Autor de la página web

Autor de la página web

http://www.alta-en-buscadores.biz" target="_blank" >Posicionamiento natural en Google  

 

mapamundi.jpg
Emigración

Emigración

Emigrar es igual a desarraigo
Cía Hamburguesa

Cía Hamburguesa

Cª Transatlánti

Cª Transatlánti

Buenos Aires

Buenos Aires

Hotel de Inmigrantes
Filatelia

Filatelia

Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


 

PARTE IV

     Con los años Jacqueline o madamoiselle Renée, como se hacía llamar desde que había dejado la mala vida, no sólo fue su empleada y  confidente amiga sino el puntal donde se apoyaba  Pía para todos sus proyectos. El negocio se había hecho muy conocido y tuvo que ampliarlo para satisfacer las necesidades de la selecta clientela. Cualquier mujer adinerada del país viajaba a Buenos Aires sólo para visitar el lugar y comprar aunque fuese un prendedor o un pañuelo de cuello para contárselo a sus amistades, dándose lustre con la adquisición y más aún si comentaba que había sido atendida personalmente por Madame Perrot. A tal punto era el prestigio de la "Maisson Le petit Paris".

     El mismo director del Banco, un discreto cliente que adquiría en la boutique todo capricho que se le antojara a su complaciente  secretaria, le ofreció un crédito hipotecario con el que financió la compra de la casona que estaba al lado del negocio. Pía, entonces, habilitó la amplia planta baja para el comercio y la alta para vivir las dos mujeres con la niña. En los altillos viviría la empleada de la casa. Como no era la intención perder clientela menos adinerada y aprovechando que la dirección ya era conocida por casi todos, el local anterior quedó reservado para la clase media, que gracias a los estímulos del gobierno podía comprar a crédito atuendos de calidad pagándolos en varias cuotas mensuales. Fue necesario, entonces, mantener el nombre original para la casona y cambiar el nombre del local pequeño a "Le Rouge" como estrategia para no perder la clientela sofisticada que no quería mezclarse ni cruzarse con esa chusma asalariada que pretendía imitarlos hasta en los lugares donde adquirir sus excentricidades. No había pasado jamás en el país que la esposa del patrón llevara el mismo vestido que la esposa del peón. Y ahora venía este Juan Domingo de tres al cuarto a querer ponerlos a la misma altura ¿A quién se le podría ocurrir semejante locura? La oligarquía bramaba reclamando sus espacios de poder, ahora sesgados, y también los lugares de encuentro para su actividad social tan necesaria a la cultura del país, que después de todo, ellos -decían- eran y lo habían sido desde siempre, la base fundamental en el desarrollo económico de la nación, así que las casas de moda para la alcurnia se habían convertido  más bien en un tesoro de propiedad indeclinable, un bastión que no cederían fácilmente a los trabajadores. Ergo, la "Maison Le Petit Paris" les pertenecía por derecho propio.

     Un mediodía que ya habían cerrado la boutique  y se disponían a  almorzar, tocaron el timbre. A través de las cortinas de organza color té Jacqueline observaba a una mujer rubia, de cabello recogido y lentes de sol que aguardaba a que le abrieran. La francesa empezó a saltar y a dar gritos que alarmaron a  Pía, dispuesta a servir el plato de su hija.

-¡Mon Dieu! ¡Mon Dieu!  Pia, me tiemblan las piegnas… ¡Miga quién viene   a la boutique!

      Pía caminó apurada  hacia la puerta preguntándole insistente:

-¿Pero quién es que estás tan alborotada, mujer?

-¡Mígala bien, amiga, estoy seguga que es ella…es  Eva Pegón!... ¡Evita!

     La francesita no podía hablar ni respirar entre la emoción, la sorpresa y saberse autora del descubrimiento de la primera dama, la mujer tan amada como odiada por los argentinos, la jefa espiritual de la nación, la abanderada de los humildes.

- ¿Tú estás segura? ¿Eva Perón en mi boutique? ¡Dios santo, no lo puedo creer! Ramona, ocúpese de darle de comer a la niña y no quiero ser molestada por un rato largo ¿me entendió? Y tú, María Manuela, almuerzas en el mayor de los silencios y luego te vienes a saludar a la señora cuando yo te llame…ah, y saludas con una reverencia, que es nada más y nada menos que la esposa del presidente de la nación.

     Se  acomodaron el cabello, la ropa y el porte mirándose una en los ojos de la otra como si fueran espejos invisibles a los ojos de los demás y se apresuraron a abrir la puerta e invitarla a pasar.

-Adelante, señora, por favor, por favor, pase usted, adelante…realmente es un honor recibirla en mi casa…póngase cómoda…Dios, si me parece que estoy soñando…la mismísima Evita  aquí, qué va… ¡Ramona, ven a tomar los abrigos de estas personas, por favor!

     Aunque la esposa del presidente Juan Domingo Perón tenía su propio modisto no había podido resistir la tentación de conocer el lugar tan comentado por sus amigas actrices. Se quitó la estola de piel y los guantes y se sentó en el sofá de terciopelo color verde musgo.  Por más de una hora estuvieron charlando y tomando café. Hablaron de política, de los planes de Perón, de sus adversarios y también de modas. La única que almorzó ese mediodía fue la niña. ¿Quién podía pensar en comer con semejante visita? Evita le compró un sombrero en color tostado con tres plumas de faisán negro que engarzaban a un costado, dos pares de guantes de cabritilla, una polvera de cuero de víbora, un chal de seda chino en color blanco suave con rosas en tonos naranja y tres vestidos de fiesta a cual más imponente. Uno de ellos sería para presentarse en la recepción que le darían en España en un par de meses según acababa de comentar.

     A Pía le dio un vuelco el corazón.

-Disculpe mi atrevimiento, señora, pero seguramente usted tendrá el honor de saludar al general cuando llegue a Madrid.

-Así es, madame Perrot. Iré a su tierra en pocos días más. ¿Por qué me lo pregunta? ¿qué pasa? ¿Necesita algo y no se anima a pedírmelo? Me lo imagino, siempre me sucede lo mismo  y sé que no es fácil porque a decir verdad hay muchos aprovechados pero no es su caso. Mire, le propongo una cosa: haga de cuenta que soy su mejor amiga, que nos conocemos desde hace años; vamos, anímese, que soy tan sencilla como usted aunque a simple vista no lo parezca… y algo me dice que a usted algo la atormenta. Hable.

      Pía se puso de pie, encendió un cigarrillo en su larga boquilla y exhaló un humo azulado. Por un instante dudó si confesarse ante esa mujer dueña de una belleza absoluta pero callarse sería continuar con esa agonía que cargaba hacía años. De algún modo tenía que anoticiar a Francisco que estaba en Buenos Aires, hacerle saber que aún lo amaba y que tenían una hija preciosa, muy avanzada para su edad en el colegio de las monjas. Y ésta era su oportunidad. Entonces se animó y volvió a sentarse frente a Evita.

-              ¿Podría pedirle un favor muy personal? Y le aseguro que si no fuera importante y delicado el tema jamás me habría animado a molestarla, señora Perón, pero es un asunto de vida o muerte se podría decir, un secreto que llevo guardado desde hace años porque me lo impusieron. Un secreto que se transformó en misterio y silencio  que ya  no soporto más ¿me comprende?

     Pía buscó en el bolsillo de su vestido un pañuelito y se limpió las lágrimas que la exponían tan vulnerable a las cosas del amor.

     La primera dama puso sus manos sobre las de ella dándole a entender que la comprendía más de lo que imaginaba.

-Llámeme Evita, por favor, como me llama el pueblo. Y descuide, puede pedirme lo que necesite con toda confianza. Le aseguro que lo que me encargue lo haré con mucho gusto. Dígame lo que la angustia  que  la escucho con atención, querida.

     Jacqueline era tan discreta como oportuna y con la excusa de preparar más café las dejó hablando solas, en un susurro de confidencias y nostalgias del pasado. Pía le contó toda la historia, pedazo por pedazo, como los había podido agrupar en su memoria; luego le presentó a su hija quien la saludó haciendo una reverencia. Evita le agradeció el gesto con esa sonrisa única y le regaló un pequeño prendedor con el escudo del movimiento peronista. Cuando la pequeña se retiró dándole un beso Evita le comentó a la madre por lo bajo:

-Realmente no puede negarse que es hija del general: si hasta tiene sus mismos ojos, las mismas cejas, los gestos. Idénticos. Quédese tranquila, mi querida amiga, que yo me ocuparé personalmente de su problema y su Francisco se enterará por fin de la verdad. ¡Qué cosas tiene la vida! Bueno, quedamos así entonces, yo le hago ese favor y a cambio le pediré discreción sobre mi visita  a su boutique para evitar algún comentario inoportuno, usted me entiende.

      La francesita entró con la bandeja de plata más brillante que encontró; el aroma del  café  impregnó la salita  generando un clima de intimidad. Las risas y los chismes sobre las oligarcas fueron menguando las confidencias que se hicieron un rato antes. Un momento después, mientras deleitaban un fino anís, el fiel Paco tocaba el timbre. Evita se despidió de las mujeres agradeciendo el buen momento pasado y entusiasmada con sus compras llenó el auto que venía a buscarla de cajas y bolsas de fino envoltorio. Se besaron con la promesa de volver a verse apenas llegara de España para comentarle lo que le dijera el general apenas se enterara que Pía estaba en Buenos Aires.

-Pero  entienda, Pía, que él ya tiene una hija y aceptar la que ha tenido con usted no será fácil así que no se haga muchas ilusiones. Tampoco sería bueno que todo el mundo se enterase que tuvo un amorío con otra mujer mientras estaba casado. Recuerde que el Opus Dei lo apoya y de saberse semejante historia le retirarían su confianza y lo único que lograría es que la odie porque le tiraría su carrera abajo y las dos sabemos que para él eso es lo más importante en su vida, más que su propia familia. Bien puedo decirle yo lo que es un hombre que hace política. Lo importante es que Francisco sepa la historia completa; después que haga lo que le parece. Ya tendrá noticias mías, Pía. Vamos, Paquito, no veo la hora que mires los preciosos vestidos que he comprado y no te pongas molesto que lo hice para que no trabajes tanto. Saludá a las señoras, vamos, sonreí un poco, che.

     Cuando finalizaba octubre de 1947, Evita la llamó por teléfono y la citó en la mismísima Casa de Gobierno. Desde su regreso de Europa toda su energía estaba puesta en  el tema  del voto de las mujeres y su derecho a decidir y participar en la política del país, en la creación de un Partido Femenino Peronista porque como ella decía: "Todo, absolutamente todo en este mundo contemporáneo ha sido hecho según la manera del hombre y después de todo de nada valdría un movimiento femenino en un mundo sin justicia social". La oligarquía hacía resistencia a ese nuevo bastión del peronismo, una situación urticante que bien justificaba iniciar la charla; luego que su secretaria les sirvió el té  le contó del amor que le había profesado el pueblo español y de los asiduos roces que durante la visita a España había tenido  con Carmina a quien  calificaba de tonta por desconocer las miserias de su pueblo, una frívola  ajena a los sufrimientos de los pobres. Contó anécdotas, describió uno a uno los regalos recibidos en esa gira por  Europa y hasta le habló de su ilusión por contar con Pía en la dirigencia de grupos de mujeres laboriosas por mantener a Perón en el poder. Dijo de todo, hasta que tuvo por fin, que abordar el tema por el cual había citado a Pía a su despacho. Como era su estilo, le pidió a su secretaria que se retirara de la oficina y no permitiera el ingreso de nadie. Su delgados dedos hacían círculos sobre el mármol de su escritorio buscando el momento oportuno de hablar.

-En cuanto a lo que me encomendó decirle al general me temo que no traigo noticias buenas ni malas. Me fue imposible mantener una charla a solas con él porque la mujer, que es una momia, no lo dejaba ni a sol ni a sombra y ni le cuento el obispo y los hombres que lo rodean todo el tiempo. Lo que sí puedo decirle, Pía, es que vive para su única hija. Mire qué original…le puso el mismo nombre que la madre. La muchacha anda  por los 19 o 20 años más o menos y parece que ya le anda rondando un noviecito. Así que lo siento, Pía, pero poco pude hacer por usted y qué pena me da decirle esto, pero es la verdad. Cuando se está en lugares tan altos es difícil escuchar lo que dicen los que están  abajo pero más difícil es hablar entre nosotros, los que estamos arriba, por decirlo de algún modo ¿Me creería si le digo que a veces no puedo charlar con mi marido de cosas personales? Contarle que a veces me duele la espalda de tanto estar sentada escribiendo para la causa, o de mis deseos de tener un hijo, adoptado, claro. O ir a hacer las compras a la feria tomados del brazo como cualquier pareja. ¡Ay, Pía! No se imagina cómo me gustaría hacerle una escena de celos cada tanto, sí, a los gritos,  como cualquier esposa, y le aseguro que Juancito me da motivos, pero no puedo, querida amiga, no puedo. Si hiciera eso ya saldrían los titulares en los diarios de la oposición inventando vaya a saber qué atrocidades…pero no se ponga así, tal vez, en otro viaje…quién le dice… ¿me acompaña con una taza de té mientras me cuenta qué trajo de nuevo para la boutique? Me comentaron que tiene las vidrieras listas con todo lo que estará a la moda esta temporada pero me temo que esta vez no podré visitarla como sería de mi agrado.

     Pía disimuló una sonrisa que no convenció  ni a las flores que adornaban el escritorio de Evita. La desilusión le invadió la mirada, la piel, la saliva que se le evaporaba en la garganta; en realidad esperaba otra cosa: una palabra de esperanza, una fecha, un llamado telefónico, una carta…algo que la convenciera que había valido la pena soportar todo lo vivido en estos años. Sacó un cigarrillo, lo puso en su boquilla y se quedó mirando el humo que por momentos parecía azul, celeste, gris, blanco. Al rato la secretaria de Evita golpeaba la puerta para avisarle que un grupo de mujeres trabajadoras de La Matanza  venían a presentarle su saludo y a decirle que ya estaban organizadas en una lista para presentarse como candidatas en las próximas elecciones de 1951. Eso dio por terminada la conversación atomizada por silencios y nubes de humo. Evita le dio un abrazo y le dijo con esa sonrisa que convencía hasta el más indeciso:

-Piénselo bien, amiga mía, y la llamo así  porque así la siento, una verdadera amiga. La Argentina necesita mujeres emprendedoras como usted para vencer al imperialismo que es el causante del hambre y de las guerras en todo el mundo, mujeres capaces de ocupar bancas en el Senado y por qué no, ser algún día presidentas de la nación. Yo la necesito a mi lado, Pía, en serio. Sola no puedo, ya se lo comenté por teléfono el otro día cuando la invité. Insisto: gente como usted es la que ayudará a cambiar el país bajo la dirección de Juan Domingo Perón.  Ahora déme un abrazo, compañera, y llámeme apenas pueda para tenerme al tanto de su decisión.

El paso apresurado de Pía resonaba en los pasillos suntuosos de la casa de gobierno envolviéndolos después en un montón de silencios y de pausas para volver a retomarlos con más ánimos aunque más confusos, igual a su mente y a sus manos que viajaban por su boca y por su frente transpirada, enredadas de enigmas y encrucijadas.

Evita la siguió con su mirada lánguida desde un ventanal hasta que se perdió al doblar una esquina.

-Pobre galleguita, tan buena que es y tan luchadora…menos mal que no le conté que el mal parido ése ya ni se acuerda de ella ¿y todo por qué? Porque piensa que  tenía un amante muy escondido y que no lo supo esperar y que patatín y que patatán…mal bicho  el general, lo que se dice todo un hijo de puta…Le hablé de la hija  ¿y qué me dijo? Que no estaba tan seguro que fuera de él, mirá vos un poco qué desfachatado…caradura…con la excusa de la duda se sacan cualquier  responsabilidad de encima, total, a la hija se la crió la madre solita, como pudo y el muy atorrante jugando a los soldaditos… Pero es así, hay tipos que no se merecen hembras que los quieran de esta manera, sin condiciones, sin pedir ni exigir nunca nada. Tiene suerte este fulano: aunque pasaron los años la gallega  lo siguió amando en silencio por más que está del otro lado del mundo…pero no importa, Dios se encargará de hacer justicia y un día cualquiera las paga  todas juntas…mejor que no le dije la verdad, pobrecita. A fin de cuentas no jode a nadie con su espera inútil y  por lo  menos tiene una historia de amor para contarle a su hija alguna vez… ¿Y vos qué hacés escuchando detrás de la puerta?... ¿Qué no me querías interrumpir? …Dejá de mentir que te conozco más que tu madre. Y para que sepas no me importa que me sorprendas hablando sola; después de todo me paso el día conversando con tanta gente que a veces prefiero hacerlo conmigo misma…me cansa menos ¿sabés?

 

 

Pía fue ganándose el corazón de Eva y también su voluntad de participar en política. Extranjera que nunca se nacionalizó argentina, no podía por eso ocupar ningún cargo de relevancia pero fue su propaganda más activa tanto en las relaciones comerciales como entre los artistas que exponían en su atelier. ¿Querían promoción cultural gratis para difundir y vender sus obras? Bien, que primero participaran en la causa peronista, después ella se encargaba de contactarlos con ministros  y secretarios de cultura de todo el país e incluso del exterior. Claro que no todos sucumbían a esta propuesta algo extorsiva y mucha gente le retiró su amistad tajantemente o fue espaciando sus visitas a la famosa Maison. Un destacado diseñador suspendió todos sus desfiles y prohibió terminantemente a sus modelos relacionarse con ella incluso en el ámbito personal. Victoria Ocampo, amiga de su círculo más íntimo, llegó a retirarle el saludo y dejó de recomendarla a quienes preguntaban por los méritos de la boutique más chic de Buenos Aires. Todo eso perdió por relacionarse con el gobierno peronista con el que  colaboraba silenciosamente, tratando de pasar desapercibida para la prensa y para quienes estaban relacionados  con sus compatriotas, evitando así que alguien la identificara y pasar un mal momento.

Cuando aproximaba mayo de 1952 Pía se apersonó a pedido especial de Perón pues era de una de las gratas visitas que deseaba recibir Evita. A él se lo veía abatido ante la enfermedad de su esposa y muchos arriesgaron el destino incierto del partido si no llegara a estar el alma que motorizaba a los pobres y desprotegidos. ¿Quién velaría por ellos entonces? ¿Quién? Muchos la lloraron de antemano, presintiendo el destino temido ante un a enfermedad tan cruel como la que padecía.

-Se me muere la negrita, Pía, se me muere y no hay nada que pueda hacer-  le susurraba el general en la amplia estancia, la cabeza hundida entre sus manos que pretendían  cubrir la tristeza que lo estaba devorando igual que el cáncer a "la abanderada de los humildes".

-No me lo ponga más difícil, don Juan, que debo entrar a saludarla y no quiero que me vea lagrimear-  le comentó Pía al tiempo que sacaba un pañuelo de su bolsillo.

-Tiene razón, tiene razón, ella sigue con una fortaleza envidiable, llena de proyectos, creo que ya le ha contado algunos, y nosotros vamos a hacer de cuenta que acá no pasa nada. Gracias por estos años de acompañarla y ser su confidente, realmente es un gesto que la honra y no dude en pedirme cualquier cosa que necesite en esta vida que con absoluta seguridad se lo conseguiré. Vaya con ella, Pía, enseguida ordeno que les traigan un té.

Lo que restaba de la tarde se les fue entre chismes, alguna que otra risa y un maquillaje especial que Pía había conseguido para disimular las ojeras de la enferma. Después Eva le dio un abrazo con la poca fuerza que le quedaba, le recordó que su nombre y su secreto  seguían escondidos celosamente a salvo de curiosos que pretendieran perjudicarla; le obsequió un hermoso broche de brillantes y zafiros que ostentaba una ondulada bandera argentina en señal de hermandad.

-Usted, mi querida galleguita, ha hecho más por este país que muchos argentinos y me pareció éste un regalo más que apropiado, un agradecimiento por la fidelidad de todos estos años. Me olvidaba, sobre mi escritorio hay una carta escrita por mí para que la presente ante las autoridades españolas en el caso que desee volver alguna vez a su país. En el sobre mismo verá a quién está dirigida y será un salvoconducto para usted, es para alguien con quien me reuní cuando estuve en su patria, así que quédese tranquila. Lo que le voy a pedir encarecidamente es que no vuelva más por acá, no quiero que me vea peor de lo que estoy…y por favor, no me abandone a Juancito cuando yo ya no esté, mire que se pone sonso con facilidad y va a rondarle mucho hijo de puta inescrupuloso que aprovechará cuando  baje la guardia…no me llore, galleguita, que usted es fuerte como el movimiento peronista, así que no me afloje, déme un beso y váyase sin volver la vista atrás, como se debe hacer siempre…Ah, junto a la carta sobre el escritorio hay un pequeño presente para Jacqueline o René, que nunca sé cómo llamarla y otro para su hija de mi parte, alguna alhajita para que tengan de recuerdo y digan cuando sean  viejas que se las regaló la mismísima Evita Perón, aunque lo más seguro es que no les creerán…adiós, querida galleguita…y por favor, cierre la puerta al salir.

Esa fue la última vez que la vio. El 26 de julio de 1952 a la edad de   33 años  moría María Eva  Duarte de Perón. A las 21 y 36 el locutor J. Furnot leyó por la cadena de radiodifusión: "Cumple la Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la Señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación. Los restos de la Señora Eva Perón serán conducidos mañana, al Ministerio de Trabajo y Previsión, donde se instalará la capilla ardiente".

Cuando el féretro que trasladaba los restos mortales de la mujer que fue tan amada como odiada pasaba frente a su casa, Pía, Jacqueline y María Manuela arrojaron cientos de rosas rojas desde los balcones de la casa, ahogadas en ríos de llanto, viendo cómo las flores resbalaban sobre el cofre y caían a la calle condenadas a morir bajo el paso de las ruedas y las pisadas, otras se mezclaron con claveles blancos que la gente arrojaba a su paso y las menos acertaron a descansar  sobre el ataúd  imponente que trasladaba los restos de quien fuera la Primera Dama argentina, casi como acompañándola en ese viaje con destino incierto.

A partir de ahí, Pía dejó de trabajar para la causa con la excusa que estaba cansada por el trajín de los dos negocios, la casa y la niña pero en  realidad ya no sentía el  mismo entusiasmo desde que Evita no estaba. Todo ese tiempo, entonces, fue dedicado a estimular a jóvenes diseñadores y artistas de todos los estilos, desde el teatro a la pintura pasando por escritores y pensadores. Fueron años de hacer y proponer convertida en una mecenas argentina con acento español, siempre dispuesta a las invitaciones sociales y a los cambios que proponía la economía argentina. Ya no estaban solamente los dos locales dedicados al consumo de la clase media y de la alcurnia sino que ahora Pía había invertido con un grupo uruguayo en una cadena de grandes tiendas donde se podía encontrar desde zapatos a electrodomésticos a lo largo de todo el país: "Grandes tiendas Perrot", el apellido que había adoptado para esconderse de su pasado.

A pesar de la revolución de 1955 ningún militar que hubiera participado en el derrocamiento a Perón se animó siquiera a molestarla con algún interrogatorio oportuno a esos momentos de agitación porque Pía era respetada y en más de una ocasión había sido anfitriona de esos mismos que ahora mostraban relucientes el poderío de las fuerzas armadas. Horas antes del exilio, Juan Domingo la llamó por teléfono y una vez radicado en Madrid no dejó de hacerlo al menos una vez al mes.

El 1º de julio de 1974 una Pía octogenaria rezaba en una capilla por el alma de su querido amigo Perón y deseaba para su viuda, "Isabelita", que Dios le iluminara el camino político a seguir aunque al parecer mucho no la escuchó. Aprovechó que un sacerdote estaba cerca y le encargó una misa para Jacqueline, su fiel compañera que la había dejado dos años atrás víctima de un terrible accidente de tránsito cuando volvía de sus vacaciones en Nueva York. Los negocios tan bien dirigidos por ella ahora eran manejados por su yerno, un habilidoso abogado visionario que transformó las Grandes Tiendas en un emporio a nivel internacional y aggiornó los otros dos locales con venta de ropa de las primeras marcas mundiales, dejando de lado toda aquella actividad filántropica que iniciara Pía aduciendo que daba pérdidas.

Los días de la galleguita transcurrían entre viejas películas que daban por televisión y alguna que otra visita de aquellos tiempos de gloria. El calor de noviembre al año siguiente se manifestaba en toda su plenitud. Fue mientras bebía una limonada que escuchó en el noticiero que había muerto Francisco y el alma se le hizo añicos como un vidrio al que le ha estallado una bomba. De tanto llorar cuando se enteró se quedó sin voz pero su hija pudo entenderle cuando le ordenó preparar un equipaje ligero porque  viajaría a España en el siguiente vuelo y debía acompañarla. Buscó en un cajón de su escritorio la carta de Evita Perón tan celosamente guardada por años, su rosario obsequiado por el Papa y su pasaporte que tenía registrado casi todos los países del mundo menos el del suyo.

 

Pía vestía un elegante tailleur de Christian Dior y su hija María Manuela impecable vestido de gasa con la falda  plisada también de color negro. Cada una de ellas lucía las alhajas que les había regalado Evita. La capilla ardiente del Palacio de Oriente de Madrid pretendía mostrar al mundo el amor del pueblo a su general. Al lado del féretro estaban Carmina de un luto aterrador y su hija que a cada tanto consolaba a su madre; del otro lado, como escolta fiel, se encontraba sentado en una silla de ruedas, inmóvil como un muñeco, el coronel Iniesta, que abría sus ojos cada vez más a medida que Pía avanzaba hacia ellos. Podía reconocer esa mirada que lo había perseguido todos estos años, entre millones de personas. La recordó joven y temerosa, obediente a sus órdenes por cuestiones del amor. Miró a María Manuela y en ella distinguió el porte de Francisco; estaba seguro que eran ellas, el pasado que se volvía presente y lo peor de todo es que ya no las podía echar de allí, ya no había con qué intimidar a esa muchacha que ahora tenía el cabello blanco y un bastón elegante sobre el que se apoyaba.

Un joven militar se acerca a las mujeres y pregunta a quién debe anunciar para presentar sus condolencias a la familia. Pía le entrega la carta que escribiera Evita para que se la muestre al coronel Iniesta, aunque ella jamás se atrevió a leer su contenido sino a quién iba dirigida. Iniesta lee y el terror se dibuja en su cara.

Pía siente por fin que es libre y disfruta viendo al cruel Iniesta babearse como un niño, con los pantalones orinados por el temor que siente de no saber qué hará ella. Carmina la mira esperando la reverencia, la hija de Francisco que se esfuerza por esbozar una tibia sonrisa de agradecimiento por la presencia, María Manuela que no entiende nada de lo que acontece  y ese silencio incómodo que no puede justificarse. Pía roza el ataúd con sus manos huesudas, vuela en sus recuerdos a Marruecos, a los días en que se amaron en medio del campo, allá en Zaragoza. Lo vio quieto, con su uniforme y recordó el día que lo conoció. Francisco, el único amor de toda su vida que murió amándola, yacía sin vida frente a ella. Otros militares de rango y muchos representantes de la iglesia se han ubicado ahora al lado de Carmina y su hija.

 El joven militar se dirige a la anciana y vuelve a preguntar a quién debe anunciar en las condolencias a la familia. Pía se seca una lágrima y le dice mirando a Iniesta:

-Presénteme como la novia del general.

Correo electrónico
Contraseña
Recieve news about this website directly to your mailbox
Por favor, confirme el código de control "5387"

¿Le gusta esta página web?

Si, me gusta (57 | 64%)
No, no me gusta (15 | 17%)
Sign up for PayPal and start accepting credit card payments instantly.






casas rurales ofertas









Contador web
Name
Email
Comment
Or visit this link or this one