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Emigración

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Emigrar es igual a desarraigo
Cía Hamburguesa

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Cª Transatlánti

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Buenos Aires

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Hotel de Inmigrantes
Filatelia

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Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires


             …Y TODOS CONTENTOS

      Si había algo que no se podía discutir que fuera trajinado era una mañana en el conventillo. Desde temprano, mucho antes que asomara el sol,  los hombres salían a la calle rumbo a sus trabajos o a buscarlo y las mujeres empezaban  la jornada en un ir y venir sin descanso hasta que se cerraban las puertas de cada habitación, para aprontarse  a dormir una siesta reparadora.

     Tempranito se escuchaba el tintinear de los cascabeles que pendían del arnés del caballo; el  vasco sujetaba las riendas del animal  y su jardinera amarilla, fileteada en varios colores como adorno, se detenía rozando el cordón de la vereda; directamente de las vacas recién ordeñadas en los tambos traía la leche en tarros de metal y llenaba los jarros cachados  que por orden de llegada a la fila, iban poniendo las clientas; los colmaba con ese líquido blanco que hacía las delicias de los pequeños y lograba que los gatos se relamiesen a la espera de una gota extraviada.

     Detrás de él llegaba el carro del verdulero que pregonaba las bondades de  las frutillas de Coronda, las papas de Arroyo Seco  e la "cugosa naranca corentina", que dichas por el tano no daba jamás lugar a dudas sobre las jugosas naranjas correntinas. Más tarde se escuchaba la cornetita  de los churreros; el grito de los botelleros que compraban por centavos las botellas vacías; el panadero con su  bicicleta de reparto aromando la calle con el pan recién horneado.

     Entre escobas presurosas, cacharros y corridas a la feria, la mañana se devoraba el tiempo  femenino del hacer y volver a hacer. Baldes vacíos que volvían a cargarse una y otra vez para lavar  los baños y los patios, la cocina común  y las escaleras; fuentones cargados de ropa seca que se quitaba de la soga de tender para volver a llenarla y broches que la sujetan para que no se vuele; ollas que hierven carnes, verduras, pescados y pollos. Eso, si había hombres con trabajo, si no, sólo quedaba hervir  huesos con algo de carne pegada o algún menudo de pollo de los que regala algún carnicero con alma solidaria. Las que pueden comprarla, enceran los viejos pisos de madera arrodilladas en el suelo y las que no pueden gastar en el lujo barato  de la cera líquida, los repasan con "Flit" o con "Creolina" para que de paso mate cualquier bicho que ande por ahí.

         A eso de las diez o un poco más, las vecinas que habitaban el conventillo hacían un descanso al traqueteo para compartir un mate con alguna galleta que aplacara la picazón que provoca  el hambre a esa hora. Otras preferían arremangarse y fregar sobre la tabla todo aquello que pudiera lavarse con forma de sábanas, de camisas, de pañales y de ropa de vestir y apenitas liberadas del yugo ponían a los pequeños a bañarlos en los piletones así se aprovechaba el agua jabonosa que había quedado. Las más aventuradas ensayaban un punto nuevo de bordado, sulfilaban ruedos o remendaban  los "7" que se hacían en los pantalones de los chicos. Las que eran algo mayores se contentaban con ver pasar el tiempo delante de ellas sin hacer absolutamente nada por detenerlo y si afloraba algún recuerdo que las entristecía o las enojaba movían más rápido el abanico para ahuyentarlo. Después de todo, ya habían trabajado bastante toda la vida, ahora les tocaba el turno a las nueras o a las hijas y de ese modo ellas sólo estaban para consultarlas sobre alguna receta de cocina,  o para   curar el empacho y el mal de ojo, o sentenciar la medida justa de agua tibia con sal en las temidas enemas. Por eso las viejas descansaban en las reposeras, hamacándose tan tranquilas pero vigilando atentamente todo movimiento de la casa, donde hay más de treinta personas habitándolo, treinta universos diferentes, treinta historias que no podían jamás ser privadas ni íntimas porque se vivía en el conventillo. Ahí todo se sabe, todo se ventila, todo se comenta. Y si no existe el rumor, se inventa.

     Paulina, que andaba por los sesenta años y pico, fue la que empezó el ritual del chisme diario porque había que amenizar la mateada:

-Parece que el viudo del altillo ya encontró con quién acollararse. Hace días que ni siquiera viene a dormir al conventillo. El Juan dice que lo vio ya varias veces en un bailongo con una mujer muy pizpireta…y parece que la cosa va en serio…bah, que es siempre la misma mujer con la  que anda, quiero decir…Agarrá el mate, vos…

Silencio. A ver quién aventuraba la primera piedra.

-¡No te digo!….Una se desvive atendiendo al marido,  se desloma trabajando todo el día en la casa, criando hijos y al final, te morís y ellos enseguida se consiguen una que te reemplace-  decía Amalia, una porteña que se vino a Rosario buscando al hermano embarcado  al que no  encontró jamás. A cambio de ese dolor y mientras lo buscaba, la vida la llevó por una calle cualquiera donde después de un piropo, se puso de novia con el que hoy era su marido, un laburante del puerto que la llenó de hijos con sólo 30 años. Tomó el mate y se lo pasó a Paulina para que siguiera cebando.

     La Mabel tenía una fuente de aluminio en donde intentaba preparar la masa de una tarta y se prendió en la charla pero para volver a contar su historia otra vez y que quedara bien claro a todas que ella había sido una víctima de esa porquería de marido que le había tocado en suerte:

-¿Pero cuánto hace que se le murió la mujer? ¿un año, más o menos? Se debe estar revolviendo en la tumba, la pobre. Yo siempre digo que todos los hombres son iguales, todos. Apenas ven la oportunidad ¡zas! Se acomodan con la primera que pasa y te dejan, viva o muerta, pero te dejan, te abandonan  cuando se les calienta el pico por no decir malas palabras…y no les importa nada de nada, se los digo yo, por lo que me pasó con mi marido…. El muy asqueroso se fue con la que era mi vecina… ¿podés creer?...como una hermana era ella para mí, como una hermana… y yo tuve que agarrar los chicos con lo que teníamos puesto,  mudarme a este conventillo y encima a trabajar de sirvienta para mantenerlos porque el  cretino la metió en mi casa a ella, que ya te digo, era como una hermana…Atorrante….se olvidó de los hijos, de mí, de todo, nunca me dio un peso y a ella la tiene como a una reina, por eso acordate, Amalia, los hombres son todos iguales… ¿Vos decís que con dos tazas de harina alcanza?

-Dos y un poquito más, vos vas viendo, más o menos, vas calculando…lo importante no es la harina sino la levadura, que esté fresca porque  si no, no levanta nada y así la masa no te rinde ¿entendés?- acota con su sabiduría gastronómica la vieja Sara desde la cómoda silla de paja y aunque la pregunta no era para ella. Tanto es lo que se  pasa sentada  que ya se ha hecho un pocito.

-La cosa es que el viudo va a dejar de serlo en poco tiempo, entonces, a menos que se la traiga a vivir acá sin casarse, lo que se dice…una arrimada, una simple concubina, aunque  yo no sé con qué ánimo se va a traer a esa mujer a que  coma y duerma  donde estuvo la muerta, bueno…cuando estaba viva, claro… - agregó la Porota que no se perdía detalle del chisme y metía más leña al fuego, así la conversación duraba un ratito más. Total, ella ya tenía la comida lista desde anoche así que tenía que recalentarla y poner la mesa  apenas llegaran el marido y los hijos y eso se hacía en un ratito.

     La gallega de la pieza que daba al hall no se hizo esperar en la intervención porque sabía que la indirecta era para ella. Dejó el tejido a dos agujas y enrollando la lana sobre su falda se separó del respaldo de la silla en actitud increpante.

-Vamos, doña Porota, que si eso lo dice por mí…qué va…que yo me casé con mi marido viudo pero con libreta y por la iglesia como Dios manda y si vinimos a vivir acá fue…pues, bueno… porque Manuel tiene su tienda a dos cuadras y le quedaba más cómodo. ¿Qué si tuve que vivir yo con los mismos muebles de cuando vivía la difunta? Pues si, porque eran muebles finos traídos de España, de nogal y con mármoles de las mejores canteras españolas…pero qué le digo a usted eso si no tiene idea de lo que es un mueble fino…Eso si, a la cama la vendimos y compramos una de bronce, que va… no iba yo a dormir en la misma que dormía él con la finada, por supuesto. Y que conste que mi marido es un hombre decente, porque la idea de cambiar la cama fue de él y la de casarnos con la bendición de la iglesia, también. Mis hijos, pues para que sepa, todos ellos están bautizados y han tomado la comunión en su tiempo. Así que anda ya con la indirecta, mujer. ¡Atrevida! ¡No vuelva a dirigirme la palabra!

     La discusión se elevaba en el tono y una de ellas salió a calmar los ánimos.

-Bueno, bueno, acá hablábamos de otra cosa, doña Dolores, de que todos los hombres son iguales, de que apenas ven una mujer bonita enseguida se olvidan de todo y son capaces hasta de dejar a la familia por echarse una cana al aire, eso decíamos.

     Doña Dolores no hizo esperar su respuesta porque si había algo que le molestaba en esta vida era que se metieran con su marido.

-¡Coño, pero digo yo…eso que vosotras habláis  será de otro tipo de hombres, no como mi marido que es un hombre de honor, un hombre decente, un hombre de su casa, todo el día metido en su negocio trabajando para los hijos y para mí…vamos, hasta los domingos después de la misa se va a la tienda…hombre, que casi ni tiempo tiene para estar con los niños o conmigo. Por eso yo le atiendo como le atiendo, si, señor,  la comida a horario, sus camisas planchadas con almidón del bueno, sus zapatos lustrados,  las habitaciones en orden…bueno, porque nosotros tenemos dos salas contiguas, habréis visto, que es más cómodo pero, eso sí, que hay más que limpiar  también…y todo impecable y oliendo a limpio. ¿Los hijos?  Ni un berrinche ni un capricho les permito siquiera que le lleven al padre ni nada que lo disguste. Eso si, Manuel llega a la noche, cena y se va a dormir de tan cansado que está el pobre…a veces ni ve a los niños, pero porque es un marido ejemplar y un padre excepcional que trabaja todos los días de la semana. Así que cuando habléis de  ESOS hombres no pongáis a mi Manuel con ellos, por favor ¿me habéis escuchado todas? Bien.

     Y dicho esto, la gallega Dolores siguió tejiendo. Por un momento hubo silencio hasta que  el sonido de unos tacones se hizo cada vez más notorio. Una mujer morocha, de  labios color rojo, algo despintados, la falda bastante más corta de lo habitual, con una blusa floreada de escote pronunciado que dejaba ver sus senos, cruzaba el patio con paso cansado, dejando al andar un perfume pegajoso de violetas. Miró a las mujeres de reojo, levantó una ceja, sonrió al aire y siguió caminando. Sabía que el murmullo provocado era por culpa de ella.

-Mirala, ahí la tenés, casi las once de la mañana y recién llega… ¿se puede saber quién tiene el mate que a mí no me tocó ninguno todavía?...Habráse visto tanta desfachatez…porque de trabajar, lo que se dice trabajar, no viene la chiruza ésta.

     Las harpías con faldas simulaban continuar con lo suyo pero la seguían con la mirada, indignadas en su decencia de señoras bien casadas por el solo movimiento de sus caderas, agraviadas por la presencia provocativa  de esa mujer con tanto desparpajo que poco le importaban sus comentarios de moralina barata.

-Yo no sé cómo el encargado permite que la tilinga esa viva acá entre familias decentes- exclamó Amalia cerrándose el último botón de su blusa.

-Seremos pobres, pero decentes- acotó la vieja Sara que cada vez se hundía más en la silla de paja-. A menos, claro, a menos que la mujer ésta tenga algo con el mismísimo encargado del inquilinato.

-O con el  judío, el dueño de la casa, vaya una a saber…- agregó Paulina mientras revolvía la bombilla para acomodar la yerba del mate.

     Mabel, que era la más despabilada en estos temas, dejó de amasar, se quedó pensando un rato y soltó con seguridad:

-No, los judíos no pueden engañar a las esposas, a eso me lo dijo don Abraham, el prestamista de la otra cuadra. No sé bien si ellos también lo llaman pecado como nosotros los católicos, pero de lo que estoy segura es que no pueden meterles los cuernos. Fíjese bien que me parece que se le escapó un punto del tejido, doña Dolores…ahí ¿lo ve?

     La mujer de "vida dudosa" se detuvo en el baño general  -que se llamaba así porque lo usaban todos-  y se escuchaba correr el agua de la canilla del lavatorio.

-¿No te digo? Éstas son así de asquerosas, toda la noche haciendo sus porquerías por ahí y  después  vienen a lavarse en el mismo baño que usamos todos.

-Mientras no nos deje alguna peste…- rumoreó por lo bajo Paulina sabiendo que acababa de abrir la caja de Pandora.

-Claro, como la que se agarró  su marido hace unos meses ¿se acuerda, doña Griselda? ¿Cómo era que se llamaba esa enfermedad? ¿Sífilis?

     La aludida dejó de remendar la sábana que ya era transparente de tan gastada que estaba y se dirigió a todas para aclarar bien el tema:

-Si, pero eso fue porque se contagió en el trabajo usando la toalla de un compañero que se  había agarrado la peste por andar con una como ésta, que conste. Pero, bueno, el muchacho que le prestó la toalla es soltero así que no hay nada que decir porque cuando no tienen esposa ¿cómo se desahogan, si no?-  se apuró a responder Griselda.

-Claro, con las putas, con perdón de la palabra,  como la que te dije…ahí salió del baño…más vale que alguna vaya a echar cloro por las dudas. Agarrá el mate, Matilde, que yo voy a calentar el agua…Doña Dolores, disculpe que le pregunte, pero…el saco que tiene puesto la…la…bueno, la que ya sabemos…la prostituta ésa… ¿no lo tenía su marido en la vidriera de la tienda esta semana?

     La gallega largó el tejido y buscó con la mirada el aludido saco que, según el marido, era exclusivo de su negocio de ropa.

-¡Que no, joder!… en todo caso será muy parecido, pero no es el mismo porque  no creo que mi marido le permita siquiera la entrada a su tienda a esta…señora, por no decir lo que es, anda ya…

     Doña Porota no quería perderse esta deliciosa oportunidad de ridiculizar a la gallega Dolores porque según ella era algo "nariz para arriba" justamente  porque venía de España y se daba aires de superioridad ante las otras vecinas del conventillo. Tanto es así que no perdía ocasión  de alardear  en cada conversación  que tenía dos salas contiguas, amplias y ventiladas,  cada una con un balcón que daba a la calle, no como ellas, que apenas podían alquilar una pieza y algunas sin ventana siquiera. Y como sabía que al marido no le aumentarían el sueldo tanto como para rentar alguna sala, entonces para vomitar su envidia, arremetió con el comentario:

-¿Pero cómo es posible, Doña Dolores?  Si yo la vi a la mujer ésta muchas veces saliendo de la tienda de don Manuel con paquetes o conversando los dos muy animados en la esquina, eso si, muy entretenidos los dos.

-Pues te habrá parecido, guapa. Mi marido no es de ésos, muy por el contrario, es muy respetuoso y como católico practicante que es  mejor ni hablarle de prostitutas…Oye, mira lo que te digo,   tanto es de respetuoso  que ni vida marital  tenemos porque como yo ya no voy a darle más hijos por mi edad, pues…eso no se hace y se acabó, no tiene sentido y además,  es pecado si  se hace por  hacer ¿O vosotras no vais a misa y escucháis el sermón para los esposos?

      Matilde, que no había intervenido más que para tomar el mate y revisar si su beba tenía piojos, se quitó los lentes y se dirigió a la Porota con la más irónica de sus sonrisas:

-Te digo que doña Dolores tiene razón con eso de que te habrás confundido, Porota querida,  porque yo también lo vi varias veces a tu marido conversando con la fulana mientras esperaba el ómnibus y no por eso voy a pensar que entre ellos hay algo. Acordate que las apariencias engañan. ¿O vos pensás que por charlar con tu marido tienen algo los dos?

     Tomá. La Porota probaba de su propia medicina:

-Claro que no, porque después de todo la atorranta esa es una vecina del conventillo como cualquier otra y el saludo no se le niega a nadie…Para que sepas mi marido es muy educado, no como el tuyo que te cruza en la escalera y ni buenos días dice…y decime… ¿cuándo fue que los viste conversando?

     Matilde se hizo como que no la escuchó y siguió hurgando en los rulos de su hija. Se calló que había visto al marido de Matilde dándole dinero a la fulana, eso si, muy discretamente mientras le daba la mano a modo de saludo.

-Se me hirvió el agua…pucha digo…ahora seguro que se me lava el mate…todo por no perderme detalle...No, digo, que no vamos a andar pensando cosas raras de nuestros esposos, porque acá estamos todas bien casadas y atendemos bien a nuestros maridos y si no podemos darles con algunos gustitos en la intimidad…bueno,  es porque somos mujeres muy decentes y esas cosas raras no hacen las esposas…al menos eso fue lo que me enseñaron siempre mi madre y el cura- y mientras decía esto hundía sus manos en la masa de la tarta casi con bronca de imaginar a su marido revolcándose con la asquerosa esa.

     Ante este comentario doña Dolores se persignó, Matilde siguió escarbando en la cabeza de su hija a la búsqueda de algún piojo prófugo  y las viejas se abanicaban tan rápido que poco faltó para que se volaran las cejas.

-¡Dejá ese gato en paz, haceme el favor,  que después llorás cuando  te araña y andá a lavarte las manos que así como estás no te vas a sentar a la mesa!... Ya vas a ver cuando venga tu padre…con el cinto en el culo te va a dar por lo mal que te portás…acordate lo que yo te digo…ya vas a venir llorando a que te consuele… ¡Shhh!...Hablen bajito que ahí viene don Anselmo… ¿cómo le va, don Anselmo?... Se lo ve bien a usted a pesar de todo…en fin… son cosas que pasan, pruebas que nos pone el Señor… ¿su señora, anda mejor?...bueno, qué se le va a hacer…así es la vida…dele cariños nuestros cuando vaya a verla…hasta luego, hasta luego, don Anselmo, que le vaya bien…

     Las otras mujeres lo saludan casi al unísono y no  pierden de vista  al caballero que acaba de pasar delante de ellas.

-Otro que bien baila éste…muy calladito, muy buen vecino, pero yo lo he visto más de una vez bajar de los altillos a la madrugada, más sigiloso que el gato de la peruana, lo que no puedo asegurar es que venga de la pieza de la fulana. Una madrugada que yo justo salía del baño, para salir de dudas, le pregunté de dónde venía a esas horas y el viejo me dice que de la terraza, de tomar fresco… ¡y hacía cuatro grados bajo cero!… ¿se piensan que una es tonta? De la pieza de ella venía, de hacer sus porquerías, seguro.

     Doña Dolores  salió en defensa del compatriota, don Anselmo, que había venido de Castilla La Mancha mucho antes que ella y se casó años después con la hija de un turco que fabricaba velas.

-Mira tú, don Anselmo ha sido y es muy buen marido pero hay que comprender también que ya lleva su esposa diez años o más internada en el loquero ¿y que va a hacer solo  el pobre hombre? Necesita un poco de compañía, algún afecto, hacer sus…necesidades, vamos, como cualquier hombre. Y si hay que pagar por ello, pues se paga y todos contentos... Total, los hombres se sacuden, se suben el cierre del pantalón y ya…

     Mabel suspiró:

-La cuestión que mientras nosotras tenemos que volver al yugo esta otra está durmiendo hasta quién sabe qué hora…ah, y encima con dinero todos los días porque hay que decir la verdad,  la tipa sale todas las noches sin faltar una, haga frío o calor, llueva o truene, siempre bien arreglada y algún buen mozo que la viene a  buscar en auto a la puerta  y nosotras acá amarrocando el centavo, fregando todo el santo día. Eso si, me acuerdo que no se asomó ni a la puerta cuando estuvo muy mal por esa enfermedad…¿Cómo era que se llamaba?...la que dijeron antes…si, esa, sífilis…me dijo el farmacéutico  que casi se muere  la pobre y que se salvó de milagro…Bueno, que se joda, eso le pasa por andar con uno y con otro.

El silencio  que se hizo lastimaba los oídos.

-De eso me acuerdo como si fuera hoy porque fue para la misma fecha que se contagió mi marido en el trabajo por usar la toalla del compañero- dijo doña Griselda para reafirmar la causa del contagio de su esposo y que ese acontecimiento no tenía la más mínima relación con la prostituta del altillo.

-Mire usted lo peligrosa que es…la enfermedad, digo…- murmuró  la Porota con esa fina ironía que le venía de lo más profundo de sus vísceras.

     La aludida se salió de sus casillas por semejante comentario y estuvo a punto de agarrarla de los pelos de no ser por Mabel y Matilde que le sostuvieron las manos.

-¡No seas cizañera como tu suegra, Porota, que  bien sabés que tu maridito ejemplar también anda con la fulana esa! ¿O por qué te pensás que no te alcanza el dinero  que te da del sueldo? ¿eh? Porque se lo gasta con la atorranta de arriba ¿cuándo te vas a avivar vos, tarada?

     De la bronca Mabel estalló en un sollozo incontenible, avergonzada delante de sus vecinas por intimidades que ahora se ventilaban en sus narices. Se secó las lágrimas con la punta del delantal y vociferó:

-¡Usted a mi no me va a tratar de tarada, vieja mugrienta! ¡Y límpiese la boca antes de hablar mal de mi marido!

     Ahí nomás se armó la trifulca, insulto va, insulto viene, hasta que en  la escalera de metal que llevaba a los altillos apareció la figura despampanante de la que causaba   tanta discusión, envuelta en una bata de tul negro que le llegaba hasta el suelo, con plumas en el cuello y en las mangas que dejaba ver su figura sensual  a través de la transparencia. Arrojó el cigarrillo con fuerza y les gritó: 

-¡Basta, carajo! ¡A ver si se callan de una vez por todas, cotorras, que no me dejan dormir! ¡Y sí, soy puta! ¿Y qué? ¿O acaso me dan de comer ustedes? ¿A qué tanto alboroto entonces? ¡Y si yo soy puta es porque las mujeres como ustedes se hacen las mosquitas muertas y no quieren abrir las piernas  porque se las dan de muy decentes! ¡Manga de chismosas! ¡Y en vez de agarrárselas conmigo que no molesto a nadie, cuando vengan sus maridos pónganle la olla de sombrero y a mi no me rompan más las pelotas! ¿Entendido? ¡Ah, y me llamo Eulalia, Eulalia  Sinforosa  Galíndez, por si quieren saberlo, pero sus maridos me conocen por Lulú! ¡Cornudas!

     Y dio un portazo que tembló todo el inquilinato. Hasta un rato después hubo un silencio que se mordía con los dientes. Mabel agarró la pava y el mate que ya estaba helado:

-Yo me voy a poner la mesa porque ya está por venir mi marido.

     Doña Griselda se acomodó la ropa y se ajustó la tira del delantal que se le había aflojado:

-Y el mío…

     Matilde cargó a su beba en brazos:

-Yo también me voy a mi pieza porque primero le doy de comer a las nenas y después ya las llevo a la escuela…qué tarde se hizo… ¿alguien vio mi peine? Pero si lo dejé aquí recién… ¿cómo puede ser que no esté?...Acá está, ya lo encontré…A ver, hija, dejame que te mire bien porque para mí eso que tenés ahí es un piojito…quedate quieta te digo y dejá de rascarte…a ver…- y se volvió a sentar, obsesionada en la higiene de su niña.

      Doña Dolores se levantó de la silla  con cierta dificultad a causa del reuma:

-Ahí viene mi Manuel. Le conozco los pasos…he preparado unos garbanzos al ajillo que, vamos…para chuparse los dedos, como a él le gusta. En todo caso, después de la radionovela vengo al patio a conversar un ratito, pero sólo un ratito, que a mí no me gusta esto de andar con cotilleos, que una palabra trae la otra y después…vamos, que…

      Doña Porota se retiró en silencio secándose alguna lágrima de remordimiento por el mal momento que habían pasado todas a causa de su cizaña.

     Solamente las más viejas se quedaron en donde estaban, meciéndose plácidamente, ajenas ya a esos temas, alguna con la autoridad suficiente para ordenar a su nuera:

-Che, vos, dejá la cabeza de esa chica en paz que no tiene ningún piojo y levantá el culo de la silla, vamos,  andá a hacer lo tuyo que ya casi es mediodía y vos seguís en Babia sin hacer nada y mirá la hora que es ¿qué hora es? ¿No tenés nada que cocinar o que lavar vos? ¿Ah, no? Entonces ponete a planchar ¿tampoco tenés nada para planchar? Barré el patio de nuevo y de paso regá las plantas…no importa que anoche llovió, regalas igual, pero hacé algo…vamos, movete te digo, que hay mucho que hacer todavía…

     En menos de tres minutos el patio se había desalojado de   tanto mujerío y por primera y única vez en muchos años, se almorzó en silencio en todo  el conventillo y hasta se durmió la siesta sin que los chicos anduvieran molestando.

     Tal vez porque no había mucho más que decir ante las evidencias de las infidelidades de sus cónyuges; tal vez porque darse por enteradas significaba iniciar  una discusión  que seguramente terminaría mal o con un alto costo que pagar, como ser con  golpes o que el marido se fuera de la casa que era lo peor que les podía suceder; tal vez porque era mejor dejar las cosas así como estaban y quedarse calladitas la boca, como si nada hubiera pasado.

     Pero posiblemente más de una, esa noche, habría dejado de ser tan decente como siempre  y complacería al marido con esas piruetas raras igualitas a las  que hacía la fulana del altillo y que a todos ellos les  enloquecía.

     Y porque después de todo, además de ser iguales, como dice la gallega Dolores: los hombres son hombres y  se tienen que desahogar.

 ¿O no?

                                                 ADELA DEL VALLE LÓPEZ

                                                         Rosario, 16/11/2010

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