca de Asturias así que estará alejado de Zaragoza algunos días…Bien, creo que eso es todo… De lo demás nos encargaremos nosotros. ¿Le ha quedado claro, señorita?... ¿Señorita?

     La muchacha no podía ni respirar por el susto y lo extraño de la situación. Se quitó el chal que cubría  su pecho porque la sangre le hervía en las venas por la impotencia  y bajó la cabeza, sintiéndose humillada por ese hombre robusto que hablaba de su historia de amor como si se tratara de una negociación de Estado. Arqueó su espalda sintiendo que cargaba sobre sus hombros el destino de Francisco y de toda España. Sin saber cómo se animó a preguntar al comandante, en una arriesgada mezcla de  dudas y desafío, en un atisbo de cambiar su destino que dependía ahora de ese intransigente coronel:

-¿Y si no lo hago, qué?

     El hombre se puso de pie  y le clavó la mirada. Impávido se preguntaba a sí mismo qué encantos eran los que seducían a su general porque a simple vista era una mujer  del montón, una simple arrimada con ínfulas de señora, una trepadora, una arrogante que se revolcaba en una cama ante los ojos de Dios sin importarle que estaba bien casado y que era padre de familia. Sintió tanto asco como desprecio por esa mujerzuela que estaba allí, inquiriéndole por su  suerte, demostrando a pesar de todo la influencia que tenía sobre Francisco.

-En ese caso pues no nos quedará otro remedio que…solucionarlo  de otra manera, siempre en buenos términos, por supuesto-  dijo el coronel llevando su mano a la cartuchera que portaba la pistola. No tiene idea usted lo fácil que es ponerle  a los indeseables unos cuantos panfletos de esos rojos de mierda y llevarlos a la cárcel. Usted, esta vez, elige. Buenos días.

     Dicho esto, se dirigió a la puerta e inmediatamente ingresaron los dos soldados vestidos de calle trayendo baúles donde cargaron  sus vestidos, su álbum de fotos, algunos libros y todo aquello que en un hilo de voz Pía les iba indicando. La seguían con la mirada, la controlaban y fue imposible dejarle al menos unas líneas para explicarle a Francisco por que no estaba esperándolo en la casa.

                                (Continuará......)

                                                              ADELA DEL VALLE LÓPEZ

                                                                  Rosario, 24/01/2011

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