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Emigración

Emigración

Emigrar es igual a desarraigo
Cía Hamburguesa

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Cª Transatlánti

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Buenos Aires

Buenos Aires

Hotel de Inmigrantes
Filatelia

Filatelia

Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


 

El sol del domingo despierta a la gente en cada conventillo como cada domingo ¿O de qué otro modo iba a ser? En el patio se confunden los aromas del puchero a la española con la tortilla, los tallarines con salsa aguada y el  mondongo hervido.

Las macetas se lucen presuntuosamente  floridas de tanto verde esperanza, blancos, amarillos, rojos, azules y fucsias y la higuera del otro patio, el de tierra que está más atrás, casi escondido del resto de la casa, arroja los higos morados que se descuelgan apresurados en cada vaivén de la modesta hamaca que mece a los niños sin descanso. Así  que los que no tienen el turno para hamacarse juntan los frutos que prometen  endulzar la boca de los más avezados.

El mate de los madrugadores ha quedado a un costado de la cocina a fogón, la pava negra de tanto carbón. Algunos pocos inmigrantes han empezado a incorporar esta costumbre tan extraña de cebar mate  y otros todavía  miran con desconfianza  eso de andar chupando todos de la misma bombilla.

Los piletones no dan abasto de tanta ropa para lavar y espaldas de mujeres dobladas, fregando con los puños cerrados a cual más ligera en esas lides del blanqueo, el sudor empapándoles la cara y el antebrazo presuroso por quitarlo para que no perturbe. Todavía queda tender y cocinar y planchar y barrer la pieza y lavar los platos y las ollas y remendar y poner los porotos  con los garbanzos en remojo y… Así que hay que apurarse o el domingo no rinde.

Con tanto trajín el silencio se ha apropiado del conventillo interrumpido a veces por el griterío de los niños o algún portazo. Es doña Carmen, de pelo negro en rodete, la que deja de pelear con el jabón hecho a mano y empieza a cantar para las otras, una sevillana popular.

-          "Mira mi Andalucía, mira mi tierra, el salero y la gracia y olé que llevo dentro, muy dentro…"

Mientras entona la melodía sus manos quiebran el aire y baila meciendo su cintura, cruzando de un lado al otro;  las otras le hacen palmas pero las más tímidas siguen con sus quehaceres mirando de reojo  tanto desparpajo. ¿A qué se debe tanta alegría si tuvo que dejar su patria igual que ellas, en medio de lágrimas de despedida? ¿O ella no dejó acaso a su familia? ¿Entonces? ¿Cómo es posible que tenga ganas de cantar y de bailar? Lo que pasa es que para los españoles es más fácil porque se entienden con los de acá, claro. Igual está mal. O a lo mejor es que España está más cerca de Argentina que Polonia o  Arabia. Debe ser eso. Igual está mal que cante y baile.

 

La pareja de vascos sale de la pieza que da a la galería, debajo de la escalera que lleva a los altillos.

-          ¡Vivan los novios!  Se escucha gritar.

Pobrecitos los vasquitos…El muchacho se vino para trabajar en el tambo de su tío, en una localidad de por aquí cerca.  Hacía el laburo de dos pero no hizo asco a nada, ni a madrugar para el  ordeñe ni a sembrar ni a comer lo poco que le daba el tío con la excusa de que no olvidara nunca el hambre que lo trajo a estas tierras aún teniendo abundancia. Ajena la abundancia, pero… El caso es que  al muchacho lo llenaba otra cosa: su prima, a la que había conocido al llegar. Diminuta, pecosas, callada. Fue nada más que verse y saber que eran el uno para el otro. Lástima que don Echegaray no lo entendió igual porque después de todo eran primos hermanos y la sangre no se mezcla había dicho, porque era pecado.  En castigo lo mandó a comer y a dormir en el establo, con las vacas y si quería bañarse, pues al estanque con agua fría. El vasco tenía prometida a su hija con un estanciero viudo lleno de vacas y dinero, así que no se la iba a dar a un muerto de hambre como su sobrino. Por tanto  al enamorado sobrino no le  quedó otra salida que preñarla. Los dos vasquitos aprendieron juntos a desnudarse, a tocarse y a hacer  el hijo. Apenas se lo contaron y antes que Echegaray la matase a golpes el vasquito la puso en un tren  y días después llegó él al conventillo con la parte de dinero que consiguió cobrar a duras penas y cargando unas cuantas maldiciones a la vasquita y su descendencia además de las dos valijas. Ella estaba en el tercer mes con sólo catorce años y un puñado de sueños en la panza, además del hambre. El apenas tenía cumplidos los dieciocho y ya sería padre. Se habían mudado  días atrás y desde entonces no habían salido de la habitación por vergüenza de ella. Por eso cuando lo hicieron el saludo fue estrepitoso. Habían arreglado con la encargada ocultar que ella era menor de edad y que por un tiempo vivirían en  un concubinato  discreto para no levantar sospechas. Por supuesto que tanta complicidad tuvo un precio aunque les hizo prometer que en su mayoría de edad se casarían por el bien de la criaturita por venir. Matrimonio sin papeles y sin bendiciones, matrimonio a puro amor, eso tenían.  Y unas ganas enormes de tener  al hijo y de que el vasquito encontrara trabajo pronto en la ciudad o se las iban a ver muy mal.  Pero hoy era domingo y había que disfrutarlo, así que el vasquito saco un sillón de mimbre que había encontrado tirado en una vereda  y la sentó en el patio, como a una reina de apenas un metro veinte, puso su cabeza en el regazo de ella y perdió la vista mirando las manchas de humedad de la pared de enfrente.

 

El sol del mediodía ya picaba en la piel. Sobre un cielo azul inmenso  se instaló sobre una nube blanca que se estiraba como si fuera elástica.

 

Qué hermoso sol había aquel mediodía sobre el patio del conventillo….

 

-          Guarda il sole…Veramente, siñora,  e un sole napolitano, propiamente italiano, e per questo que tutti li italiani cantamo "O sole mío" -  dice  Giusseppe quitándose la gorra y mirando al cielo.

-          Anda, ya…Qué va, guapo, que no es así…Hombre,  pero  que se lo digo yo, que éste es un sol con salero, como el de España y  ¡Olé!- le increpa con sonrisa la andaluza de Cádiz poniendo broches a las sábanas tendidas para que no se vuelen con el viento  pesado de verano.

-          Mira…sol lo que se dice  la sol es el que las hay en Arabia. Sol. Sol. Allá en Arabia. Todo día, sol. Arabia. Sol de Arabia, acuerdaté-  dice en voz baja Mohamed en su castellano que aprende despacito como su andar de viejo y  sigue poniendo carreteles de hilo, agujas, peinetas, jabones de tocador, cintas, elásticos y alfileres en un cajoncito montado sobre su bicicleta, ya lista para mañana salir a vender por las calles.

-          Pego si hablamos de sol, Monsieur, el vegdadego sol es el de Paguís ¿Vosotros no conocéis Paguís?-  acota la franchuta con restos de maquillaje de la noche anterior, la del trabajo dudoso, según las malas lenguas, que recién se levanta de dormir y no pierde oportunidad para integrarse a los vecinos.

-          No, no, no, no, no. Mejor sol Polonia. Si, sol Polonia. In Polonia día  sol, poco sol pero sol Polonia. Dicen Polonia no tener sol pero si, sol Polonia, si. Yo digo si, sol Polonia- Pedro, o lo más parecido que sonara a ese nombre como le habían puesto al llegar al país porque el real era Petrovick, lustraba sus zapatos en la terraza y dejó oír su opinión. Los del cotorreo miraban hacia arriba  como si semejante testimonio  viniese del mismísimo cielo.

Y lo que es un simple comentario de soles termina siendo al rato una discusión sobre la nacionalidad de Febo, que cae con todo su calor en ese mediodía de enero sobre el patio del inquilinato. La encargada de la casa se quita el delantal y corre el toldo verde oscuro para menguar la temperatura. Pero los rayitos se filtran por los agujeros tal vez para incentivar la  trifulca. Desde la ventana del altillo, sale la paraguaya con una toalla envolviendo  su  cabeza:

-          - ¿Han visto lo que han conseguido? ¿Eh? Pero mirá un poco, che…Yo que me iba a secar el pelo al sol y al final corrieron el toldo…culpa de ustedes que andan ahí discutiendo…pero si sol es el que hay en el Paraguay que en ningún otro lado hay uno igual  y no se discute, che,  así que déjense de joder con las comparaciones, chamigo-  y se peina enojada en medio de cosas que murmura en guaraní.

-          Los chicos del conventillo deciden seguir su juego que se vio interrumpido por la pelea de los grandes que siguen a viva voz  reclamando la pertenencia  y posterior similitud del  astro rey. La rayuela los espera en una sonrisa de tejos y de baldosas desparejas marcadas con tiza donde el que llega se gana el Cielo.

-          - Ma si, ustedes que digan lo que quieran, si después de todo, este sol es  argentino.

-          Así de simple encontraron la vuelta para terminar la acalorada tertulia.

-          Y tenían razón.

-           El galleguito, su hermanita argentina, el cordobés, el hijo del tano, el gringuito, la hermanita pequeña de la francesita (aunque todas decían que era la hija), el hijo de los alemanes, los cuatro turquitos y los primos nacidos en el país pero hijos de turcos aunque eran  de Palestina, la vasquita recién nacida, el correntinito, las polaquitas de pelo casi blanco de rubias que eran, los rosarinos que por suerte los padres  consiguieron una pieza grande porque son un montón de familia… Ellos, los pequeños inmigrantes y también los  hijos que habían nacido aquí, encontraron el sentido del sol. El significado de patria se les confundía a los adultos y a los pequeños porque es difícil tener el corazón partido en dos. Los adultos se fueron mirando a los ojos hasta descubrirse, se estrecharon las manos, se besaron, se abrazaron, se emocionaron. Conversaron. Tenían en común unas cuantas cosas, como vivir en la misma casa, que no es poco. El viaje, la distancia, la familia lejos, la diferencia de hora, la lucha diaria, el hambre, el salario bajo, los sueños… Todos juntos haciendo el país como podían, mezclando sus lenguas y sus costumbres, cruzando sus sangres, sus genes, sus ritos.

 

     Y  bajo el abrasador sol de enero, corrieron el toldo verde que lo cubría  y el patio del conventillo se llenó de sol argentino. Entonces Giusseppe, el tano, levantó los  brazos como queriendo atrapar con sus manos un poco de su Italia amada tan lejana, la andaluza corrió a buscar sus castañuelas y  puso un malvón rojo detrás de su oreja que vaya una a saber cómo le sostenía la sonrisa todo el tiempo, el árabe  empezó a cantar en su lengua extraña, el polaco corrió desde no sé donde con su acordeón que estaba enmudecida desde que llegó muchos años antes, el gallego  agitaba sus dedos contra el pandero hasta hacerlos sangrar, el asturiano, que no iba a ser menos que el  gallego, irrumpió en la  improvisada orquesta con su gaita con galones rojos, muy bonita. Desde los altillos el correntino levantaba su vaso de vino haciendo sapukai y se lo seguía la paraguaya. Las mujeres trajeron copas que se llenaron con lo que había y agua para los chicos que no dejaban de bailar sobre la  olvidada rayuela. A estas alturas  del festejo, las sábanas de la andaluza servían de disfraz a los más creativos y desvergonzados.

 

-             Y se armó la fiesta, nomás, una fiesta que duró hasta que llegó la noche mientras los salamines, el pan casero  y las empanadas llenaban la panza de los más angurrientos. Algunos se quedaron dormidos en las sillas del patio, otros conversaban en voz baja para no despertarlos y los más  despistados seguían cantando canciones de su patria seguidos por los demás, casi, casi, hasta aprenderlas. Los pequeñitos, agotados, se prendían a las tetas o a las polleras buscando una falda donde dormitar un rato.

-           

-          La luna se devoró despacito al litigiado sol para demostrar que también ella acunaba los sueños de una vida nueva, en otro lugar, lejos de casa. Que ella era algo así como una madre redonda y blanca que los protegía a la distancia de tanto desarraigo. Una luna  amplia y renovada cada noche, que los velaba aún cuando no la vieran por las tormentas. Una luna argentina.

Ya era tarde  cuando se fueron a descansar, cada uno a su pieza, borrachos los hombres de recuerdos y nostalgias, cansadas de risas y lágrimas de añoranzas las mujeres, sucios de pies a cabeza las criaturas provechosas de todo descuido para revolcarse a jugar a gusto. Las parejas más viejas se iban en medio de refunfuños pero las más jóvenes no cesaban con sus arrumacos disimulados a la vista de los demás.  La escoba estaría trajinada por la mañana de tanto miguerío que dejaron. Con suerte los gorriones ayudarían y esos siempre tienen hambre. Los manteles cubrían las mesas  manchados de vino y en los platos  donde hubo comida se acomodaba alguna mosca impertinente.

Hubo un momento que pareció algo así como un eclipse pero no, sólo era el equilibrio justo a tiempo donde se separan  la  femenina noche del  masculino día y se pare la madrugada. Dicen los que saben que es la hora cuando ocurren los milagros.

-           

-          Sin embargo, esto pasó una  vez  cualquiera, allá por principios del siglo XX, en un conventillo cualquiera, en una calle cualquiera de esta ciudad, en un mediodía y una noche cualquiera, mientras unos vecinos se peleaban por el sol, hasta que los sorprendió la luna en medio de una fiesta. Algunos hasta dicen que meses después de esa noche las mujeres más jóvenes estuvieron todas de parto y ya nadie podía dormir de noche en el conventillo con tanto crío recién nacido. Los más viejos comentan que  en honor  a ese festejo el vasquito le puso Patria Argentina  a su hija, pobrecita, ponerle semejante nombre. Se peleaban por salirles de padrinos a la piba. Cada familia inmigrante se aseguró de alimentar a la madre para que tuviera buena leche y aunque la suerte no le sonrió al vasquito jamás faltó el plato de comida en su mesa gracias a los vecinos. Lo apoyaron como pudieron  durante muchos años, sobre todo cuando  quedó viudo y encima  con la Patria Argentina yendo a la escuela primaria. La encargada del conventillo se hizo cargo de la nena tal vez porque era solterona o viuda, no se sabe, pero nadie le había conocido hombre al lado. Un  tiempo después la piba heredó el tambo de Echegaray. Resulta que en el inquilinato había un muchacho que vivía solo, argentino el hombre, comunista y  abogado de causas perdidas. Lo asesoró al vasquito y encaminaron la sucesión por la muerte de la madre. Entonces se mudaron al campo, les cambió la suerte y el bolsillo también.  Cada tanto venían al conventillo a saludar a esa gente mezcla de compatriotas, amigos, samaritanos, padrinos  y vecinos. El vasquito no se volvió a casar y la hija andaba en eso.

-           

-          En fin, hubo risas, brindis y canto en esa fiesta y les aseguro que en todas las lenguas  y   esa noche, señoras y señores,  nadie fue extranjero. Pero les juro que sucedió.

-           

-          Aunque no me lo crean. 

      

                                                       Por Adela del Valle López 

                                                             Rosario 2/05/2010

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