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Emigración

Emigración

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Cía Hamburguesa

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Cª Transatlánti

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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes
Filatelia

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


PARTE III


Buenos Aires la enamoró apenas bajó del barco.


El bullicio del puerto se acomoda ufano en sus oídos y los pregones de "café, café, calentito el café" se mezclan con saludos de lenguas desconocidas para ella, en gritos de bienvenida y de despedida, en ofertas de trabajo ahí mismo para hombrear bolsas con paga al final de la jornada. Pía se queda extasiada de ver tanto movimiento. La gente se choca al caminar, se apura, se detiene, se asusta, se anima y vuelve a andar con pasos seguros en medio de tanta confusión. Los barcos amarrados devoran toneladas de trigo que sale para el mundo y vomitan inmigrantes que vienen a cargar esas bolsas que lo transportan o a sembrar ese mismo trigo que irá a los países de donde ellos vinieron, y que en forma de pan llegará a las bocas de los que dejaron para intentar en America mejor suerte.


La humedad de Buenos Aires se le pega a la ropa y la acaricia con aroma de madreselvas en flor. Un chico de unos ocho años le pregunta si necesita un taxi y a los pocos minutos aparece corriendo por la calle, descalzo y vestido con harapos, guiando el coche hasta donde está parada junto a su bagaje, que no es pequeño. Por suerte para ella el general Iniesta había dado la orden a sus soldados que se le permitiera llevar todo lo que quisiera; ahora no estaba tan segura si cargar con ello era una ventaja o no porque sería difícil encontrar un lugar a su gusto donde cupieran todas sus cosas pero por otro lado, estar bien vestida y perfumada con alguna que otra alhaja que también le comprara Francisco, le serviría para demostrar que no era una muerta de hambre como más de una que había visto caminando por ahí o bajando de los barcos. Le dio una propina al niño que se quedó mirando esas moneditas extrañas que tal vez ni valor tendrían en Buenos Aires.


El taxi la llevó directamente del puerto a un hotel familiar en la zona de Palermo que le habían recomendado unos compañeros de viaje. Dejó los tres baúles y las maletas en un rincón de la amplia habitación y sólo guardó en el ropero lo que llevaba en el bolso de mano que significaba alguna muda de ropa interior, un vestido celeste pastel, un saco tejido y un par de zapatos de taco bajo. Se bañó, se puso un camisón, la crema para las manos y colocó la foto de Francisco debajo de la almohada. Lloró toda la noche pensando en lo que habría sentido su amado general cuando llegó a la casa y no la encontró ni tampoco sus cosas. ¿Qué habría pensado? ¿Que no lo quería mas, que se había aburrido de él? ¿Echaría de menos su guisado de cordero? ¿Habría dormido en la cama pensando en ella? Jamás sabría sus respuestas. Recién al alba, entre el cansancio del viaje y el dolor en su alma, consiguió dormirse.


Una semana después Pía subía las interminables escaleras de una casa de inquilinato en pleno centro donde ofrecían una habitación con baño privado y cocina a compartir. Para lo poco que ella gustaba de cocinar supuso que era suficiente. La encargada caminaba delante de ella haciendo una breve síntesis de las personas que vivían allí a medida que pasaba delante de cada habitación, luego le indicó las normas de convivencia -que nadie cumplía por lo que se veía a simple vista- y lo referente al pago del alquiler al que se sumaba un extra por el uso de la plancha, la estufa eléctrica y la radio. Ahora lo importante para ella era no gastar demasiado hasta que se acomodara su situación en la Argentina, pensó, y también en que debía volver al Banco para averiguar si ya estaba hecho el depósito en su cuenta como le había prometido Iniesta. A primera hora de mañana se ocuparía de todo eso. Se concentró en lo que venía a buscar teniendo bien en claro que este domicilio sería por un corto tiempo; después se ocuparía de buscar algo más adecuado a su futuro nivel de vida, que no estaba ella como para soportar a esa chusma que la espiaba detrás de las persianas.


El angosto pasillo por el que transitaban desembocaba en un pequeño patio donde había dos habitaciones enfrentadas. La encargada sacó del bolsillo de su vestido una arandela con un manojo de llaves, eligió una cualquiera y abrió la puerta de dos hojas de par en par.


La habitación tenía tiempo de estar cerrada, oscura y silenciosa como un panteón; el olor a humedad le provocó a la muchacha un malestar en el estómago y se llevó la mano a la boca.


-¿Se siente bien?- le preguntó preocupada la encargada.


-Perdón…si... no…es que estuve caminando toda la mañana y aún no he desayunado, ya se me va a pasar, a lo mejor es el calor húmedo de acá al que no me acostumbro todavía. Gracias de todos modos, señora, muy atenta.


-Usted no es de acá, digo, que no es argentina...por el acento me refiero. Mi padrino de casamiento era español, de Ciudad Real. Usted también es española ¿no?


-Si, de Valladolid. ¿Sabe de algún lugar donde puedo conseguir muebles usados por aquí cerca? Me refiero a una mesa, sillas, algún perchero, una mesita de noche, vamos, lo elemental porque no estaré mucho tiempo aquí, no me refiero a la ciudad sino a esta casa y no lo tome a mal, que me gusta, pero es que tal vez elija otro barrio donde instalar un negocio con vivienda, claro… Ah, y si fuera tan gentil de indicarme alguna tienda donde comprar jabones de tocador, ropa de cama, manteles, vajilla y…yo…yo… ¡oh, por Dios!...


Pía quiso sujetarse de algo, aferrarse al brazo gordo y fofo de la encargada pero cayó al suelo como una pluma al viento a la que se le cuelga un ancla. Varias vecinas la socorrieron alcanzándole vasos con agua fresca y haciéndole oler frascos con colonia y alcanfor. Cuando volvió en sí las mujeres le reclamaron que fuera al hospital porque se la veía de mal talante.


De no haber sido porque el hecho se repitió cuatro o cinco veces en la semana, habría olvidado el asunto. En medio de los preparativos para trasladarse por fin del hotel al inquilinato apenas le llevaran los muebles que había comprado a buen precio, el malestar le complicaba los planes; pero no solucionarlo lo complicaría más aún. Fue entonces que decidió ir al Hospital y esperar a que le recetaran píldoras para la digestión, unas cuantas vitaminas y tal vez algo que la ayudara a dormir mejor, aunque estaba segura que para eso no necesitaba medicamentos sino saber de Francisco. Leía una revista de modas cuando la monja la llamó:


-Pase, hija, el doctor ya la va a atender.


El médico la revisó con cuidado, le preguntó sobre sus hábitos, su alimentación y si había tenido contacto con alguien que supusiera hubiese estado descompuesto o infectado en el barco. Le explicó que era casi habitual que los que viajaban ya enfermos soportaban como podían sus dolores y malestares porque de saberse no serían admitidos en la Argentina: para ellos estaba restringido el porvenir, impedidos ya de intentar mejor suerte en cualquiera de los dos mundos. Cualquiera sabía que a fines del '30 el país repelía refugiados políticos, activistas obreros, simpatizantes comunistas y enfermos. Acá se precisaba gente joven con ganas de trabajar y procrear para poblar, gente sana física y mental.


Delicadamente el médico palpaba con sus dedos los ganglios ubicados entre la base del maxilar y el nacimiento del cuello hasta llegar a las orejas. Quitó el termómetro de su boca y le indicó que podía vestirse.

-¿Es algo grave, doctor?- preguntó abrochándose la blusa.


-No, señora, quédese tranquila, aparentemente no es grave pero sí de cuidado. Por ahora no le recetaré ningún medicamento sino que le voy a ordenar una serie de análisis para confirmar mi diagnóstico. En fin, esos episodios que ha tenido en estos últimos días son típicos y no es de preocupar. Por lo general, aunque con esto no quiero decir siempre, suele suceder en los primeros meses de embarazo. Ya le digo, los análisis son para confirmar mis suposiciones pero al tacto podría decirle que está usted ya en el tercer mes, poco menos.


Pía siguió sentada en la camilla, viajando en el limbo. ¿Un hijo? Ni había tenido en cuenta sus fechas de la regla entre la intimación a dejar España, el viaje, la mudanza, las cartas a la familia en Marruecos, la tristeza. ¿Qué haría ahora en esa ciudad tan parecida a Madrid que le devoraba la suela de los zapatos caminándola todos los días en busca de trabajo? ¿Cómo se lo diría a Francisco, allá, tan lejos? ¿Se lo diría? No. Seguramente interceptarían su carta. O sea que…


-Señora…señora… ¿está usted bien?- le inquirió el médico.


La voz la sacó de su ausencia temporal.


-Apenas tenga los análisis vendré a la consulta nuevamente, doctor, muchas gracias, tenga usted buenos días.



España era un hervidero donde lo más conveniente para sobrevivir era cerrar la boca, abrir los oídos y apurar el paso.


Francisco volvió del norte, el sector más agitado, y fue directamente a su paraíso, como él solía llamar a la casa que alquilaba con Pía. Minutos antes de descender del coche tuvo una rara sensación que no pudo explicarse, como si algo anduviera mal. "Bochorno", como se llamaba el perro labrador que le había obsequiado un ministro alemán, que siempre salía a recibirlo entre ladridos y exagerados olfateos ni siquiera apareció. Le extrañó que Pía no estuviera ya en la puerta, sonriente de verlo llegar; por el contrario, encontró un silencio inesperado que lo confundieron más y más a medida que avanzaba por el sendero que llevaba a la casa. Era muy raro que estuviera todo cerrado con llaves, cadenas y candados, muy raro. Pía no acostumbraba a hacer eso jamás. Francisco ingresó por una disimulada puerta que había del otro lado de la casa que era el ingreso del personal de servicio y de proveedores y de la cual tenía la llave. No había leños en la chimenea ni chocolate caliente servido en la mesa.


-¡Pía! ¡Pía! ¿Estás en casa?


La única respuesta fue un largo silencio que lo aturdía. Se fue quitando despacio el abrigo y los guantes mientras recorría la sala encendiendo las luces. Como un rayo lo asaltó la idea que pudiera haberle sucedido algún desmayo pero era imposible estando la puerta cerrada por fuera. Se tranquilizó unos segundos porque después, a medida que la recorría, la casa entonces le parecía una cárcel. Subió rápido las escaleras y entró al dormitorio, abrió el ropero y los cajones: vacíos pero aún oliendo a hojitas de lavanda. Ni su ropa ni sus baúles ni nada que le pertenecía estaban en su lugar.


-¡Pía! ¿Dónde estás? ¡Pía!


Sus gritos llamándola se escucharon hasta en el olivar vecino.


Ya caía la noche cuando Francisco seguía aferrado a la almohada, el único objeto que aún conservaba el aroma de su cuerpo. ¿Por qué se habría marchado sin decirle nada? ¿Por qué no le avisaron los amigos más cercanos que conocían de esa relación clandestina, que ella ya no estaba? ¿Qué había hecho mal para que lo abandonara sin siquiera una carta? Tal vez Iniesta tenía razón cuando se le soltaba la lengua con el coñac y en tren de confianzas le decía que la muchacha se cansaría de ser siempre una querida, sin papeles ni iglesia, que seguramente querría tener hijos que él no podría darle, que no se conformaría con quedar eternamente en las sombras, envejeciendo sola y que era probable que ya tendría algún galán que la estuviera merodeando. La única explicación lógica a esa fuga era esa: lo había abandonado cansada de ser su amante y enamorada de otro hombre que le ofrecería lo que no podía darle. ¡Qué mala y qué injusta había sido, entonces!


-Se fue…mi niña se fue…se fue- sollozaba.


Era la madrugada y Francisco seguía abrazado a la almohada, tembloroso como un niño abandonado en un bosque. De pronto, se incorporó y sintió un miedo terrible cuando se dio cuenta que estaba completamente solo.

La habitación del inquilinato olía a pintura fresca y vomitó echándole la culpa a eso. Por suerte para ella la encargada ya había recibido y acomodado los muebles que no eran de estilo pero se los notaba bien cuidados, hasta el colchón y la almohada con la lana recién cardados. Se quitó los zapatos y se recostó intentando dormir un rato, tratando de no pensar en nada, pero era imposible. Se encaminó a la cocina general a calentar el agua para un té de tilo. Alguien había dejado restos de comida y platos sin lavar en la pileta de fregar y toda la escena en sí le provocó un tremendo desagrado; las ganas de tomar algo caliente se le fueron por el asco que sintió. No estaba habituada a compartir lugares tan íntimos pero por lo pronto tendría que acostumbrarse. Volvió a su habitación, se metió en el baño para refrescarse la cara, abrió la canilla y haciendo como un cuenco con sus manos dejó que se llenara y hundió la cabeza en ellas. El agua fresca la reconfortó en algo. Se miró al espejo y notó que su físico había cambiado: su piel estaba distinta, sus labios tan hinchados como sus pies, los senos a punto de salir de su blusa ¿cómo no se había dado cuenta antes? Llevó sus manos a la cintura y notó que la había perdido sin enterarse, tal vez por eso le costaba trabajo cerrar los botones de su vestido. Si Francisco la viera…


¡Cuánto lo extrañaba en su alma y en su cuerpo, pero sobre todo cuánto lo necesitaba! Estaba sola, aturdida, extrañándolo, contando la verdad a medias en las cartas que remitía a su familia en Marruecos. Si hasta ahora no había conseguido un trabajo a su altura pues con la panza le sería más difícil. Algo tenía que hacer y rápido porque el dinero que había acordado con los militares ya no sería suficiente cuando naciera la criatura. Claro, un crío trae gastos, imprevistos, necesidades y su hijo no pasaría ninguna, tanto menos con el padre que tenía. Tomó una lapicera y se puso a escribir una carta al Coronel Iniesta: o le proporcionaban mensualmente la suma que pedía o recurriría a la prensa argentina para anoticiar al mundo que esperaba un hijo del general de España.


La respuesta no se hizo esperar. Su cuenta de ahorros se transformó en pródiga en poco más de sesenta días y cuando entraba al octavo mes de embarazo Pía inauguraba su propia boutique en una afamada avenida porteña con lo más selecto de la moda femenina en alta costura, perfumes importados, zapatos, carteras, sombreros y bijouterie finísima que poco tenía que envidiar a cualquier alhaja.


Dos años antes que terminara la guerra civil en España un compatriota le había arrendado ese local tan precioso al que había decorado en estilo francés; el haber estado en el negocio de telas de su padre le permitió distinguir la mercadería de calidad y de buen gusto, por tanto en poco tiempo se convirtió en el lugar de preferencia y de referencia visitado por las mujeres más elegantes de Buenos Aires. Ya para 1940 la "Maison Le petit París" se había ganado un espacio tanto en el ambiente comercial como en el cultural pues con mucho atino Pía supo congeniar desfiles de sus prendas y accesorios con exposiciones de cuadros de renombrados pintores. Al inicio de 1946 ya se vinculaba con altos políticos, banqueros, industriales y artistas destacados de todos los ámbitos. De ser la mujercita echada a empujones de su patria se había convertido, en la Argentina, en Madame Perrot, sin el pasado pecaminoso que arrastraba era ahora una empresaria, un buen partido para cualquier casamentero de mediana fortuna. Pero su corazón se había cerrado para siempre añorando a Francisco de quien seguía sus pasos a través de la prensa y los noticieros en el cine. Fue en uno de ésos cuando entendió por qué los que estaban en rangos superiores a él se la quisieron sacar de encima. O mejor dicho, encima de Francisco. Ellos lo necesitaban turbio, duro, sin una sola gota de amor, sin sueños, sin planes pequeños. Y la jugada les salió más que bien pero no así al pueblo. Se estremeció recordando aquella vez que se reencontraron en Marruecos y ella le deseó que fuera maldita la tierra que pisara. Jamás pensó Pía que su amado Francisco pisaría siempre tierra española.


Una noche, al llegar del cine, estuvo un rato muy largo bajo la ducha, dejando correr el agua como si con eso lavara la sangre de tanta gente inocente; como si con eso se quitara el hedor de las cárceles atestadas de revolucionarios; como si con eso se limpiaran las mejillas llorosas de los huérfanos de la Inclusa; como si con eso pusiera nombres a las cruces puestas en los huecos de la tierra que se había tragado a los testigos de tanta tragedia. ¿En quién se había convertido Francisco que no lo reconocía? Si él supiera que acá tenía una familia…De pronto recordó cuando nació María Manuela en medio de esa aventura comercial en la que se había embarcado, sola en un país tan lejos de España, haciéndose mujer de golpe, sin hombre a su lado que la sostuviera en las caídas que no fueron pocas.


Justamente fue Jacqueline quien se hizo cargo de la boutique cuando Pía dio a luz a una niña de casi cuatro kilos nacida con cesárea por semejante tamaño. Era obvio que su regreso al negocio se demoró más de lo planeado; pero la francesita tenía una sonrisa y un arte para vender que le venía en la sangre, como se decía a sí misma. Y era así, tal cual como cuando llegó a la Argentina entusiasmada con vender sus cuadros, óleos y acuarelas pintados por ella misma. Pero eran tan comunes e inexpresivas que no se las compró nadie ni siquiera por lástima; entonces se gastó todos sus ahorros empeñada en sobrevivir porque de lo contrario, tendría que volverse a Remi con las manos vacías y un fracaso en la maleta. Por eso cuando ya no tuvo nada para vender ofertó su cuerpo en un cabaret de mediana categoría cerca del puerto de Buenos Aires. Clientes no le faltaban a la chica pero no era su oficio así que hasta ésos se iban descontentos en medio de quejas ante el dueño del local hasta que acabó por pedirle que no fuera más o lo llevaría directo a la ruina.


En el inquilinato no la miraban con buenos ojos y más bien no tenía ni con quién hablar. Pero cuando llegó Pía cualquier excusa era buena para invitarla a su pieza a escuchar un ratito la radio o a compartir un café. De ser las dos inmigrantes de la Europa convulsionada fue que la amistad las envolvió en una confianza mutua hasta volverla tan sólida como la Torre Eiffel. Jacqueline, aunque más joven, orientaba a la madre primeriza porque se había pasado su corta vida criando hermanos así que le ganaba en experiencia.


María Manuela fue como una sobrina caída del cielo, un ángel al que bañaba, daba de comer y hacía dormir mientras su madre atendía la boutique. Volvía del cabaret de madrugada pero apenas escuchaba que Pía se levantaba para ir a trabajar le alcanzaba un mate y se aprontaba a cuidar de la beba y cuando la echaron del cabaret ni lo notó porque se pasaba las noches cuidando a la niña que había contraído crup. Ante la imposibilidad de pagar su habitación Pía le hizo lugar en la suya que era la mar de amplia y ventilada, "que una mano lava la otra y las dos lavan la cara, guapa" le decía sonriendo mientras ponía un colchoncito en el suelo para que descansara. Sin embargo, la francesita Jacqueline se escapaba a cualquier boliche en la primera ocasión que encontraba a buscar algún cliente que le arrimara unos pesos "pogque no sólo de amog se vive, mon amour".


Apenas las cosas en la boutique se encaminaron sin que quedara ninguna cuenta pendiente de pago, Pía quiso recompensar a su amiga sacándola de la noche y de ese burdel recién inaugurado que habían puesto en la esquina del inquilinato donde apenas sacaba algún dinero para ahorrar. Bien orientada, pensó que para atender un negocio vinculado a la moda nada venía mejor que una francesa, dándole así un toque glamoroso y adecuado al tipo de comercio. A sugerencia de Pía la muchacha se cortó el cabello, se lo tiñó de un discreto marrón glasé y ya no necesitó los escotes y la boca pintada de rojo. Allí nadie la reconocería y si por mala suerte una clienta venía con su marido, que a su vez había sido o era su cliente, seguro que él no lo comentaría a nadie o se pondría en evidencia. Su vestuario se tornó discreto y elegante, que destacaba aún más su figura alta y estilizada. Usó gafas de aumento a causa de una antigua miopía y se cambió su nombre por el de madamoiselle Renée. Al año y tres meses o poco más, cuando María Manuela daba sus primeros pasos, ya se habían mudado a un coqueto departamento de tres habitaciones y una de servicio para la chica que se ocuparía de los quehaceres domésticos y de cuidar la criatura.

Todo marchaba sobre ruedas.

                               (Continuará........).

                                Adela del Valle López

                                Rosario 7/02/2011

 

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